La luna, máxima estrella. Si bien es cierto no es un cuerpo estelar sino un satélite que gira alrededor de la Tierra, esa fue su noche, la noche del eclipse total de luna. La hora, inmejorable, y las condiciones atmosféricas, propicias como pocas veces para observarlo a plenitud. Recordemos que siempre que anuncian lluvia de estrellas o un acercamiento planetario, se habla de las 2 o 3 de la madrugada para observarlo. Y si uno se arriesgó a desvelarse, lo más seguro es que las nubes o los bancos de niebla estropearan la función.
En diversos medios se difundió información sobre el fenómeno: cuándo, cómo y dónde iba a verse. Y no sólo eso: la comunidad científica colocó 100 telescopios en pleno Zócalo de la Ciudad de México para poner el universo al alcance de todos. También habría pantallas gigantes y reconocidos astrónomos como Julieta Fierro darían conferencias.
La luna paso a pasito. Todo empezó alrededor de las 6:30 de la tarde, momento en que por su movimiento natural la Tierra empezó a proyectar su sombra sobre la luna, como si tuviera una mordidita que poco a poco caminaba rumbo a su centro. A las 8:10 ya iba hacia la mitad y justo a las 9:05 llegó la fase total, con la luna rojiza, ruborizada ante las miradas curiosas de los millones de personas que la observábamos.
Nosotros nos instalamos en el observatorio de la casa, es decir, en pleno estacionamiento. Ahí estaban familias enteras, incluyendo perros y niños. Había gente que hasta instaló su telescopio sobre el toldo de un auto para ver mejor. O llevaban binoculares, o acompañaban la observación con su música favorita.
Había expectación, interés por lo que ocurría. Creo que nunca había visto a tantos individuos mirando el cielo de manera simultánea. Y seguramente los astrónomos del país no tenían antecedente de que un acontecimiento de su ámbito de estudio hubiera generado la curiosidad que suscitó este eclipse – y más en un país donde la ciencia y la cultura no forman parte de las prioridades nacionales –.
La luna estuvo ocupada. ¿En qué? Pues sonriendo a las cámaras y recibiendo todos los deseos de quienes pedimos uno aprovechando los buenos augurios del momento. Porque para mí, un fenómeno como el de antenoche también anuncia que cosas buenas están por venir.
Terminado el espectáculo, la mañana siguiente, la luna se despedía de nosotros vestida de blanco, brindándonos su más grande y luminosa sonrisa.
En diversos medios se difundió información sobre el fenómeno: cuándo, cómo y dónde iba a verse. Y no sólo eso: la comunidad científica colocó 100 telescopios en pleno Zócalo de la Ciudad de México para poner el universo al alcance de todos. También habría pantallas gigantes y reconocidos astrónomos como Julieta Fierro darían conferencias.
La luna paso a pasito. Todo empezó alrededor de las 6:30 de la tarde, momento en que por su movimiento natural la Tierra empezó a proyectar su sombra sobre la luna, como si tuviera una mordidita que poco a poco caminaba rumbo a su centro. A las 8:10 ya iba hacia la mitad y justo a las 9:05 llegó la fase total, con la luna rojiza, ruborizada ante las miradas curiosas de los millones de personas que la observábamos.
Nosotros nos instalamos en el observatorio de la casa, es decir, en pleno estacionamiento. Ahí estaban familias enteras, incluyendo perros y niños. Había gente que hasta instaló su telescopio sobre el toldo de un auto para ver mejor. O llevaban binoculares, o acompañaban la observación con su música favorita.
Había expectación, interés por lo que ocurría. Creo que nunca había visto a tantos individuos mirando el cielo de manera simultánea. Y seguramente los astrónomos del país no tenían antecedente de que un acontecimiento de su ámbito de estudio hubiera generado la curiosidad que suscitó este eclipse – y más en un país donde la ciencia y la cultura no forman parte de las prioridades nacionales –.
La luna estuvo ocupada. ¿En qué? Pues sonriendo a las cámaras y recibiendo todos los deseos de quienes pedimos uno aprovechando los buenos augurios del momento. Porque para mí, un fenómeno como el de antenoche también anuncia que cosas buenas están por venir.
Terminado el espectáculo, la mañana siguiente, la luna se despedía de nosotros vestida de blanco, brindándonos su más grande y luminosa sonrisa.
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