Henos
aquí, cinco días después del 1° de julio, congratulándonos de haber sobrevivido
al proceso electoral; por fin dejamos atrás la propaganda en medios
electrónicos (no así la que está pegada en todos los postes, bardas y paredes
del país y que, al parecer, se caerá hasta que la intemperie haga lo propio),
las declaraciones de los actores involucrados (o al menos las relacionadas con
esa parte del juego político) y tanto derroche absurdo con nuestro dinero
recaudado vía impuestos (que ahí es donde deberían aplicar sus mentadas
consultas ciudadanas para preguntarnos si estamos de acuerdo en que se usen
tantos millones en campañas inútiles).
Y
es que luego de tantos meses (si no es que más, con el Peje haciendo campaña
desde hace doce años, el Engominado hace unos 6 o 7 y la del Planeta de los
Simios que nunca supo a qué hora arrancó, si es que arrancó alguna vez)
soplándonos a los suspirantes, digo aspirantes, a los cargos de elección
popular, ahora al menos existe certeza de quién encabezará el Ejecutivo
federal, de cómo estará compuesto el Congreso y quién nos gobernará a nivel
local de aquí al 2018 (en otras palabras, a quien habremos de padecer los
próximos seis años).
Así
es como llegamos a este punto de nuestra historia nacional para verificar que, parafraseando
a los físicos, la materia política no cambia sino que sólo se transforma. O
cómo justificar el despilfarro en toda clase de artículos propagandísticos; y
no me digan que sólo lo hicieron unos porque en realidad fue práctica común de
todos.
No
hubo partido político que no repartiera toda clase de parafernalia
propagandística, con la diferencia que ahora no sólo lo hacen en zonas
marginadas o rurales, sino que se dirigieron a toda la pirámide socioeconómica.
Así, no faltaron las playeras, bolsas de las denominadas ecológicas,
tortilleros, gorras e incluso hubo quienes ofrecieron fertilizante para los
jardines (de acuerdo al testimonio de mi querido tío Gil). Por eso afirmo que a
ningún partido le interesa cambiar el sistema, sino sólo beneficiarse de él.
Y
hay un fenómeno perverso que no hay que minimizar; por experiencia propia, he
constatado que los beneficiarios de programas sociales están conscientes de que
seguirán recibiendo los apoyos sin importar quién llegue al gobierno dada la
institucionalidad que se ha conseguido. Por lo tanto, si alguien les dice
‘Toma, te doy una tarjeta con mil pesos para que compres lo que quieras en
determinado supermercado, a cambio de que votes por tal candidato’, la gente lo
recibe muy a gusto y obedece, dado que lo mismo les da que esté uno u otro
porque su dinerito seguirá fluyendo.
Habrá
quien diga ‘De qué se extrañan si todos han coaccionado el voto’, lo cual es
muy cierto y debería sancionarse, pero la forma como lo hicieron esta vez los
priístas es vergonzante (y no sólo el hecho de haber repartido los monederos
Soriana, sino la procedencia de esos millones de pesos que, naturalmente, no
requieren comprobación por lo ilícito de la situación).
Uf, qué barbaridad, con
este recuento me estoy percatando de que en realidad esto no se ha terminado
del todo, pues siguen muchos, pero muchos vestigios de tan mediocre contienda
electoral…
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