viernes, 27 de enero de 2012

Ay, ay, ay, ay, mi querido capitán...

Qué desastre el que ocurrió hace unos días con el Costa Concordia; a 100 años del hundimiento del Titanic, con tecnología de punta aplicada en todas las comunicaciones y un siglo de diferencia en materia de protección civil, el crucero italiano chocó con una roca y encalló irremediablemente en las aguas del Mediterráneo.

Pero lo que no cambia son la obstinación, la estupidez y la irresponsabilidad del ser humano, porque todo pudo haberse evitado de no ser porque el capitán Francesco Schettino se acercó demasiado a la isla más próxima luego de haber prometido a un amigo que lo haría para saludarlo tocando la corneta desde cubierta.

Obviamente la distancia a la que llegó el barco no era la adecuada, así que se estrelló, se agrietó y el agua empezó a colarse a gran prisa dentro de la gigantesca embarcación.

Los sobrevivientes señalan que en un momento sintieron una fuerte sacudida, y la gente que cenaba en alguno de los comedores –porque para colmo era de noche– escucharon la estrepitosa caída de las vajillas.

El tiempo pasaba y nadie les decía nada, no había ningún mensaje en el que se explicara lo que había pasado, si las cosas iban bien o si habría que desalojar el barco. ¿Por qué? Porque el capitanete Schettino, que supuestamente es el responsable de velar por la seguridad de los pasajeros, ya se había ido a tierra firme, y desde la isla de Giglio llamó a su madre para decirle que no se preocupara, que él estaba bien, consternado al observar cómo se hundía el barc (¿¿¿¿¡¡¡¡!!!!????).

En condiciones ‘civilizadas’, aunque no estuviera la cabeza de la embarcación, el resto del equipo debería estar capacitado para actuar en caso de contingencia. Sin embargo, en videos se ha podido constatar que a los pasajeros que se aprestaron con chalecos salvavidas se les decía ‘No pasa nada, regresen a sus camarotes’, mandando así al matadero a más de uno.

Incluso cuando la autoridad portuaria se comunicó con la tripulación para ver qué sucedía a bordo, luego de haber recibido llamadas de los familiares de pasajeros que sintieron que algo no iba bien en el Concordia, los primeros afirmaban que sólo se trataba de un apagón, que todo estaba bajo control.

El resto de la historia ya es conocida: afortunadamente sobrevivió la gran mayoría de los pasajeros, aunque al día de hoy se cuenta la pérdida de 16 vidas y se sigue trabajando para rescatar algunos cuerpos faltantes y sacar el combustible de la nave para evitar una tragedia ecológica.

Pero lo que de plano parece un chiste es la actitud del mentado Schettino, quien fue detenido cuando se supo todo. Él dice que no huyó de la nave, sino que cayó en un bote salvavidas y ya no pudo regresar –qué tal, y parece que lo dijo en serio!!!!–. Y en su pueblo es un héroe, donde fue recibido entre vítores y abrazos, y hasta el cura estaba por visitarlo en su arresto domiciliario para reiterarle su apoyo. Y hasta la esposa lo defiende ante los medios, afirmando que no es un monstruo, a pesar de que se dijo que esa noche cenaba con una reiniux estona a la que presuntamente también dejó en el barco.

(Cómo se va a defender lo indefendible, cómo se va a decir que fue un valiente y que salvó muchas vidas cuando fue el primero en ‘pelarse’ de la manera más vil y egoísta… no cabe duda que los italianos son el tercer mundo dentro del primero, lo cual corroboramos César y yo cuando estuvimos en aquellos lares…).

Naturalmente los sobrevivientes están por demandar a la compañía italiana Costa que opera los cruceros, y como se estima que a cada pasajero deberán darle alrededor de 150,000 o 190,000 euros –y eran más de 4,000 pasajeros–, Costa está culpando por completo al capitán por el desastre. Pero ellos son los primeros responsables por contratar tipos como Schettino y por no capacitar al personal para actuar en caso de siniestro.

Lo bueno fue que, como en todo, hubo gente solidaria que ayudó a los demás y arriesgó su vida para salvar a otros; para ellos un gran reconocimiento. Pero para el Schettino ese, repudio y menosprecio por su cobardía, habrase visto semejante tipejo…

viernes, 20 de enero de 2012

Me voy

‘No voy a llorar y decir
que no merezco esto, porque
es probable que lo merezco
pero no lo quiero por eso me voy’…


Julieta Venegas.

* * * *

- Por los ninguneos, la indiferencia y los desplantes;

- Porque nunca se tuvo una consideración conmigo, ni cuando lo de Lita ni al nacer la pequeña Lety (eso sí, no le debo nada a nadie y eso siempre es mejor);

- Por las veces que tuve que hacer el trabajo de otros de la misma área por ser los consentidos de la jefa en turno (y encima justificaban la holgazanería de esos personajes diciendo ‘fulano no ha terminado porque es muy meticuloso, así que como tú ya terminaste tu parte ayúdale’);

- Porque a nadie le importó cómo regresaría a casa (y siendo mujer) al salir en una ocasión pasada la media noche, todo ‘por si se ofrecía algo al Subsecretario’;

- Por las faltas de respeto, la ausencia total de profesionalismo y el miedo a tomar las decisiones más básicas (como autorizar vacaciones u otorgar un permiso médico);

- Porque nunca salí a las 18:00 hrs. como indicaba mi contrato (y encima me vieron con recelo cuando hice valer la hora de lactancia que existe por ley);

- Por las tardes en que la pseudo jefa se hizo loca en Reforma para no saludar a la hora de la comida, cuando en la oficina te ‘secuestraba’ hasta 3 o 4 horas seguidas para contarte falsas glorias pasadas, redactar un simple correo electrónico o quejarse del statu quo que le era desfavorable;

- Porque nunca regularon el aire acondicionado (qué heladera de lugar, brrr!! Además de la fauna que habitaba en los ductos. Incluso tengo la impresión de que ahí se podrían encontrar nuevas especies entomológicas, jaja);

- Por la discrecionalidad, el descaro y el nepotismo;

- Porque no les dio la gana cambiarme la computadora como al resto porque estaba de licencia médica por maternidad;

- Por las reuniones en Cancillería en las cuales la misma fulana también tenía amnesia y tampoco saludaba (siendo que uno había hecho todo el trabajo para ese evento);

- Porque cuando me tenían que operar de la vesícula una de las jefas me preguntó ‘¿Es necesario que te operen?’ (no, tonta, lo que pasa es que me encanta que me hagan 5 agujeros en la zona abdominal para luego introducir equipo quirúrgico para que saquen la vesícula por el ombligo…)

Y por un larguíiiiiiisiimo etcétera, ME VOY!!

Y es que como dijera la canción ‘El uno, el dos, el tres’ de Mecano, ‘ese día un día llegará, no será pronto ni tarde’, y la ocasión finalmente ha llegado: después de seis años, ocho meses de trabajar en SEDESOL, parto hacia nuevos horizontes.

Eso sí, no crean que todo fue obscuro como estar en Azkabán (aunque mucho se le asemejaba, con dementores y todo, jaja!!); también hubo buenas caminatas después de comer, aproveché los jugos de Las Palomas (buenos y baratísimos!!), disfruté inmensamente los medios días libres (como el 15 de septiembre), me deleité con las galletas de La Galia que ponían en las salas de juntas cuando venían delegaciones extranjeras (qué buenas galletas, mmm), aproveché el rumbo para comer con César una vez por semana y pasear por el Centro Histórico, me organizaron un baby shower que estuvo concurridísimo e incluso me llegué a sentir como en serie gringa de oficina por la diversidad de personajes, las anécdotas, las entradas y salidas de nuevos elementos y un sinfín de situaciones que le dieron los toques tragicómicos a mi paso por la institución.

Finalmente, he de confesar que me voy con la satisfacción de haber hecho mi trabajo con el mayor profesionalismo y eficiencia, que siempre agradeceré a Dios la oportunidad de haber estado ahí y que ha sido un honor contribuir, con el granito de arena que me tocó, a mejorar el nivel de vida de la población en nuestro país.

* * * *

‘Qué lástima pero adiós
me despido de ti y me voy’.


Julieta Venegas.

sábado, 14 de enero de 2012

Honradez, la aguja en el pajar

Unas semanas antes de Navidad, a mi mamá le robaron la cartera en Mega Comercial Mexicana de Gran Sur, extrayéndola de su bolsa de mano que llevaba bajo el brazo –qué tal la habilidad, por no decir maña…–.

Oh tragedia, no sólo porque los infelices ladrones fueron a Superama y gastaron cerca de cinco mil pesos –lo cual se informó inmediatamente al banco–, sino que ahí llevaba un sinnúmero de credenciales: la del Costco, el club, el gimnasio, la tarjeta de circulación, la credencial del IFE, la licencia de conducir permanente, la del IMSS y la del seguro de gastos médicos mayores. Ni modo, a iniciar las reposiciones correspondientes.

Sin embargo, a los pocos días sonó mi celular y preguntaban por mi mamá; dijeron que habían encontrado las identificaciones tiradas en Patio Pedregal luego de hacer arreglos a la estructura eléctrica de esa plaza –donde compraron los ratas– y que si queríamos podíamos recogerlas en las oficinas donde ellos trabajaban.

Primero nos alegramos ante la posibilidad de recuperar todo –aunque ya se había tramitado un 90% de los documentos–, pero luego pensamos que era muy peligroso ir al lugar que dijeron porque quién garantizaba que no eran esos mismos los delincuentes, cómo saber si no era una trampa para secuestrarnos y pedir un rescate…

Y es que no sólo son identificaciones y punto, sino que está la identidad de uno en manos desconocidas, al descubierto, como andar desnudo. Así, ellos saben qué vehículo se tiene, qué lugares se frecuentan, dónde se compra, dónde se habita, qué servicios consume… y al suponer que ‘hay billete’ se expone uno a ser víctima de otros delitos –aunque eso sí, también pensamos que si lo hacían de buena fe también se exponían a que uno fuera con la policía y los culpara–.

Decidimos no ir, aunque ‘el gusanito’ nos quedó latente.

Antes de Año Nuevo, otra vez llamaron para reiterar que tenían las identificaciones y proponían vernos en un OXXO cercano para hacer la entrega. Pero como era en la noche y ante la paranoia obligada les dijimos que si era posible las dejaran con los policías de la caseta, en la entrada del estacionamiento de la casa.

Al comentar el punto en la oficina, un señor que trabaja con César se ofreció a ir acompañado a la dirección indicada (que además se encontraba en una zona de las denominadas ‘bravas’), sondear el terreno y si podía recuperar los documentos.

Todos estábamos nerviosos porque también temimos por la seguridad de esos señores, pero finalmente todo salió bien y esas personas devolvieron todas y cada una de las credenciales que encontraron.

Después de eso agradecimos a Dios que todavía hay gente buena, honrada, que no tiene dobles intenciones en su actuar. Y es que para como están las cosas en estos tiempos valores como esos parecen agujas en un pajar. Pero el hecho de que existan enciende la esperanza de que todo puede mejorar para esta pobre sociedad en la que vivimos.

viernes, 6 de enero de 2012

La panadería, gran tradición mexicana

Recientemente, tratando temas de cooperación con la Unión Europea, una funcionaria belga me contó que lleva 19 años viviendo en nuestro país y que en ese lapso ha visto innumerables cambios, la mayoría para bien, pero que en lo cotidiano extraña ese México tradicional en el que los vendedores ‘del rumbo’ pasaban pregonando sus servicios y recordaba concretamente a los señores que ofrecían hielo. Yo agregué al afilador y al zapatero.

Sin embargo, me sentí afortunada en ese sentido porque en nuestra colonia todavía se escucha al vendedor de helados, al tamalero, el merenguero, el tortillero y el panadero, cada uno con su particular modo de anunciarse.

Respecto a este último justo le dije a César hace dos o tres días que me gusta oír la corneta del señor del pan y saber que se aproxima hacia nuestra ventana, luego asomarme y ver que está ahí la bicicleta con el canasto encima, en el cual conchas, besos, bísquets, panquecitos y chinos esperan que la gente llegue para llevarlos a la calidez de la cena familiar.

Eso sí, el pobre ñor ha padecido un poco durante los últimos meses debido a que abrieron una panificadora en la zona y eso le ha restado clientela, pero para nosotros eso también ha sido muy bueno por lo que implica; esperar el día o la hora para ir todos juntos a seleccionar los panes que comeremos.

Y es que la panadería se ha convertido en una tradición vital para la sociedad mexicana, siendo la ida a la panadería toda una experiencia, un momento de convivencia que reúne a grandes y chicos y que continúa al momento de sentarse a la mesa.

La apertura de El Bollo, que es el lugar del que les hablo, generó gran expectativa; cada paso que daban hacia la inauguración lo celebrábamos, siendo el olor a pan en toda la cuadra el primer indicio de que estaban por abrir.

Cuando eso ocurrió aquello era una romería, todos estábamos ahí dando la bienvenida a la panadería del rumbo –y lo mejor fue la reacción de Lety ante los aromas que salían de los hornos, de las luces del local y los tonos naranja de las paredes: de plano estaba tan contenta que se puso a gritar entre la multitud ‘Uhh, uhh!!’, jajaja, ah, y aunado a ello la degustación de pastel de chocolate de ese día y la de la semana siguiente de distintos pasteles, mmm–.

Lo anterior me recuerda que hoy es Día de Reyes y habrá que darse una vuelta por ahí para elegir una deliciosa rosca y acompañarla con un buen chocolatín: con suerte y sacamos un niño (muñeco, mono o como quieran denominarle, jiji), que siempre trae buenos augurios para el año que empieza!!

(Nota: es increíble cómo en estos días va la gente por la calle con sendas cajas de rosca, desde los más pudientillos que la suben a sus enormes vehículos hasta los de a pie, que con un buen atado de cáñamo hacen maravillas para trasladarla. En ese simple hecho se palpa nuevamente a la panadería como parte tradicional de nuestra cultura).