Recientemente terminó el horario de verano. A mi me gusta mucho esa modalidad porque los días parecen durar más y todavía llegamos a casa en la tarde con luz de día, aunque el que inicia también es especial porque anuncia que falta menos para Navidad.
Pero más allá de preferencias personales – que si el reloj biológico, que si se les hace tarde, que si no se enteraron, etcétera etcétera –, vayamos al centro de ese asunto de los cambios de horario. Esa práctica surge con la finalidad de ahorrar energía. Funcionarios del sector energético han señalado que con la implementación de esa medida los ahorros son millonarios. Adicionalmente, formulan una serie de recomendaciones como la sustitución de electrodomésticos de alto consumo eléctrico y la adopción de lámparas ahorradoras en lugar de las bombillas convencionales para disminuir el consumo de energía.
En contraposición, el reclamo popular reza ¿porqué nunca se refleja ese ahorro en nuestros recibos de luz, porqué el aumento sí se refleja en las facturas posteriores a las fiestas de diciembre, porqué pago lo mismo aunque haya sustituido focos y aparatos caseros, porqué no desconectan los ‘diablitos’, tan claramente visibles en las calles, mediante los cuales opera el ambulantaje?
El cuestionamiento que a veces se olvida es ¿porqué el gobierno pregona por el ahorro de energía cuando no predica con el ejemplo? Ahí tenemos centenares de edificios públicos que mantienen encendidos innumerables plafones, computadoras, impresoras, copiadoras y motivos decorativos, no por la carga de trabajo que se tiene, sino por mera ineficiencia.
¿A qué me refiero? A que se puede mantener funcionando toda la estructura eléctrica de uno o más pisos únicamente porque un funcionario que finge que trabaja está esperando que le llegue un correo electrónico – que naturalmente no llega sino hasta el día siguiente, cuando en horas de trabajo oficiales podría recibirlo –, y en esa espera obliga a quedarse a todo el personal a su cargo sin que este último tenga cosas por hacer.
En ese sentido, al gobierno se le piden dos cosas: eficiencia y congruencia. La primera, porque en la medida que se respeten horarios, se homologuen condiciones laborales y se respete el derecho a la vida propia de los servidores públicos, se promoverá un trabajo de calidad, partiendo de que las personas realizan su trabajo con la mejor de sus actitudes. La segunda, porque sólo en la medida que el gobierno presente una actitud modelo se encontrará en la posición para exigir la cooperación de la ciudadanía.
De cualquier forma, ojalá que un día logremos que el gobierno saque las manos de la administración de recursos energéticos como la electricidad. Podría ocurrir como con el servicio de telefonía: independientemente de los cuestionables procesos de compra-venta y lo elevado de las tarifas en comparación con países desarrollados, en un principio muchos se quejaron de que Teléfonos de México pasara a manos privadas, pero el día de hoy nadie cuestiona que al menos el servicio mejoró sustancialmente respecto a la fase de posesión gubernamental. Lo mismo podría pasar con la energía eléctrica.
Pero más allá de preferencias personales – que si el reloj biológico, que si se les hace tarde, que si no se enteraron, etcétera etcétera –, vayamos al centro de ese asunto de los cambios de horario. Esa práctica surge con la finalidad de ahorrar energía. Funcionarios del sector energético han señalado que con la implementación de esa medida los ahorros son millonarios. Adicionalmente, formulan una serie de recomendaciones como la sustitución de electrodomésticos de alto consumo eléctrico y la adopción de lámparas ahorradoras en lugar de las bombillas convencionales para disminuir el consumo de energía.
En contraposición, el reclamo popular reza ¿porqué nunca se refleja ese ahorro en nuestros recibos de luz, porqué el aumento sí se refleja en las facturas posteriores a las fiestas de diciembre, porqué pago lo mismo aunque haya sustituido focos y aparatos caseros, porqué no desconectan los ‘diablitos’, tan claramente visibles en las calles, mediante los cuales opera el ambulantaje?
El cuestionamiento que a veces se olvida es ¿porqué el gobierno pregona por el ahorro de energía cuando no predica con el ejemplo? Ahí tenemos centenares de edificios públicos que mantienen encendidos innumerables plafones, computadoras, impresoras, copiadoras y motivos decorativos, no por la carga de trabajo que se tiene, sino por mera ineficiencia.
¿A qué me refiero? A que se puede mantener funcionando toda la estructura eléctrica de uno o más pisos únicamente porque un funcionario que finge que trabaja está esperando que le llegue un correo electrónico – que naturalmente no llega sino hasta el día siguiente, cuando en horas de trabajo oficiales podría recibirlo –, y en esa espera obliga a quedarse a todo el personal a su cargo sin que este último tenga cosas por hacer.
En ese sentido, al gobierno se le piden dos cosas: eficiencia y congruencia. La primera, porque en la medida que se respeten horarios, se homologuen condiciones laborales y se respete el derecho a la vida propia de los servidores públicos, se promoverá un trabajo de calidad, partiendo de que las personas realizan su trabajo con la mejor de sus actitudes. La segunda, porque sólo en la medida que el gobierno presente una actitud modelo se encontrará en la posición para exigir la cooperación de la ciudadanía.
De cualquier forma, ojalá que un día logremos que el gobierno saque las manos de la administración de recursos energéticos como la electricidad. Podría ocurrir como con el servicio de telefonía: independientemente de los cuestionables procesos de compra-venta y lo elevado de las tarifas en comparación con países desarrollados, en un principio muchos se quejaron de que Teléfonos de México pasara a manos privadas, pero el día de hoy nadie cuestiona que al menos el servicio mejoró sustancialmente respecto a la fase de posesión gubernamental. Lo mismo podría pasar con la energía eléctrica.
P.D.: Decidí no tratar el tema de Tabasco porque las imágenes hablan por sí solas. Lo que sí haré es pedirles que se unan a la colecta de víveres y artículos de primera necesidad para los damnificados. Nada sobra. Si cada uno donamos al menos una botella de agua, una lata de atún, una barra de jabón o un paquete de pañales, la contingencia se superará pronto. Recuerden que debemos hacer por otros lo que nos gustaría que hicieran por nosotros - y pidamos a Dios que nunca nos suceda una desgracia como la del sureste mexicano - .
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