jueves, 11 de octubre de 2012

Traumas coloniales


Una vez más llega el 12 de octubre. Como cada año, seguramente el Monumento a Cristóbal Colón será rodeado de vallas metálicas y las aceras circundantes se llenarán de policías para evitar cualquier acto vandálico. Y por si esas medidas fueran insuficientes, la escultura misma es cubierta con un plástico fluorescente, como si tuviera un impermeable, para evitar pedradas, huevazos, colocación de mantas y grafiteros.

Todo eso me parece ridículo, pues a estas alturas de la vida ¿por qué seguirse lamentando de la conquista? Quienes lo hacen no son más que un puñado de acomplejados que vienen arrastrando traumas coloniales, son resentidos que siempre buscan la ocasión para culpar al prójimo de su desgracia: ‘malditos españoles por habernos conquistado’, dicen. Y pobres, porque si bien reniegan de la parte española, tampoco son indígenas ni necesariamente les gustaría serlo.

Esos que van al monumento en esta fecha son unos amargados que parecen vivir en el ‘hubiera’: qué hubiera pasado si Colón no hubiera llegado a América, qué hubiera pasado si Cortés hubiera perdido la guerra, qué hubiera pasado si… Pero Colón llegó, Cortés ganó y todo eso sí pasó.

El hubiera no existe, y si existiera no estaríamos aquí. Y a pesar de que ninguna invasión es agradable por las consecuencias fatales que tiene para la población local –pérdidas humanas, enfermedades, vicios, corruptelas y dominación, entre otras linduras–, de eso se ha tratado la historia de la humanidad: de choques y alianzas, de conquistas y fusiones, las cuales, culturalmente, han llegado a producir cosas tan grandes como nuestra propia identidad.

Porque si estamos orgullosos de lo que somos ahora y por lo que nos consideramos un país rico, es por la aculturación, por esa mezcla de la cual surgió el mestizaje, enalteciendo la raíz indígena, el tronco ibérico y las flores y frutos que han resultado en la mexicanidad.

Sin esa fusión no existiría la llamada cocina mexicana, en la que se combinan elementos americanos como el maíz, el chile o el chocolate con otros de origen europeo, entre ellos el trigo, la uva y los lácteos (pienso por ejemplo en un delicioso pozole, en sopes, enchiladas, pollo con mole, arroz con leche, jamoncillos y chongos zamoranos, mmm).

Tampoco tendríamos bailes folklóricos, ni arte barroco hispanoamericano (que es de mis corrientes favoritas, todo cargadito cargadito pero hermoso), ni las ciudades coloniales (porque, quién no ha disfrutado de las calles de San Miguel de Allende, Oaxaca o Taxco, con su iglesia y kiosko en la plaza principal), ni la música tradicional (apoco no son increíbles el Cielito Lindo y el Huapango, este último de José Pablo Moncayo, que enchinan la piel dondequiera que uno las escuche). Es más: ni siquiera se registraría la fe por la Virgen de Guadalupe, sólo por mencionar algunas de las manifestaciones mestizas más arraigadas.

Por lo anterior, más que hablar del 12 de octubre como ‘Descubrimiento de América’, pienso que lo correcto sería denominarlo ‘Encuentro de Dos Mundos’, porque allende la dominación, lo que se debe destacar es la herencia cultural, que es el resultado más relevante de todo el proceso colonizador.

(Y pienso que este tipo de reflexión es la que se debió gestar con motivo del Bicentenario: quiénes somos los mexicanos, de qué manera nos percibimos, cómo nos ven desde afuera y cuáles son nuestros retos a futuro).

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