Hace unos años surgió un movimiento denominado
‘slow food’, el cual defiende la
forma clásica de preparar alimentos, es decir, tomándose su tiempo, disfrutando
cada parte del proceso, llenándose los sentidos de aromas y texturas y emplatando
a placer, en contraposición a la ‘fast
food’ o comida rápida del tipo hamburguesas, pizzas y toda clase de
alimentos elaborados de manera casi inmediata, en serie, servidos en
recipientes desechables de cartón o plástico, que suponen atender la prisa que
tienen por comer los consumidores.
Esto viene a colación porque recientemente,
luego de pasar horas y horas jugando en el parque, Lety se quedó dormidísima de
regreso a casa. Mi mamá y yo estábamos en un dilema: esperar en el coche a que
despertara, con un calorón bárbaro y añorando saciar nuestra hambre, o comprar
algo en el camino y comerlo en el coche. Decidimos esto último, así que nos
pusimos en marcha rumbo al McDonalds que está por la casa, así nos daría buen
tiempo de comer mientras Lety descansaba.
Llegamos al lugar a las dos de la tarde y nos
enfilamos al AutoMac. Delante de nosotros había dos vehículos más. Bueno, a
esperar nuestro turno que no podía ser largo por la naturaleza del negocio.
Avanzamos un poco, luego otro poco y llegamos a la parte donde se encuentra el
menú. Pasaron otros minutos y finalmente una voz surgió a todo volumen de la
bocina: ‘Buenas tardes, bienvenido a Mc.Donalds,
qué le podemos ofrecer’, o alguna letanía similar. Respondí ‘Buenas tardes. Van a ser dos menúes del día
con café en lugar de refresco’, la voz de nuevo ‘Son 88 pesos, le cobran en la siguiente ventanilla’. Muy bien,
vayamos allá entonces.
Doblamos a la izquierda como el camino
indicaba, rodeando el establecimiento, y en frente seguían parados los dos
vehículos que nos antecedían. ‘Bueno, ya les darán sus órdenes en lo que
pagamos’, pensamos. Pero pasaban los minutos, uno, dos, cinco, y ya para
entonces eran las dos y cuarto y seguíamos en el mentado Mac, sin señal alguna
de poder comer aun.
Qué barbaridad, qué lentitud, ¿sí sabrán que
estamos aquí, nos tomarían bien la orden? Pero si no tenía ciencia… Mmm,
dedujimos algo: probablemente la tipa que toma la orden es la misma que cobra y
que entrega la comida, pero sería un exceso. Al menos que hubiera muchísima
gente en el restaurante…
El tiempo continuaba su curso y las obras del
segundo piso del Periférico estaban a todo lo que daban; ‘Tas, tas, tas, tas’,
el martilleo durísimo y nosotras deseando que no despertaran a Lety para que
nos diera tiempo.
Luego de 20 minutos en espera nos cobraron,
sellaron nuestro boleto de estacionamiento y de ahí nos pidieron dirigirnos a
la última ventanilla. Qué bueno, ya estábamos cerca, poquito más y nos íbamos.
De ahí se podía ver lo que pasaba en el interior del local: sólo había una
cajera que, como supusimos, era la misma de las órdenes, del cobro y de la
distribución adentro y afuera, pero el colmo fue que adentro no había ni una
sola persona en la fila y los otros dos que estaban trabajando con ella en la cocina
tampoco daban una para atender un triste pedido…
Ahí tuvimos que esperar otros cinco o siete
minutos para que nos dieran la bolsa de papel estraza con las cosas. Todo para
que, al revisar, tuviéramos que pedir servilletas, crema líquida, splenda y
mostaza, qué tal con el atarantamiento y la falta de capacitación…
Y luego de media hora, entre el sofocamiento
del coche, el ruidero del segundo piso y la tardanza de esos torpes, Lety
terminó despertando antes de que comiéramos, comprobando con todo lo anterior
que el Mac está instaurando otro tipo de ‘slow
food’; no la de los comensales ávidos de recetas que impliquen picar,
macerar o cocer a fuego lento los ingredientes, sino la de la lentitud y la
ineficiencia absoluta.
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