Hace dos semanas que entraron en vigor las medidas dictadas por el gobierno federal para limitar la oferta de alimentos con escaso valor nutricional en las escuelas, con objeto de reducir los índices de sobrepeso entre los niños y jóvenes del país. Para ello, se recomienda aumentar la ingesta de agua simple, disminuir el consumo de azúcar, grasa y sodio, comer más frutas y verduras y limitar las porciones de los alimentos.
Pero francamente no veo que ello refleje una voluntad real para erradicar el problema, sino que lo hacen para evitar las críticas de no hacer algo al respecto. Por ejemplo, en septiembre de 2010, los alimentos permitidos eran 50; ahora, la cifra asciende a más de 600 (claro, cómo vetar a empresas como Sabritas o Bimbo, para qué enemistarse con quienes aportaron sus buenos milloncitos a las campañas políticas; sería de mal agradecidos…). Así, en la lista emitida por las dependencias gubernamentales se encuentran frituras, refrescos light (excepto aquellos sabor cola que quedan excluidos en cualquier versión), agua con endulcorantes y toda clase de pastelillos.
Como lo comenté en algún tutti frutti del año pasado, me parece absurdo que quieran erradicar de las tienditas escolares las golosinas de toda la vida, porque cada quien debe comer lo que quiere, y la restricción de ciertos alimentos llega a atentar contra la libertad de elección de un consumidor aunque se trate de niños (eso sí, todo con medida, que tampoco hay que dar rienda suelta al antojo y perderse en el atracón).
Además, pienso que el mayor problema radica en que los chicos ya no tienen la actividad física de antes, porque qué casualidad que los productos son prácticamente los mismos y hace 30 años no se registraban los índices de obesidad infantil de ahora.
Confieso que yo comí todo el dulce del mundo cuando era niña, pasando por los caramelos macizos, los chilitos, lo agridulce, los bombones, chiclosos, mazapanes, paletas, el chocolate en todas sus presentaciones y los cereales bien azucarados. Incluso hay dos casos particularmente emblemáticos y deliciosos en mi haber: una que otra tarde abría una lata tamaño normal de leche condensada (mejor conocida como La Lechera) y con cuchara en mano no me detenía hasta verle el fondo, mmm. El otro era llenar un bowl individual con choco krispis, ponerle dos cucharadas copeteadas de cajeta y después bañar la mezcla con leche, qué ricura!!
Si bien no era yo una sílfide, jamás tuve sobrepeso por una simple y sencilla razón: jugué muchísimo y corrí a más no poder durante toda mi infancia, practicando con todos los vecinitos futbol, kickball, escondidas, policías y ladrones, bote pateado, encantados, andábamos en patines y le dábamos duro a la bicicleta.
Ahora, entre el aplatanamiento que propician los videojuegos (o el encierro, en el caso del Wii) y que el espacio público no garantiza la seguridad de nadie, se ha ido reduciendo el número de niños que tienen algún tipo de actividad al aire libre que les permita correr, saltar e interactuar de manera más dinámica.
Por todo lo anterior, afirmo que las estrategias más efectivas para reducir la obesidad infantil son apostar por la actividad física intensiva y fomentar una cultura nutricional donde se incluya todo tipo de alimentos con sus respectivos límites, porque las medidas de medio pelo que están promoviendo no creo que sirvan de gran cosa (comenzando porque son los propios padres de familia los que comen terrible…).
Pero francamente no veo que ello refleje una voluntad real para erradicar el problema, sino que lo hacen para evitar las críticas de no hacer algo al respecto. Por ejemplo, en septiembre de 2010, los alimentos permitidos eran 50; ahora, la cifra asciende a más de 600 (claro, cómo vetar a empresas como Sabritas o Bimbo, para qué enemistarse con quienes aportaron sus buenos milloncitos a las campañas políticas; sería de mal agradecidos…). Así, en la lista emitida por las dependencias gubernamentales se encuentran frituras, refrescos light (excepto aquellos sabor cola que quedan excluidos en cualquier versión), agua con endulcorantes y toda clase de pastelillos.
Como lo comenté en algún tutti frutti del año pasado, me parece absurdo que quieran erradicar de las tienditas escolares las golosinas de toda la vida, porque cada quien debe comer lo que quiere, y la restricción de ciertos alimentos llega a atentar contra la libertad de elección de un consumidor aunque se trate de niños (eso sí, todo con medida, que tampoco hay que dar rienda suelta al antojo y perderse en el atracón).
Además, pienso que el mayor problema radica en que los chicos ya no tienen la actividad física de antes, porque qué casualidad que los productos son prácticamente los mismos y hace 30 años no se registraban los índices de obesidad infantil de ahora.
Confieso que yo comí todo el dulce del mundo cuando era niña, pasando por los caramelos macizos, los chilitos, lo agridulce, los bombones, chiclosos, mazapanes, paletas, el chocolate en todas sus presentaciones y los cereales bien azucarados. Incluso hay dos casos particularmente emblemáticos y deliciosos en mi haber: una que otra tarde abría una lata tamaño normal de leche condensada (mejor conocida como La Lechera) y con cuchara en mano no me detenía hasta verle el fondo, mmm. El otro era llenar un bowl individual con choco krispis, ponerle dos cucharadas copeteadas de cajeta y después bañar la mezcla con leche, qué ricura!!
Si bien no era yo una sílfide, jamás tuve sobrepeso por una simple y sencilla razón: jugué muchísimo y corrí a más no poder durante toda mi infancia, practicando con todos los vecinitos futbol, kickball, escondidas, policías y ladrones, bote pateado, encantados, andábamos en patines y le dábamos duro a la bicicleta.
Ahora, entre el aplatanamiento que propician los videojuegos (o el encierro, en el caso del Wii) y que el espacio público no garantiza la seguridad de nadie, se ha ido reduciendo el número de niños que tienen algún tipo de actividad al aire libre que les permita correr, saltar e interactuar de manera más dinámica.
Por todo lo anterior, afirmo que las estrategias más efectivas para reducir la obesidad infantil son apostar por la actividad física intensiva y fomentar una cultura nutricional donde se incluya todo tipo de alimentos con sus respectivos límites, porque las medidas de medio pelo que están promoviendo no creo que sirvan de gran cosa (comenzando porque son los propios padres de familia los que comen terrible…).
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