Una vez más llega el 12 de octubre. Como cada
año, seguramente el Monumento a Cristóbal Colón será rodeado de vallas
metálicas y las aceras circundantes se llenarán de policías para evitar
cualquier acto vandálico. Y por si esas medidas fueran insuficientes, la
escultura misma es cubierta con un plástico fluorescente, como si tuviera un
impermeable, para evitar pedradas, huevazos, colocación de mantas y grafiteros.
Todo eso me parece ridículo, pues a estas
alturas de la vida ¿por qué seguirse lamentando de la conquista? Quienes lo
hacen no son más que un puñado de acomplejados que vienen arrastrando traumas
coloniales, son resentidos que siempre buscan la ocasión para culpar al prójimo
de su desgracia: ‘malditos españoles por
habernos conquistado’, dicen. Y pobres, porque si bien reniegan de la parte
española, tampoco son indígenas ni necesariamente les gustaría serlo.
Esos que van al monumento en esta fecha son
unos amargados que parecen vivir en el ‘hubiera’: qué hubiera pasado si Colón
no hubiera llegado a América, qué hubiera pasado si Cortés hubiera perdido la
guerra, qué hubiera pasado si… Pero Colón llegó, Cortés ganó y todo eso sí pasó.
El hubiera no existe, y si existiera no
estaríamos aquí. Y a pesar de que ninguna invasión es agradable por las
consecuencias fatales que tiene para la población local –pérdidas humanas,
enfermedades, vicios, corruptelas y dominación, entre otras linduras–, de eso se
ha tratado la historia de la humanidad: de choques y alianzas, de conquistas y
fusiones, las cuales, culturalmente, han llegado a producir cosas tan grandes
como nuestra propia identidad.
Porque si estamos orgullosos de lo que somos
ahora y por lo que nos consideramos un país rico, es por la aculturación, por
esa mezcla de la cual surgió el mestizaje, enalteciendo la raíz indígena, el
tronco ibérico y las flores y frutos que han resultado en la mexicanidad.
Sin esa fusión no existiría la llamada cocina
mexicana, en la que se combinan elementos americanos como el maíz, el chile o
el chocolate con otros de origen europeo, entre ellos el trigo, la uva y los
lácteos (pienso por ejemplo en un delicioso pozole, en sopes, enchiladas, pollo
con mole, arroz con leche, jamoncillos y chongos zamoranos, mmm).
Tampoco tendríamos bailes folklóricos, ni
arte barroco hispanoamericano (que es de mis corrientes favoritas, todo
cargadito cargadito pero hermoso), ni las ciudades coloniales (porque, quién no
ha disfrutado de las calles de San Miguel de Allende, Oaxaca o Taxco, con su
iglesia y kiosko en la plaza principal), ni la música tradicional (apoco no son
increíbles el Cielito Lindo y el Huapango, este último de José Pablo
Moncayo, que enchinan la piel dondequiera que uno las escuche). Es más: ni
siquiera se registraría la fe por la Virgen de Guadalupe, sólo por mencionar
algunas de las manifestaciones mestizas más arraigadas.
Por lo anterior, más que hablar del 12 de
octubre como ‘Descubrimiento de América’, pienso que lo correcto sería
denominarlo ‘Encuentro de Dos Mundos’, porque allende la dominación, lo que se
debe destacar es la herencia cultural, que es el resultado más relevante de
todo el proceso colonizador.
(Y pienso que este tipo de reflexión es la
que se debió gestar con motivo del Bicentenario: quiénes somos los mexicanos, de
qué manera nos percibimos, cómo nos ven desde afuera y cuáles son nuestros
retos a futuro).
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