Sí, tal como lo oyen: ayer, en pleno 14 de febrero, fui víctima de un atraco en el trayecto Allende-Bellas Artes de la línea 2 del metro. Bendito sea Dios no me pasó nada, ni hubo violencia ni prácticas intimidatorias. Todo sucedió cuando subí a un vagón lleno de gente y junto a mi se colocó un hombre de gran volumen, que venía algo sudoroso y agitado. Yo siempre traigo una bolsa de asa colgada al hombro y ese día portaba una pequeña bolsa introducida al antebrazo.
Con el movimiento del transporte y la multitud no me percaté de lo que sucedía, hasta que percibí al sujeto demasiado cerca. Fue entonces cuando llegamos al otro andén, se abrieron las puertas y el muy tipo salió corriendo. Volteé, vi mi bolsa con el cierre a medias, un hueco y pensé ‘me robó la cartera’. En ese momento, al sonar el aviso de que el metro avanzaría de nuevo, me bajé en un arranque de desesperación y caminé en busca del fulano. Todo fue en un largo y abrupto instante.
De repente me paré, miré para todos lados y ni rastro alguno. Sentí que giraba la escena, que los peatones circulaban sin ton ni son. Busqué un policía y luego de un rato divisé a uno parado, viendo el piso, en actitud distraída. Qué me iba a ayudar ese pobre, y ya con más calma pensé, y aunque no estuviera mosqueando el hombre qué va a decirme…
Decidí regresar al andén y seguir mi camino rumbo al trabajo (César y yo habíamos comido juntos en el centro, como todos los jueves y como todos los 14s). Tomé de nuevo el metro y al iniciar su marcha me invadió un profundo sentimiento de impotencia, de coraje. Rompí en un llanto desolado, incontrolable, y sentía miradas y miradas silenciosas observándome, tal vez con pena, tal vez con la duda de saber por qué motivo lloraba yo de esa manera en pleno metro.
Les marqué desde ahí a César y a mi mamá para avisarles lo que había pasado. Mi mente estaba tan perturbada, tan intranquila, que me era difícil concentrarme para marcar, una sensación muy extraña. Y no dejaba de pensar en el hubiera: y si hubiera intentado cambiarme de lugar, y si hubiera descubierto al tipo abriendo mi bolsa, y si hubiera tomado el metro 5 minutos antes o 5 minutos después (como en esa buena peli Corre, Lola, corre)…
Con el movimiento del transporte y la multitud no me percaté de lo que sucedía, hasta que percibí al sujeto demasiado cerca. Fue entonces cuando llegamos al otro andén, se abrieron las puertas y el muy tipo salió corriendo. Volteé, vi mi bolsa con el cierre a medias, un hueco y pensé ‘me robó la cartera’. En ese momento, al sonar el aviso de que el metro avanzaría de nuevo, me bajé en un arranque de desesperación y caminé en busca del fulano. Todo fue en un largo y abrupto instante.
De repente me paré, miré para todos lados y ni rastro alguno. Sentí que giraba la escena, que los peatones circulaban sin ton ni son. Busqué un policía y luego de un rato divisé a uno parado, viendo el piso, en actitud distraída. Qué me iba a ayudar ese pobre, y ya con más calma pensé, y aunque no estuviera mosqueando el hombre qué va a decirme…
Decidí regresar al andén y seguir mi camino rumbo al trabajo (César y yo habíamos comido juntos en el centro, como todos los jueves y como todos los 14s). Tomé de nuevo el metro y al iniciar su marcha me invadió un profundo sentimiento de impotencia, de coraje. Rompí en un llanto desolado, incontrolable, y sentía miradas y miradas silenciosas observándome, tal vez con pena, tal vez con la duda de saber por qué motivo lloraba yo de esa manera en pleno metro.
Les marqué desde ahí a César y a mi mamá para avisarles lo que había pasado. Mi mente estaba tan perturbada, tan intranquila, que me era difícil concentrarme para marcar, una sensación muy extraña. Y no dejaba de pensar en el hubiera: y si hubiera intentado cambiarme de lugar, y si hubiera descubierto al tipo abriendo mi bolsa, y si hubiera tomado el metro 5 minutos antes o 5 minutos después (como en esa buena peli Corre, Lola, corre)…
Seguí llorando hasta que poco a poco pasó el trago amargo y terminé dando gracias a Dios porque entre todo no me fue tan mal: sólo fue un carterista – que de esos raterillos de poca monta ha tenido la humanidad desde hace siglos – y en mi billetera no había identificaciones oficiales ni tarjetas de crédito o débito (medida que tomé hace unos 3 años, cuando también quisieron volarme la cartera en el metro).
Lo que sí perdí fueron imágenes de mis Santitos, un espejito, mi tarjeta del Metrobús, los boletos del metro de la quincena y unos dineros, esos que tanto cuida uno…
Por todo lo anterior, les recomiendo que no traigan en sus carteras más de lo estrictamente necesario para cada ocasión y sólo ‘carguen’ las tarjetas cuando vayan a comprar algo. Y ya analizando ‘a toro pasado’ la situación, tampoco intenten perseguir a un ladrón o agresor porque no sabe uno si viene armado o acompañado.
Me consuelo al pensar que ese dinero, por ser mal habido para el ladrón, le quemará la mano al infeliz y no le servirá para nada. Porque si de una cosa estoy bien segura es que esa gente no prospera por mal intencionada: ahí tienen su mayor castigo.
Lo que sí perdí fueron imágenes de mis Santitos, un espejito, mi tarjeta del Metrobús, los boletos del metro de la quincena y unos dineros, esos que tanto cuida uno…
Por todo lo anterior, les recomiendo que no traigan en sus carteras más de lo estrictamente necesario para cada ocasión y sólo ‘carguen’ las tarjetas cuando vayan a comprar algo. Y ya analizando ‘a toro pasado’ la situación, tampoco intenten perseguir a un ladrón o agresor porque no sabe uno si viene armado o acompañado.
Me consuelo al pensar que ese dinero, por ser mal habido para el ladrón, le quemará la mano al infeliz y no le servirá para nada. Porque si de una cosa estoy bien segura es que esa gente no prospera por mal intencionada: ahí tienen su mayor castigo.
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