¿Qué motiva a la gente a organizar y participar en intercambios navideños: el hecho de compartir, el espíritu de convivencia, mero compromiso, convencionalismos sociales, falsa pertenencia a un grupo determinado, sentimientos gregarios? Cualquiera que sea la hipótesis, lo cierto es que las nobles causas no son la opción más socorrida.
A continuación el botón que aporto a esta muestra pre-navideña:
Desde hace dos años, en la oficina han organizado un intercambio para celebrar las fiestas decembrinas: el primero fue de tazas y el año pasado de libros, pelis o agendas. Este año empezaron con el mismo mitote, sólo que a la lista de 2009 se fueron sumando corbatas, bufandas, mascadas, discos y calendarios.
Ayer, antes del mediodía, se anunció que se realizaría el sorteo para definir quién daría regalo a quién. Nos citaron en la sala de juntas del piso a los veintitantos que participaríamos, y en lo que nos congregábamos todos de la sala ya salían algunos con papelitos (error número uno: el sorteo se realiza a la vista de todos los participantes, no de manera discrecional).
Alguien dijo ‘Yo me llevo tres papeles por las que no están ahorita’ (error número dos: no se realiza el sorteo hasta que no estén presentes todos los que van a participar; si falta alguien, se pospone hasta nuevo aviso a menos que esa persona acepte que otro elija en su lugar, que no fue el caso).
El proceso continuó, rolaron la cajita y los demás fuimos seleccionando. Algunas personas decían ‘Me tocó bien’ (error número tres: los intercambios se deben realizar entre amigos o seres queridos. Así, quien le toque a uno será siempre alguien a quien da gusto regalarle algo y no habrá necesidad de huir de los indeseables).
En eso llegó un tipo que descaradamente tomó varios papeles, los cuales abría, leía el nombre, cerraba y volvía a introducir al montón (error número cuatro: a cada persona corresponde sacar un papel, no más, a menos que le toque su propio nombre, lo cual es improbable cuando se trata de tantos participantes como en ese intercambio laboral).
Todos nos inconformamos y yo inicié el coro de ‘Que se repita, que se repita’. La mayoría me secundó, pero dos o tres más incrementaron el desorden diciendo ‘Me toqué yo’, así que emulando al primer patanete doblaron su papel original, lo regresaron a la urna y tomaron otro.
Qué era eso, de qué se trataba: independientemente de la mala organización que derivó en los errores enunciados, lo cierto es que toda la situación puso de manifiesto que en realidad no hay espíritu navideño alguno, sino que la gente, sintiéndose comprometida o para que los demás no digan que ‘se cortaron’, entra a los intercambios ‘de dientes para afuera’, porque en realidad ni siente aprecio por los demás ni le interesa convivir.
Por todo lo anterior opté por salirme de ese intercambio, porque si uno da un regalo lo debe hacer de corazón y no por obligación ni compromiso; de lo contrario se desvirtúa la esencia de la temporada (lo peor es que muchos aplaudieron mi decisión pero reconocieron no haberse atrevido a hacer lo mismo; es increíble la presión social que ejerce su tiranía sobre algunos…).
A continuación el botón que aporto a esta muestra pre-navideña:
Desde hace dos años, en la oficina han organizado un intercambio para celebrar las fiestas decembrinas: el primero fue de tazas y el año pasado de libros, pelis o agendas. Este año empezaron con el mismo mitote, sólo que a la lista de 2009 se fueron sumando corbatas, bufandas, mascadas, discos y calendarios.
Ayer, antes del mediodía, se anunció que se realizaría el sorteo para definir quién daría regalo a quién. Nos citaron en la sala de juntas del piso a los veintitantos que participaríamos, y en lo que nos congregábamos todos de la sala ya salían algunos con papelitos (error número uno: el sorteo se realiza a la vista de todos los participantes, no de manera discrecional).
Alguien dijo ‘Yo me llevo tres papeles por las que no están ahorita’ (error número dos: no se realiza el sorteo hasta que no estén presentes todos los que van a participar; si falta alguien, se pospone hasta nuevo aviso a menos que esa persona acepte que otro elija en su lugar, que no fue el caso).
El proceso continuó, rolaron la cajita y los demás fuimos seleccionando. Algunas personas decían ‘Me tocó bien’ (error número tres: los intercambios se deben realizar entre amigos o seres queridos. Así, quien le toque a uno será siempre alguien a quien da gusto regalarle algo y no habrá necesidad de huir de los indeseables).
En eso llegó un tipo que descaradamente tomó varios papeles, los cuales abría, leía el nombre, cerraba y volvía a introducir al montón (error número cuatro: a cada persona corresponde sacar un papel, no más, a menos que le toque su propio nombre, lo cual es improbable cuando se trata de tantos participantes como en ese intercambio laboral).
Todos nos inconformamos y yo inicié el coro de ‘Que se repita, que se repita’. La mayoría me secundó, pero dos o tres más incrementaron el desorden diciendo ‘Me toqué yo’, así que emulando al primer patanete doblaron su papel original, lo regresaron a la urna y tomaron otro.
Qué era eso, de qué se trataba: independientemente de la mala organización que derivó en los errores enunciados, lo cierto es que toda la situación puso de manifiesto que en realidad no hay espíritu navideño alguno, sino que la gente, sintiéndose comprometida o para que los demás no digan que ‘se cortaron’, entra a los intercambios ‘de dientes para afuera’, porque en realidad ni siente aprecio por los demás ni le interesa convivir.
Por todo lo anterior opté por salirme de ese intercambio, porque si uno da un regalo lo debe hacer de corazón y no por obligación ni compromiso; de lo contrario se desvirtúa la esencia de la temporada (lo peor es que muchos aplaudieron mi decisión pero reconocieron no haberse atrevido a hacer lo mismo; es increíble la presión social que ejerce su tiranía sobre algunos…).
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