Entre mis lecturas de primera infancia, una de las indiscutibles favoritas era ‘Bugs Bunny encuentra trabajo’, en la cual el famoso personaje obtiene empleo en una fuente de sodas, donde preparaba malteadas, helados especiales y toda clase de ricuras.
Me acuerdo que una de mis ilustraciones estrella era cuando Bugs Bunny asistía a su primer día de trabajo, en el que le enseñaban qué tendría que hacer y cuáles serían los insumos necesarios, y eso implicaba los helados en sus botes, frascos llenos de golosinas y contenedores de galletas, todo en colores alegres que me transportaban a los sabores de esas delicias, mmm.
Para mi era un episodio tan increíble y tan deseable que me trasladaba a la escena, y podía incluso saborear el helado de fresa si en la imagen aparecía un mantecado color rosa, o una nieve de limón si se iluminaba de verde pálido. Y mi imaginación llegaba a desarrollarse a tal grado con esos relatos que aunque no aparecieran tan explícitamente, yo imaginaba las botellas donde seguro guardaban los jarabes de caramelo o chocolate que coronaban los preparados.
Aprovechando que andábamos por ese rumbo, César y yo decidimos ir a la pastelería La Ideal, que está en pleno Centro Histórico. No era la primera vez que estábamos ahí, pero si la primera en que hice consciente el momento tan especial que se vive al entrar en ese templo de la panadería mexicana, pues aunque el pan dulce de ahí no es lo máximo –como sí lo es en La Paloma, por casa de mis queridos Tíos Héctor y Silvia, o La Condesa, de tooooda la vida, donde Lita me compraba ‘chicles flecha’ de yerbabuena en la miscelánea que hay en el interior del local–, los aromas, formas y coberturas de cada pieza son un manjar a los sentidos, a todos y cada uno de los sentidos.
En La Ideal hay pasteles de un piso hasta otros de varios niveles que llegan a pesar hasta 50 kilos, hay gelatinas multicolor y multisabor de agua, leche y yogurt, hay pan dulce con una variedad impresionante, que va de las tradicionales conchas y corbatas hasta los daneses y aquellos que llevan higo u otros frutos secos entreverados.
De ahí me gustan los garibaldis de vainilla o chocolate y otros panecitos especiales que tienen pompones de cajeta al centro y están cubiertos de chochitos blancos, aunque ese día fuimos por galletas, porque qué buenas y qué baratas son ahí las galletas; son pastitas con glaseado de café o limón, o con grageas de colores, o con granillo de chocolate, o de esas de dos pisos con mermelada de chabacano o zarzamora al centro (las favoritas de mi mamá!!), o cubiertas de azúcar, o con canela espolvoreada, con forma de rombo, o estrella, flor, círculo, luna o corazón.
Y la caja de cartón donde las despachan me encanta, en tonos azul rey, blanco y detalles en rojo simulando mosaicos o talavera, a la cual las encargadas cierran con un hilo de cáñamo que manejan magistralmente.
En pocas palabras, ¡en ese lugar siento vivir en carne propia el cuento de la fuente de sodas! Es por eso que les recomiendo no perderse la experiencia de ir al menos una vez en la vida a La Ideal: los que viven en el D.F. anímense y de paso vayan al Museo del Estanquillo o a otra de las joyas guardadas por el corazón de la ciudad. Quienes viven en otro estado o país, cuando vengan por estos lares y se encuentren en el centro, no duden hacer una parada que no les quitará ni 10 o 15 minutos, pero que les llenará el momento de dulce vivencia.
(Otro lugar donde tuve la misma sensación fue al llegar por primera vez al parque del Club Asturiano, pues en una sección tienen una dulcería que es un auténtico sueño, con estantes de cristal llenos de gomitas, chocolates, obleas con cajeta, chamoys, pasitas cubiertas, baloncitos de chocolate rellenos de rompope, chochitos agridulces, paletas Payaso – siempre serán súper!! –, brinquitos, tamarindos y un larguísimo etcétera que ya me hizo agua la boca de sólo pensarlo, jaja!!).
Me acuerdo que una de mis ilustraciones estrella era cuando Bugs Bunny asistía a su primer día de trabajo, en el que le enseñaban qué tendría que hacer y cuáles serían los insumos necesarios, y eso implicaba los helados en sus botes, frascos llenos de golosinas y contenedores de galletas, todo en colores alegres que me transportaban a los sabores de esas delicias, mmm.
Para mi era un episodio tan increíble y tan deseable que me trasladaba a la escena, y podía incluso saborear el helado de fresa si en la imagen aparecía un mantecado color rosa, o una nieve de limón si se iluminaba de verde pálido. Y mi imaginación llegaba a desarrollarse a tal grado con esos relatos que aunque no aparecieran tan explícitamente, yo imaginaba las botellas donde seguro guardaban los jarabes de caramelo o chocolate que coronaban los preparados.
Aprovechando que andábamos por ese rumbo, César y yo decidimos ir a la pastelería La Ideal, que está en pleno Centro Histórico. No era la primera vez que estábamos ahí, pero si la primera en que hice consciente el momento tan especial que se vive al entrar en ese templo de la panadería mexicana, pues aunque el pan dulce de ahí no es lo máximo –como sí lo es en La Paloma, por casa de mis queridos Tíos Héctor y Silvia, o La Condesa, de tooooda la vida, donde Lita me compraba ‘chicles flecha’ de yerbabuena en la miscelánea que hay en el interior del local–, los aromas, formas y coberturas de cada pieza son un manjar a los sentidos, a todos y cada uno de los sentidos.
En La Ideal hay pasteles de un piso hasta otros de varios niveles que llegan a pesar hasta 50 kilos, hay gelatinas multicolor y multisabor de agua, leche y yogurt, hay pan dulce con una variedad impresionante, que va de las tradicionales conchas y corbatas hasta los daneses y aquellos que llevan higo u otros frutos secos entreverados.
De ahí me gustan los garibaldis de vainilla o chocolate y otros panecitos especiales que tienen pompones de cajeta al centro y están cubiertos de chochitos blancos, aunque ese día fuimos por galletas, porque qué buenas y qué baratas son ahí las galletas; son pastitas con glaseado de café o limón, o con grageas de colores, o con granillo de chocolate, o de esas de dos pisos con mermelada de chabacano o zarzamora al centro (las favoritas de mi mamá!!), o cubiertas de azúcar, o con canela espolvoreada, con forma de rombo, o estrella, flor, círculo, luna o corazón.
Y la caja de cartón donde las despachan me encanta, en tonos azul rey, blanco y detalles en rojo simulando mosaicos o talavera, a la cual las encargadas cierran con un hilo de cáñamo que manejan magistralmente.
En pocas palabras, ¡en ese lugar siento vivir en carne propia el cuento de la fuente de sodas! Es por eso que les recomiendo no perderse la experiencia de ir al menos una vez en la vida a La Ideal: los que viven en el D.F. anímense y de paso vayan al Museo del Estanquillo o a otra de las joyas guardadas por el corazón de la ciudad. Quienes viven en otro estado o país, cuando vengan por estos lares y se encuentren en el centro, no duden hacer una parada que no les quitará ni 10 o 15 minutos, pero que les llenará el momento de dulce vivencia.
(Otro lugar donde tuve la misma sensación fue al llegar por primera vez al parque del Club Asturiano, pues en una sección tienen una dulcería que es un auténtico sueño, con estantes de cristal llenos de gomitas, chocolates, obleas con cajeta, chamoys, pasitas cubiertas, baloncitos de chocolate rellenos de rompope, chochitos agridulces, paletas Payaso – siempre serán súper!! –, brinquitos, tamarindos y un larguísimo etcétera que ya me hizo agua la boca de sólo pensarlo, jaja!!).
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