Sinceramente me había abstenido de escribir
este Tutti Frutti porque aun me niego
a creer lo que le da sustancia –quizá porque la negación sea la actitud
inmediata ante algo que no queremos que suceda–. Sin embargo, también siento la
imperiosa necesidad de contarlo, y es que hace uno o dos meses íbamos las tres
circulando en el auto, cuando el conductor del noticiario radiofónico dijo que
el hermano del escritor Gabriel García Márquez afirmaba que Gabo padece
demencia senil, como ha sido la constante en su familia.
Señalaba que su padecimiento ha derivado en
que no dé más entrevistas porque la memoria le está fallando, que en ocasiones
ya no reconoce a sus interlocutores y que muy probablemente ya no sea capaz de
escribir otro libro.
Ay Gabo, admirado Gabo, ¿será que ya estás en
Macondo, esperando que los Buendía den la vuelta a la esquina para saludarte y
agradecerte la fama infinita que les diste; será que el otoño no sólo le llegó
al patriarca sino también a tu inmensa pluma; o será que te has unido a
escribir las cartas que por encargo redactaba Florentino Ariza antes que el
cólera llegara?
No me digas que nos vas a dejar con las ganas
de conocer la segunda parte de tus memorias –que en la primera, ‘Vivir para contarla’, me encanta el
vestido, sí, vestido, con que sales en una foto de tu más tierna infancia, con
una galleta en la mano–.
Todo esto me hace recordar que en la
primavera de este año estábamos en Perisur cuando vimos pasar a un señor muy
parecido a García Márquez, que iba acompañado de un chofer y una enfermera.
Ante la interrogante de si se trataba o no del escritor colombiano, preferimos
seguir nuestro paso –o probablemente también negamos la posibilidad de que el
personaje al que vimos, con el semblante algo demacrado, acompañado de
empleados en lugar de algún ser querido y en el anonimato absoluto, fuera él–.
Me niego a creer que Gabriel García Márquez
no siga siendo el hombre lúcido que ha legado las magnas letras que le hicieran
acreedor al Premio Nobel de Literatura hace justamente 30 años; me niego a
pensar que esa mente brillante, imaginativa, audaz y desafiante se haya fugado
–o será que la suya estaba destinada a formar parte del realismo mágico de su
obra y que sólo así se explique su partida–.
Hay quienes señalan que esas declaraciones
obedecen a conflictos familiares, pero sea como sea, prefiero pensar en el Gabo
de los libros, imaginarlo escribiendo en alguna casa de San Ángel –donde radica
hace décadas– y saberlo contento y de buen humor como también su hermano afirmó
que se encuentra al día de hoy.
(Y nunca olvidaré la ocasión en que César, mi
mamá y yo lo vimos en la Sala Nezahualcóyotl antes de iniciar un concierto
especial de fiestas patrias, hace unos 5 años: en el palco principal estaban
Juan Ramón de la Fuente, entonces rector de la UNAM, el periodista Jacobo
Zabludovsky y el mismísimo Gabo. Entre semejantes personalidades, el recinto que
es bellísimo y con el Himno Nacional de fondo, con el público de pie, no
pudimos evitar las lágrimas –ni quisimos hacerlo tampoco–).
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