viernes, 10 de agosto de 2012

Gabo se va a Macondo


Sinceramente me había abstenido de escribir este Tutti Frutti porque aun me niego a creer lo que le da sustancia –quizá porque la negación sea la actitud inmediata ante algo que no queremos que suceda–. Sin embargo, también siento la imperiosa necesidad de contarlo, y es que hace uno o dos meses íbamos las tres circulando en el auto, cuando el conductor del noticiario radiofónico dijo que el hermano del escritor Gabriel García Márquez afirmaba que Gabo padece demencia senil, como ha sido la constante en su familia.

Señalaba que su padecimiento ha derivado en que no dé más entrevistas porque la memoria le está fallando, que en ocasiones ya no reconoce a sus interlocutores y que muy probablemente ya no sea capaz de escribir otro libro.

Ay Gabo, admirado Gabo, ¿será que ya estás en Macondo, esperando que los Buendía den la vuelta a la esquina para saludarte y agradecerte la fama infinita que les diste; será que el otoño no sólo le llegó al patriarca sino también a tu inmensa pluma; o será que te has unido a escribir las cartas que por encargo redactaba Florentino Ariza antes que el cólera llegara?

No me digas que nos vas a dejar con las ganas de conocer la segunda parte de tus memorias –que en la primera, ‘Vivir para contarla’, me encanta el vestido, sí, vestido, con que sales en una foto de tu más tierna infancia, con una galleta en la mano–.

Todo esto me hace recordar que en la primavera de este año estábamos en Perisur cuando vimos pasar a un señor muy parecido a García Márquez, que iba acompañado de un chofer y una enfermera. Ante la interrogante de si se trataba o no del escritor colombiano, preferimos seguir nuestro paso –o probablemente también negamos la posibilidad de que el personaje al que vimos, con el semblante algo demacrado, acompañado de empleados en lugar de algún ser querido y en el anonimato absoluto, fuera él–.

Me niego a creer que Gabriel García Márquez no siga siendo el hombre lúcido que ha legado las magnas letras que le hicieran acreedor al Premio Nobel de Literatura hace justamente 30 años; me niego a pensar que esa mente brillante, imaginativa, audaz y desafiante se haya fugado –o será que la suya estaba destinada a formar parte del realismo mágico de su obra y que sólo así se explique su partida–.

Hay quienes señalan que esas declaraciones obedecen a conflictos familiares, pero sea como sea, prefiero pensar en el Gabo de los libros, imaginarlo escribiendo en alguna casa de San Ángel –donde radica hace décadas– y saberlo contento y de buen humor como también su hermano afirmó que se encuentra al día de hoy.

(Y nunca olvidaré la ocasión en que César, mi mamá y yo lo vimos en la Sala Nezahualcóyotl antes de iniciar un concierto especial de fiestas patrias, hace unos 5 años: en el palco principal estaban Juan Ramón de la Fuente, entonces rector de la UNAM, el periodista Jacobo Zabludovsky y el mismísimo Gabo. Entre semejantes personalidades, el recinto que es bellísimo y con el Himno Nacional de fondo, con el público de pie, no pudimos evitar las lágrimas –ni quisimos hacerlo tampoco–).

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