sábado, 14 de enero de 2012

Honradez, la aguja en el pajar

Unas semanas antes de Navidad, a mi mamá le robaron la cartera en Mega Comercial Mexicana de Gran Sur, extrayéndola de su bolsa de mano que llevaba bajo el brazo –qué tal la habilidad, por no decir maña…–.

Oh tragedia, no sólo porque los infelices ladrones fueron a Superama y gastaron cerca de cinco mil pesos –lo cual se informó inmediatamente al banco–, sino que ahí llevaba un sinnúmero de credenciales: la del Costco, el club, el gimnasio, la tarjeta de circulación, la credencial del IFE, la licencia de conducir permanente, la del IMSS y la del seguro de gastos médicos mayores. Ni modo, a iniciar las reposiciones correspondientes.

Sin embargo, a los pocos días sonó mi celular y preguntaban por mi mamá; dijeron que habían encontrado las identificaciones tiradas en Patio Pedregal luego de hacer arreglos a la estructura eléctrica de esa plaza –donde compraron los ratas– y que si queríamos podíamos recogerlas en las oficinas donde ellos trabajaban.

Primero nos alegramos ante la posibilidad de recuperar todo –aunque ya se había tramitado un 90% de los documentos–, pero luego pensamos que era muy peligroso ir al lugar que dijeron porque quién garantizaba que no eran esos mismos los delincuentes, cómo saber si no era una trampa para secuestrarnos y pedir un rescate…

Y es que no sólo son identificaciones y punto, sino que está la identidad de uno en manos desconocidas, al descubierto, como andar desnudo. Así, ellos saben qué vehículo se tiene, qué lugares se frecuentan, dónde se compra, dónde se habita, qué servicios consume… y al suponer que ‘hay billete’ se expone uno a ser víctima de otros delitos –aunque eso sí, también pensamos que si lo hacían de buena fe también se exponían a que uno fuera con la policía y los culpara–.

Decidimos no ir, aunque ‘el gusanito’ nos quedó latente.

Antes de Año Nuevo, otra vez llamaron para reiterar que tenían las identificaciones y proponían vernos en un OXXO cercano para hacer la entrega. Pero como era en la noche y ante la paranoia obligada les dijimos que si era posible las dejaran con los policías de la caseta, en la entrada del estacionamiento de la casa.

Al comentar el punto en la oficina, un señor que trabaja con César se ofreció a ir acompañado a la dirección indicada (que además se encontraba en una zona de las denominadas ‘bravas’), sondear el terreno y si podía recuperar los documentos.

Todos estábamos nerviosos porque también temimos por la seguridad de esos señores, pero finalmente todo salió bien y esas personas devolvieron todas y cada una de las credenciales que encontraron.

Después de eso agradecimos a Dios que todavía hay gente buena, honrada, que no tiene dobles intenciones en su actuar. Y es que para como están las cosas en estos tiempos valores como esos parecen agujas en un pajar. Pero el hecho de que existan enciende la esperanza de que todo puede mejorar para esta pobre sociedad en la que vivimos.

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