En medio de la desolación generada por el crimen organizado, el calentamiento global, la falta de opciones políticas para los tiempos electorales por venir, la indiferencia de los unos por los otros, la inoperancia gubernamental y el consumismo imperante en nuestra sociedad, cerramos este año de Tutti Frutti con la entrega del Premio Nobel de la Paz al chino Liu Xiaobo.
Imaginen qué escena más impactante la que se vivió durante la ceremonia celebrada hace ocho días en Noruega: en pleno Ayuntamiento de Oslo, con decenas de personas en el público incluyendo disidentes chinos, representantes de diversos países y los monarcas noruegos, el presidente del Comité del Nobel, Thorbjoern Jagland, colocaba el diploma del galardón a la silla vacía donde debió estar sentado el Dr. Liu, recibiendo su reconocimiento.
Como es sabido por todos, el disidente chino no pudo estar presente por ser un preso político del gobierno de su país, que ha hecho todo lo posible por desprestigiarlo y boicotear la entrega del premio, al grado que desde el anuncio emitido por la Fundación Nobel impuso arraigo domiciliario a su esposa para evitar que le comunicara la noticia y al mismo tiempo impedir que saliera de China para recogerlo.
Según los registros, esta es la quinta ocasión en que el Premio Nobel de la Paz se entrega sin la presencia del galardonado: en el caso del soviético Andrei Sakharov (1975), el legendario polaco Lech Walesa (1983) y la birmana Aung San Suu Kyi (1991) alguien acudió en su representación. Sin embargo, tanto las medallas de Liu Xiaobo como del periodista antinazi Carl von Ossietzky fueron otorgadas en ausencia –cabe señalar que este último se encontraba preso en un campo de concentración–.
La lucha pacífica de Liu, manifiesta en la exigencia de los derechos elementales del ser humano, me parece un acto casi heroico en un mundo en el que la violencia, las armas, el mercado de silencios condicionados y la prostitución de conciencia son la constante, y más loable aun resulta hacerlo en un país como China, que a pesar de que muchos lo consideran un gigante y se asombran ante sus logros macroeconómicos –conseguidos, naturalmente, con un altísimo costo social–, no deja de ser un espacio de asfixia para los miles de millones que en él habitan, con imposiciones, miseria y restricciones.
Por casos como el de Liu Xiaobo y pensando en el próximo nacimiento de nuestra Nena, una chispa de luz en el porvenir se hace presente, anunciando que las cosas siempre pueden ser mejores, que los ideales y los valores deben ser las banderas que enarbolen nuestras acciones diarias y que un mundo más justo e igualitario es posible si nos lo proponemos.
Hagamos lo propio en nuestro entorno, seamos corteses y respetuosos con los demás y nunca dejemos pasar la injusticia o el abuso, pues en la medida de nuestros silencios las malas prácticas pueden volverse costumbres.
Y en esta víspera navideña, lo que me resta es enviarles mis mejores deseos para el año por venir: que todo sea amor, dicha y prosperidad para ustedes y los suyos. ¡Muchas felicidades, nos vemos en 2011!
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