Recientemente, tratando temas de cooperación con la Unión Europea, una funcionaria belga me contó que lleva 19 años viviendo en nuestro país y que en ese lapso ha visto innumerables cambios, la mayoría para bien, pero que en lo cotidiano extraña ese México tradicional en el que los vendedores ‘del rumbo’ pasaban pregonando sus servicios y recordaba concretamente a los señores que ofrecían hielo. Yo agregué al afilador y al zapatero.
Sin embargo, me sentí afortunada en ese sentido porque en nuestra colonia todavía se escucha al vendedor de helados, al tamalero, el merenguero, el tortillero y el panadero, cada uno con su particular modo de anunciarse.
Respecto a este último justo le dije a César hace dos o tres días que me gusta oír la corneta del señor del pan y saber que se aproxima hacia nuestra ventana, luego asomarme y ver que está ahí la bicicleta con el canasto encima, en el cual conchas, besos, bísquets, panquecitos y chinos esperan que la gente llegue para llevarlos a la calidez de la cena familiar.
Eso sí, el pobre ñor ha padecido un poco durante los últimos meses debido a que abrieron una panificadora en la zona y eso le ha restado clientela, pero para nosotros eso también ha sido muy bueno por lo que implica; esperar el día o la hora para ir todos juntos a seleccionar los panes que comeremos.
Y es que la panadería se ha convertido en una tradición vital para la sociedad mexicana, siendo la ida a la panadería toda una experiencia, un momento de convivencia que reúne a grandes y chicos y que continúa al momento de sentarse a la mesa.
La apertura de El Bollo, que es el lugar del que les hablo, generó gran expectativa; cada paso que daban hacia la inauguración lo celebrábamos, siendo el olor a pan en toda la cuadra el primer indicio de que estaban por abrir.
Cuando eso ocurrió aquello era una romería, todos estábamos ahí dando la bienvenida a la panadería del rumbo –y lo mejor fue la reacción de Lety ante los aromas que salían de los hornos, de las luces del local y los tonos naranja de las paredes: de plano estaba tan contenta que se puso a gritar entre la multitud ‘Uhh, uhh!!’, jajaja, ah, y aunado a ello la degustación de pastel de chocolate de ese día y la de la semana siguiente de distintos pasteles, mmm–.
Lo anterior me recuerda que hoy es Día de Reyes y habrá que darse una vuelta por ahí para elegir una deliciosa rosca y acompañarla con un buen chocolatín: con suerte y sacamos un niño (muñeco, mono o como quieran denominarle, jiji), que siempre trae buenos augurios para el año que empieza!!
(Nota: es increíble cómo en estos días va la gente por la calle con sendas cajas de rosca, desde los más pudientillos que la suben a sus enormes vehículos hasta los de a pie, que con un buen atado de cáñamo hacen maravillas para trasladarla. En ese simple hecho se palpa nuevamente a la panadería como parte tradicional de nuestra cultura).
Sin embargo, me sentí afortunada en ese sentido porque en nuestra colonia todavía se escucha al vendedor de helados, al tamalero, el merenguero, el tortillero y el panadero, cada uno con su particular modo de anunciarse.
Respecto a este último justo le dije a César hace dos o tres días que me gusta oír la corneta del señor del pan y saber que se aproxima hacia nuestra ventana, luego asomarme y ver que está ahí la bicicleta con el canasto encima, en el cual conchas, besos, bísquets, panquecitos y chinos esperan que la gente llegue para llevarlos a la calidez de la cena familiar.
Eso sí, el pobre ñor ha padecido un poco durante los últimos meses debido a que abrieron una panificadora en la zona y eso le ha restado clientela, pero para nosotros eso también ha sido muy bueno por lo que implica; esperar el día o la hora para ir todos juntos a seleccionar los panes que comeremos.
Y es que la panadería se ha convertido en una tradición vital para la sociedad mexicana, siendo la ida a la panadería toda una experiencia, un momento de convivencia que reúne a grandes y chicos y que continúa al momento de sentarse a la mesa.
La apertura de El Bollo, que es el lugar del que les hablo, generó gran expectativa; cada paso que daban hacia la inauguración lo celebrábamos, siendo el olor a pan en toda la cuadra el primer indicio de que estaban por abrir.
Cuando eso ocurrió aquello era una romería, todos estábamos ahí dando la bienvenida a la panadería del rumbo –y lo mejor fue la reacción de Lety ante los aromas que salían de los hornos, de las luces del local y los tonos naranja de las paredes: de plano estaba tan contenta que se puso a gritar entre la multitud ‘Uhh, uhh!!’, jajaja, ah, y aunado a ello la degustación de pastel de chocolate de ese día y la de la semana siguiente de distintos pasteles, mmm–.
Lo anterior me recuerda que hoy es Día de Reyes y habrá que darse una vuelta por ahí para elegir una deliciosa rosca y acompañarla con un buen chocolatín: con suerte y sacamos un niño (muñeco, mono o como quieran denominarle, jiji), que siempre trae buenos augurios para el año que empieza!!
(Nota: es increíble cómo en estos días va la gente por la calle con sendas cajas de rosca, desde los más pudientillos que la suben a sus enormes vehículos hasta los de a pie, que con un buen atado de cáñamo hacen maravillas para trasladarla. En ese simple hecho se palpa nuevamente a la panadería como parte tradicional de nuestra cultura).
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