Hace unos meses, el Museo de Bellas Artes anunció que su próxima exposición sería de la obra de Doménikos Theotokópoulos, mejor conocido como El Greco. Si bien es cierto ya se habían visto uno o dos cuadros suyos en México, nunca se había presentado una magna muestra del pintor griego que se hiciera famoso en España.
Yo permanecí expectante desde ese día, así que inaugurada la muestra, ni tardos ni perezosos programamos la ida al museo hace unos fines de semana, y cómo no hacerlo, si El Greco es uno de mis pintores favoritos, si no es que el más, porque fue él quien me adentró en el maravilloso mundo del arte.
Y es que desde mi infancia, mi mamá y yo siempre hemos ido a los museos, incluyendo los de ciencias naturales, historia y cosas chuscas, entre otros. Pero fue hasta 1989 que me enganché con los grandes artistas gracias a una visita que hicimos al desaparecido Centro Cultural de Arte Contemporáneo (de las pocas iniciativas de Televisa que han valido la pena) y fue a una exposición de El Greco.
Recuerdo que entraba uno a la sala y lo primero con lo que se encontraba, sin preámbulo alguno, era El caballero de la mano en el pecho, un retrato magnífico, impresionante, con un hombre ataviado a la usanza del siglo XVI, con saco negro y golilla, con la mirada fija en el espectador sin importar hacia dónde se moviera
(A la fecha pienso en ese cuadro y me estremezco, y gracias a Dios he tenido la fortuna de estar nuevamente frente a ese caballero en dos ocasiones más, en el Museo del Prado, y qué emoción más grande la que provoca, como si fuéramos dos viejos conocidos).
En esta ocasión me dio gusto ver que vamos avanzando en la logística de los museos, porque a diferencia de otras exposiciones masivas donde no tienen mayor control del número de visitantes, aquí iban formando grupos para dosificar la carga de gente que ingresaría a las salas con la finalidad de que se puedan apreciar las obras.
También han prohibido que los estudiantes ingresen a la exposición a tomar notas y hagan mosca al prójimo, pero como apoyo han puesto una mesa especial con libros, fichas y demás materiales informativos, hecho que celebro pues la pseudo didáctica que gusta de copiar los datos y no apreciar el arte en vivo y en directo me parece una pérdida de tiempo que no rinde fruto alguno para crear el gusto por el arte.
Adentro, la museografía es excelente, con paredes azules y la luz mínima para la conservación de los materiales. Así, San Sebastián, San Pedro, la Verónica y la Sagrada Familia reciben al público con toda su magnificencia, finos, lánguidos, haciendo gala de sus tonos rojo y azul tan particulares que al verlos no pueden ser más que de El Greco. Mención especial merece la última sala, con la serie del Apostolado, donde fueron expuestos de manera extraordinaria los retratos de Jesús y los Doce Apóstoles.
En serio que aplaudo la iniciativa y el esfuerzo de la directora de ese museo para traer a México las obras, y también aplaudo que la fila para ingresar a la exposición haya sido larga – larguísima para cuando ya estábamos fuera –, donde la mayoría se ve que iba por gusto y no porque lo mandaran de la escuela, porque todo eso manifiesta un reconocimiento a la maestría de El Greco, quien dominó la técnica, la perspectiva, las luces y sombras, el paisaje y todos los elementos implícitos en una pintura.
Yo permanecí expectante desde ese día, así que inaugurada la muestra, ni tardos ni perezosos programamos la ida al museo hace unos fines de semana, y cómo no hacerlo, si El Greco es uno de mis pintores favoritos, si no es que el más, porque fue él quien me adentró en el maravilloso mundo del arte.
Y es que desde mi infancia, mi mamá y yo siempre hemos ido a los museos, incluyendo los de ciencias naturales, historia y cosas chuscas, entre otros. Pero fue hasta 1989 que me enganché con los grandes artistas gracias a una visita que hicimos al desaparecido Centro Cultural de Arte Contemporáneo (de las pocas iniciativas de Televisa que han valido la pena) y fue a una exposición de El Greco.
Recuerdo que entraba uno a la sala y lo primero con lo que se encontraba, sin preámbulo alguno, era El caballero de la mano en el pecho, un retrato magnífico, impresionante, con un hombre ataviado a la usanza del siglo XVI, con saco negro y golilla, con la mirada fija en el espectador sin importar hacia dónde se moviera
(A la fecha pienso en ese cuadro y me estremezco, y gracias a Dios he tenido la fortuna de estar nuevamente frente a ese caballero en dos ocasiones más, en el Museo del Prado, y qué emoción más grande la que provoca, como si fuéramos dos viejos conocidos).
En esta ocasión me dio gusto ver que vamos avanzando en la logística de los museos, porque a diferencia de otras exposiciones masivas donde no tienen mayor control del número de visitantes, aquí iban formando grupos para dosificar la carga de gente que ingresaría a las salas con la finalidad de que se puedan apreciar las obras.
También han prohibido que los estudiantes ingresen a la exposición a tomar notas y hagan mosca al prójimo, pero como apoyo han puesto una mesa especial con libros, fichas y demás materiales informativos, hecho que celebro pues la pseudo didáctica que gusta de copiar los datos y no apreciar el arte en vivo y en directo me parece una pérdida de tiempo que no rinde fruto alguno para crear el gusto por el arte.
Adentro, la museografía es excelente, con paredes azules y la luz mínima para la conservación de los materiales. Así, San Sebastián, San Pedro, la Verónica y la Sagrada Familia reciben al público con toda su magnificencia, finos, lánguidos, haciendo gala de sus tonos rojo y azul tan particulares que al verlos no pueden ser más que de El Greco. Mención especial merece la última sala, con la serie del Apostolado, donde fueron expuestos de manera extraordinaria los retratos de Jesús y los Doce Apóstoles.
En serio que aplaudo la iniciativa y el esfuerzo de la directora de ese museo para traer a México las obras, y también aplaudo que la fila para ingresar a la exposición haya sido larga – larguísima para cuando ya estábamos fuera –, donde la mayoría se ve que iba por gusto y no porque lo mandaran de la escuela, porque todo eso manifiesta un reconocimiento a la maestría de El Greco, quien dominó la técnica, la perspectiva, las luces y sombras, el paisaje y todos los elementos implícitos en una pintura.
Así que, mientras este griego esté en esta ciudad, yo los invito a conocerlo, y si ya lo conocen, deléitense de nuevo con ese maestro entre los maestros del arte universal.
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