Desde del nacimiento de Lety, para regresar del trabajo a la casa tomo el metro, luego un autobús y finalmente camino unos 10 minutos. Así, como cada tarde, llegando a la estación Universidad, el martes pasado subí al camión, me senté, el vehículo arrancó, dio vuelta en U y se enfiló por la avenida Delfín Madrigal.
Esta última es transitada, pero no llega a la categoría de ‘calle principal’ o ‘vía primaria’. Incluso se podría decir que está muy sola en algunos tramos. Fue en uno de estos donde ese día estaba instalado un retén de la policía federal, y cuál va siendo mi sorpresa cuando hicieron señas al autobús para que se orillara.
Detenida la marcha se escuchó una voz en la puerta, ‘Buenas tardes, caballero, lo molesto con su tarjetón y tarjeta de circulación’; se trataba de un tipo con uniforme negro, lentes obscuros y actitud arrogante, que iba acompañado de otro fulano con la misma vestimenta y peor talante, con arma larga a dos manos. El chofi ni chistó, le dio sus documentos y a los pocos minutos nos dejaron continuar.
Probablemente en otras condiciones de país eso hubiera sido una situación cualquiera (bueno, de hecho los federales no tendrían porque hacerle al inspector de tránsito en ninguna circunstancia…), pero a mi me pareció un abuso lo sucedido: ¿por qué un retén para revisar autobuses concesionados, por qué el policía no se quitó los lentes para tratar con su interlocutor, por qué la prepotencia implícita en todo eso?
Pienso que a raíz de la violencia desatada y generalizada en todo el país, nuestra sociedad parece criminalizarse, es decir, todos somos sospechosos y eso da a la mal entendida autoridad elementos para actuar de manera arbitraria.
Eso deriva en la paranoia, en los delirios de persecución y en el temor de hacer las cosas habituales, porque ¿quién proporciona las garantías? Por ejemplo, en el caso del martes, ¿quién garantiza nuestra integridad si en una de esas los policías se hubieran puesto locos y empiezan a disparar a los tripulantes del fisher, o que hubieran sembrado drogas o armas en el vehículo, o que nos hubieran llevado a todos de chivos expiatorios acusados por sabrá Dios qué delitos?
Lo mismo pasa ahora con los más chicos, pues tal parece que ser joven se ha vuelto sinónimo de delincuente. Si no, recuerden cuando asesinaron (y fueron los militares) a los estudiantes del ITESM en Nuevo León, o al hijo del escritor Javier Sicilia. Lo primero que piensa la gente (o pensamos en su momento, en la inmediatez de los hechos) es ‘Seguro en algo andaban’, cuando su único delito fue estar en el lugar equivocado.
Y como estamos tan sensibles y temerosos, todos pueden ser culpables de todo, lo cual lleva al caos, a la justificación de las violaciones a los derechos humanos (‘ni modo, más valía actuar de tal o cual manera, luego ya se verá si era o no culpable o responsable’) y a una situación de criminalizar al prójimo que no es buena para ninguna sociedad.
Esta última es transitada, pero no llega a la categoría de ‘calle principal’ o ‘vía primaria’. Incluso se podría decir que está muy sola en algunos tramos. Fue en uno de estos donde ese día estaba instalado un retén de la policía federal, y cuál va siendo mi sorpresa cuando hicieron señas al autobús para que se orillara.
Detenida la marcha se escuchó una voz en la puerta, ‘Buenas tardes, caballero, lo molesto con su tarjetón y tarjeta de circulación’; se trataba de un tipo con uniforme negro, lentes obscuros y actitud arrogante, que iba acompañado de otro fulano con la misma vestimenta y peor talante, con arma larga a dos manos. El chofi ni chistó, le dio sus documentos y a los pocos minutos nos dejaron continuar.
Probablemente en otras condiciones de país eso hubiera sido una situación cualquiera (bueno, de hecho los federales no tendrían porque hacerle al inspector de tránsito en ninguna circunstancia…), pero a mi me pareció un abuso lo sucedido: ¿por qué un retén para revisar autobuses concesionados, por qué el policía no se quitó los lentes para tratar con su interlocutor, por qué la prepotencia implícita en todo eso?
Pienso que a raíz de la violencia desatada y generalizada en todo el país, nuestra sociedad parece criminalizarse, es decir, todos somos sospechosos y eso da a la mal entendida autoridad elementos para actuar de manera arbitraria.
Eso deriva en la paranoia, en los delirios de persecución y en el temor de hacer las cosas habituales, porque ¿quién proporciona las garantías? Por ejemplo, en el caso del martes, ¿quién garantiza nuestra integridad si en una de esas los policías se hubieran puesto locos y empiezan a disparar a los tripulantes del fisher, o que hubieran sembrado drogas o armas en el vehículo, o que nos hubieran llevado a todos de chivos expiatorios acusados por sabrá Dios qué delitos?
Lo mismo pasa ahora con los más chicos, pues tal parece que ser joven se ha vuelto sinónimo de delincuente. Si no, recuerden cuando asesinaron (y fueron los militares) a los estudiantes del ITESM en Nuevo León, o al hijo del escritor Javier Sicilia. Lo primero que piensa la gente (o pensamos en su momento, en la inmediatez de los hechos) es ‘Seguro en algo andaban’, cuando su único delito fue estar en el lugar equivocado.
Y como estamos tan sensibles y temerosos, todos pueden ser culpables de todo, lo cual lleva al caos, a la justificación de las violaciones a los derechos humanos (‘ni modo, más valía actuar de tal o cual manera, luego ya se verá si era o no culpable o responsable’) y a una situación de criminalizar al prójimo que no es buena para ninguna sociedad.
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