viernes, 3 de agosto de 2012

¡Qué atascados!


El pasado fin de semana César, Lety y yo regresábamos del centro comercial cuando la pequeñita se quedó bien dormida en el coche. Para no despertarla decidimos quedarnos en el estacionamiento de la casa. Frente a nosotros estaba uno de esos pobres diablos que desperdician el sábado fingiendo que dan mantenimiento a su auto, en este caso dándole una supuesta ‘lavada a conciencia’ por dentro y por fuera.

(Y lo critico porque no puede ser serio alguien que se pone a lavar un coche a la una de la tarde –hora en que el sol cae a plomo–, con calcetines y chancletas, que tiene el pelo pintado y encima le pone playeras a los asientos…).

El tipo tenía dos cubetas de Coca Cola, rojas, viejas, que dejaban ver el agua con la que hacía –o fingía hacer– sus labores, que debieron ser unos dos litros de agua chocolatosa, ya súper sucia de enjuagar en ella el trapo.

Su otro utensilio era precisamente el pedazo de tela, también cochinísimo, que luego de introducirlo al lodo, digo, agua de la cubeta lo tallaba en la guarnición de la banqueta –desconocemos el propósito o la lógica de esa acción, pues si lo que pretendía era lavarlo lo único que conseguía era agregarle más tierra–.

Después pasaba el mísero trapo por la carrocería del vehículo, luego por algunas esquinas que comparten interior y exterior y repetía lo de la cubeta y la guarnición, así unas dos o tres veces desde que lo observábamos.

Y de repente, en cuanto menos pensamos, el tipo tomó el trapo después de añadirle el lodo de la cubeta, la tierra del suelo y el pulguero de la lámina, y muy horondo se lo pasó por toda la cara, suponemos que ‘para refrescarse’…

Ajt, qué atascado!!...

Y ese mismo fin, al hablar de eso, un cuate nos contó que en el Estadio Luis ‘Pirata’ Fuente, del puerto de Veracruz, pasa un ñor vendiendo congeladas –que en sí mismas ya son un asco, pues no se sabe ni de qué agua las hacen ni qué había en las bolsitas donde vierten el líquido azucarado–. Antes de entregarlas al consumidor, las limpia con un trapo húmedo para quitarles el polvo que se les hubiera pegado. Pero cuál es la sorpresa de la gente cuando un rato más tarde, el mismo trapo va a dar a la sudorosa cabeza y a la frente del individuo.

O cómo dejar a un lado las historias de meseros que mezclan en un mismo vaso lo que van dejando algunas personas al final, ‘para que no se desperdicie’; o los vendedores en la vía pública que con las manos negras de intemperie, suciedad y falta de higiene llenan bolsitas de dulces, pistaches, morelianas o alegrías; o qué decir de los ‘barmen’ que le toman a las bebidas antes de entregarlas para ‘cerciorarse de la calidad de la bebida’… En pocas palabras, por asquerosidades no paramos…

Por todo lo anterior, ¡cuidadito con los atascados, ajt!

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