Hace unos meses, Bombón, el pomerania de mi querida prima Lolis, cumplió años: es un perro lindísimo, pachoncito, con el pelo súper sedoso, dorado, brincolín, simpatiquísimo. Llegó cachorrito y ahora está hecho todo un gourmand – con decirles que gusta de los deliciosos chocolates Lindor, ustedes dirán!! –. Lolis dice que en su casa de San Luis siempre tuvieron perro, así que no le ha dado tanto trabajo adaptarse a la aventura de tener mascota perruna.
Pero hubimos otros quienes, bajo la máxima infantil de ‘quiero un perro’, hicimos circo, maroma y teatro cuando un espécimen canino habitó con nosotros bajo el mismo techo.
Algunos de ustedes conocieron a nuestra Cookie, una cocker color canela, brillante, ágil, simpática, monísima, que estaba verdaderamente chiflada… Llegó chiquitita a la casa, apenas excediendo su tamaño el de la palma de una mano, durmiendo en una canasta a modo de cama. Parecía no romper un plato.
Pero al paso de los días, Cookie tomó posesión de su nuevo hogar y ya en confianza empezó a hacer de las suyas: le encantaba fugarse en busca del señor que recoge la basura en el edificio, tiró el árbol de Navidad luego de abalanzársele, al finalizar su baño corría por toda la casa para secarse, incluyendo en su trayecto todos y cada uno de los sillones de la sala, y ‘quítense que ahí les voy’ cuando los fines de semana burlaba la vigilancia de mi Abuelín y caía en las camas con un buen salto.
Además, hubo una lucha constante por enseñarle a ir al baño, había que sacarla cuatro o cinco veces al día a pasear, la vuelta en el coche era vómito seguro (de nuevo a lavar tapetes…) y la ida al veterinario una pesadilla para la pobre (de plano al final le ponían bozal porque se ponía agresiva del miedo…).
Y qué de anécdotas dio durante ese año; entre las más chuscas están las siguientes: un día a Lita le explotó la olla express con caldo de pollo y para la perra fue como un paraíso, nadando en consomé, con las orejas y patas empapadas de comida, ajt… (shampoo inmediato, por supuesto).
Otra fue cuando una mañana, antes de ir a la escuela y con mis Abuelines de viaje en Ensenada, mi mamá y yo preparábamos el desayuno. Cansadas de que la Cookie estuviera brincando para pedirnos bocaditos cuando teníamos tanta prisa, la dejamos en la estancia y nosotras seguimos en la cocina. Cuál fue nuestra sorpresa cuando de repente sentimos una mirada, y al voltear por la ventana de la puerta vimos que la perra estaba en el centro de la mesa del comedor, observándonos atentamente.
La tuvimos exactamente un año un mes, y el desenlace fue horrible porque pensando que Lita quería quitarle un pañuelo desechable que estaba mordiendo, le soltó la tarascada (palabra de la misma Lita) y se le quedó trabado el hociquito con todo y mano adentro… Afortunadamente no pasó de dos pedacitos de tejido que ‘afloraron’ debido a la presión de los dientes, porque bien pudo ser peor dañando nervios o tendones, o dejando inmovilizada la mano…
Regalamos a Cookie – que al día siguiente mordió en la nariz al hijo del nuevo dueño y posteriormente fue llevada a un rancho. No supimos más quién fue su siguiente víctima, jaja – y después de algunos días de duelo quedamos tranquilos, satisfechos de haber vivido la experiencia de tener un perro en casa.
Hace poco, nuestros queridos amigos de la familia Portilla Vega – Pepe, Chio, Regi y MaJo – tuvieron a Matilda y seguramente saben de lo que estoy hablando… pero bueno, más vale decir ‘lo viví y no me gustó’ que quedarse en el ‘hubiera’, porque si a mi me preguntan ‘¿volverías a tener una mascota canina?’, la respuesta es contundente: no, por más que me encanten los perros.
Pero hubimos otros quienes, bajo la máxima infantil de ‘quiero un perro’, hicimos circo, maroma y teatro cuando un espécimen canino habitó con nosotros bajo el mismo techo.
Algunos de ustedes conocieron a nuestra Cookie, una cocker color canela, brillante, ágil, simpática, monísima, que estaba verdaderamente chiflada… Llegó chiquitita a la casa, apenas excediendo su tamaño el de la palma de una mano, durmiendo en una canasta a modo de cama. Parecía no romper un plato.
Pero al paso de los días, Cookie tomó posesión de su nuevo hogar y ya en confianza empezó a hacer de las suyas: le encantaba fugarse en busca del señor que recoge la basura en el edificio, tiró el árbol de Navidad luego de abalanzársele, al finalizar su baño corría por toda la casa para secarse, incluyendo en su trayecto todos y cada uno de los sillones de la sala, y ‘quítense que ahí les voy’ cuando los fines de semana burlaba la vigilancia de mi Abuelín y caía en las camas con un buen salto.
Además, hubo una lucha constante por enseñarle a ir al baño, había que sacarla cuatro o cinco veces al día a pasear, la vuelta en el coche era vómito seguro (de nuevo a lavar tapetes…) y la ida al veterinario una pesadilla para la pobre (de plano al final le ponían bozal porque se ponía agresiva del miedo…).
Y qué de anécdotas dio durante ese año; entre las más chuscas están las siguientes: un día a Lita le explotó la olla express con caldo de pollo y para la perra fue como un paraíso, nadando en consomé, con las orejas y patas empapadas de comida, ajt… (shampoo inmediato, por supuesto).
Otra fue cuando una mañana, antes de ir a la escuela y con mis Abuelines de viaje en Ensenada, mi mamá y yo preparábamos el desayuno. Cansadas de que la Cookie estuviera brincando para pedirnos bocaditos cuando teníamos tanta prisa, la dejamos en la estancia y nosotras seguimos en la cocina. Cuál fue nuestra sorpresa cuando de repente sentimos una mirada, y al voltear por la ventana de la puerta vimos que la perra estaba en el centro de la mesa del comedor, observándonos atentamente.
La tuvimos exactamente un año un mes, y el desenlace fue horrible porque pensando que Lita quería quitarle un pañuelo desechable que estaba mordiendo, le soltó la tarascada (palabra de la misma Lita) y se le quedó trabado el hociquito con todo y mano adentro… Afortunadamente no pasó de dos pedacitos de tejido que ‘afloraron’ debido a la presión de los dientes, porque bien pudo ser peor dañando nervios o tendones, o dejando inmovilizada la mano…
Regalamos a Cookie – que al día siguiente mordió en la nariz al hijo del nuevo dueño y posteriormente fue llevada a un rancho. No supimos más quién fue su siguiente víctima, jaja – y después de algunos días de duelo quedamos tranquilos, satisfechos de haber vivido la experiencia de tener un perro en casa.
Hace poco, nuestros queridos amigos de la familia Portilla Vega – Pepe, Chio, Regi y MaJo – tuvieron a Matilda y seguramente saben de lo que estoy hablando… pero bueno, más vale decir ‘lo viví y no me gustó’ que quedarse en el ‘hubiera’, porque si a mi me preguntan ‘¿volverías a tener una mascota canina?’, la respuesta es contundente: no, por más que me encanten los perros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario