viernes, 9 de septiembre de 2011

¿Qué estábamos haciendo hace 10 años?

Era una mañana normal de martes, en la que Lita, mi mamá y yo desayunábamos en casa mientras oíamos las noticias en radio. De repente, Gutiérrez Vivó dijo ‘Parece que hay un incendio en una de las Torres Gemelas’. Como entonces el programa ‘Monitor de la Mañana’ también se transmitía en televisión, fuimos a la recámara a ver qué pasaba en Nueva York, y con mayor razón luego de que hacía tres meses que habíamos estado ahí.

Las imágenes estáticas, sin el más mínimo parpadeo de las cámaras, mostraban humo saliendo de la parte alta de uno de los rascacielos. La narración del periodista hablaba de un accidente o de la posibilidad de una bomba, daban el antecedente de los atentados en Oklahoma en 1995 y en dos embajadas estadounidenses en África en 1998, y se hacía hincapié en la gravedad implícita en un ataque al corazón del comercio mundial.

De repente se registró un movimiento: se trataba del sobrevuelo de un avión cerca de las Torres Gemelas. Seguro a nadie nos pareció extraño dado que la toma de las cámaras se dirigía a las alturas y no se veía el nivel de calle, sino únicamente el cielo. Lo que sí fue bizarro fue que todos vimos pasar el avión cerca de los edificios, pero nunca lo vimos salir para reaparecer en el espectro visual.

Inesperadamente se generó un estallido. Hubo fuego y mil pedazos volaron por los aires. ¿Qué habría pasado, acaso una nueva explosión en el WTC neoyorkino producto del agravamiento de la primera? Confusión, mucha confusión en todo eso…

Conforme pasaron los minutos se fueron atando algunos cabos y se hizo evidente que el avión nunca se vio pasar al otro lado de la pantalla porque se fue a estrellar a la otra torre y lo que explotó no fue otro piso de ésta sino el avión y el edificio ante el impacto.


Minutos más tarde, los dos colosos de más de 100 pisos se desplomaban irremediablemente sobre Manhattan, dejando a su paso una enorme nube de polvo, vidrios, angustia y desolación, mostrando la fragilidad del ser humano y su mundo.

Ahora las cosas parecían un poco más claras: se trataba de un atentado premeditado, sin precedentes, en el cual se utilizó un avión comercial como arma. De esa forma, en todo el orbe presenciamos en vivo y en directo, en el más real de los tiempos, el atentado más cruento y espeluznantemente genial de la era global, marcando el inicio de lo que sería la paranoia terrorista del siglo XXI.

El día se llenó de sensaciones contradictorias, como si pasara y no pasara a la vez. Así, César y yo nos vimos en la parada del camión escolar como todos los días, comentamos lo sucedido y no encontrábamos una explicación lógica. Llegando a la escuela, el ambiente era de tristeza y desconcierto: ¿cómo es posible que el ser humano sea capaz de dirigir su ingenio a cosas tan perversas, por qué tanto odio, por qué no canalizar esa energía en algo positivo?

En las aulas lo mismo, al grado que el profe en turno se declaró incapaz de dar clase en un ambiente como el que imperaba, y nos limitamos –si a todo eso se puede calificar de limitado– a hablar de lo sucedido. El resto de la historia, al menos en la parte que va, ya la conocemos…

Y a diez años de ese día, el terrorismo sigue azotando a la humanidad. Tal vez no en hechos, pero sí en el acoso psicológico que dejó sembrado aquel 11 de septiembre (y qué me dicen de la situación actual de nuestro pobre México: luego del incendio en el Casino Royale de Monterrey, de los narcobloqueos y otros absurdos, aquí, parece que el asunto apenas comienza…).

No hay comentarios: