Comúnmente se dicen dos cosas: que perro que
ladra no muerde y que un animal no te hará daño mientras no provoques su
coraje. Pero dadas algunas experiencias cercanas yo no estoy tan segura de que
eso sea verdad, pues ¿qué hay de esas criaturas silentes que sin decir ‘agua
va’ hacen de las suyas?
Esta reflexión surge a partir de que hace
unas semanas, mis queridos tíos Gil y Car, acompañados de la Güera, Val y Tan,
fueron de vacaciones a Quintana Roo. Entre sus paseos estuvo la visita al sitio
arqueológico de Tulum, cuyo museo local tiene por mascota un tejón. El animal
permanecía muy horondo tomando café del Oxxo (sí del Oxxo, así como se lee, qué
loco!!) mientras los visitantes transitaban por el lugar.
En un momento, cuando mi tío caminaba por ahí,
la criatureta esa corrió enloquecida, se avalanzó sobre él y lo arañó, lo mordió varias veces en las
piernas y le hizo pasar un mal rato, así, como si nada, de buenas a primeras.
Otra experiencia cercana se dio cuando hace
algunos veranos César y yo estábamos en San Antonio, Texas. Al sentarnos en una
banca a las afueras del Álamo, de repente llegó una abeja, se paró en la frente
de César y zaz, que le pica, sin que él hubiera manoteado un ‘fuera bicho’ o
alguna manifestación de rechazo.
En el primer caso, afortunadamente no
tuvieron que vacunar a mi tío contra la rabia porque el personal del INAH que
laboraba en el sitio contaba con el certificado de vacunación del tejón, y en
el segundo, ni tarda ni perezosa saqué el aguijón de la piel de César para que no
generara el dolor que sigue a la picadura de esos insectos. Pero en ambos, el
susto nadie lo quita.
De cualquier forma, la pregunta obligada
sería ¿qué generó el ataque de esos animales, por qué actuaron de esa forma
cuando no se les había hecho nada? Es difícil saberlo; quizá fue instinto confundido
o que en todas las especies hay elementos que enloquecen y así actúan, dando puñalada trapera (y conste
que estoy dejando fuera de este Tutti
Frutti a las criaturas mustias de dos patas, esas que no sabemos qué
piensan, que nunca opinan nada, pero a la hora de la hora son de peligro porque
avientan la piedra y esconden la mano, qué mello…).
Las lecciones aprendidas de ese tipo de
acercamiento con ciertas criaturas, para futuras ocasiones (que esperamos no
ocurran), son:
1. Evitar la presencia de animales silvestres
como mascotas en lugares con gran concurrencia de personas (más vale prevenir
que lamentar).
2. En caso de que un ataque ocurra, lavar muy
bien el área afectada y acudir a un centro de salud (en caso de mordeduras o
picaduras).
3. No dar a los animales cafés del Oxxo (ni
de ningún otro, hasta dónde hemos llegado, jaja…).
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