Luego de meses de traqueteo, gritos y sombrerazos partidistas, ya pasaron las elecciones en el Estado de México, con una apabullante victoria del candidato priísta con más del 60% de los votos. Si bien era de adivinarse que el Revolucionario Institucional defendería uno de sus máximos bastiones con todo (incluyendo la tradicionalísima entrega de tortas, bolsas para el mandado y electrodomésticos), nadie supuso que los resultados fueran lo que fueron. ¿Cómo explicar eso?
El politólogo Sergio Aguayo lo atribuyó en parte a que si más de la mitad de los mexicanos avala prácticas como la ‘mordida’ y el soborno, la corrupción gubernamental y los abusos públicos no le asustan, ni le extrañan, ni lo ven como algo negativo. Es decir, una sociedad corrupta avala la corrupción.
Por otra parte, nuestro admirado Lorenzo Meyer mencionó la apatía de la población como un elemento fundamental para el análisis, siendo lo más alarmante su presencia entre los jóvenes (y se cuestionaba: ¿cómo es posible que en Egipto, Grecia y España las protestas y los ‘ya basta’ vengan de ese sector y en México éste brille por su ausencia?).
Adicionalmente yo agregaría el miedo al cambio: es muy común que el mexicano diga ‘más vale malo por conocido que bueno por conocer’, y lo peor del caso es que cuando se ha gestado el ánimo para probar alternativas el resultado no ha sido mejor y la gente vuelve a su inmovilidad habitual, votando por la opción de origen (y es que en México la alternancia no ha sido garante de nada, ni siquiera creo que haya fortalecido la democracia).
Algunos señalan que lo que ocurre en el EdoMex es la antesala de lo que vendrá al año siguiente en las elecciones presidenciales; verdad o no, lo cierto es que el escenario para 2012 se ve bastante sombrío, con el PRI arrollando en las urnas –siendo lo más patético que ni siquiera ha hecho algo para ganarse al electorado y volver–, la izquierda desgajándose por pugnas internas (con otros corruptazos reacomodados en el PRD, como es el caso de Dolores Padierna y René Bejarano) y la derecha de un tono gris que no pasa del tercer lugar (y en el PAN es donde se dará la peor división por la rebatinga que traen por el poder; puñado de ilusos, como si lo estuvieran haciendo tan bien…).
¿Qué clase de sociedad somos, que no cuestionamos el uso de los recursos públicos, que no analizamos la relación perversa del gobernador saliente con las televisoras, que nos seguimos conformando con los lugares comunes que ofrecen los candidatos (‘promoveré la creación de empleos’, ‘elevaré la calidad de la educación’, ‘velaré por la seguridad pública’), que en ningún momento exigimos un verdadero cambio de sistema? Este último es el que está agotado, caduco, y hasta que no salgamos de su decadencia no podremos transitar a un verdadero sistema democrático. Y mientras eso sucede, tal parece que ni llorar es bueno…
El politólogo Sergio Aguayo lo atribuyó en parte a que si más de la mitad de los mexicanos avala prácticas como la ‘mordida’ y el soborno, la corrupción gubernamental y los abusos públicos no le asustan, ni le extrañan, ni lo ven como algo negativo. Es decir, una sociedad corrupta avala la corrupción.
Por otra parte, nuestro admirado Lorenzo Meyer mencionó la apatía de la población como un elemento fundamental para el análisis, siendo lo más alarmante su presencia entre los jóvenes (y se cuestionaba: ¿cómo es posible que en Egipto, Grecia y España las protestas y los ‘ya basta’ vengan de ese sector y en México éste brille por su ausencia?).
Adicionalmente yo agregaría el miedo al cambio: es muy común que el mexicano diga ‘más vale malo por conocido que bueno por conocer’, y lo peor del caso es que cuando se ha gestado el ánimo para probar alternativas el resultado no ha sido mejor y la gente vuelve a su inmovilidad habitual, votando por la opción de origen (y es que en México la alternancia no ha sido garante de nada, ni siquiera creo que haya fortalecido la democracia).
Algunos señalan que lo que ocurre en el EdoMex es la antesala de lo que vendrá al año siguiente en las elecciones presidenciales; verdad o no, lo cierto es que el escenario para 2012 se ve bastante sombrío, con el PRI arrollando en las urnas –siendo lo más patético que ni siquiera ha hecho algo para ganarse al electorado y volver–, la izquierda desgajándose por pugnas internas (con otros corruptazos reacomodados en el PRD, como es el caso de Dolores Padierna y René Bejarano) y la derecha de un tono gris que no pasa del tercer lugar (y en el PAN es donde se dará la peor división por la rebatinga que traen por el poder; puñado de ilusos, como si lo estuvieran haciendo tan bien…).
¿Qué clase de sociedad somos, que no cuestionamos el uso de los recursos públicos, que no analizamos la relación perversa del gobernador saliente con las televisoras, que nos seguimos conformando con los lugares comunes que ofrecen los candidatos (‘promoveré la creación de empleos’, ‘elevaré la calidad de la educación’, ‘velaré por la seguridad pública’), que en ningún momento exigimos un verdadero cambio de sistema? Este último es el que está agotado, caduco, y hasta que no salgamos de su decadencia no podremos transitar a un verdadero sistema democrático. Y mientras eso sucede, tal parece que ni llorar es bueno…
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