viernes, 23 de septiembre de 2011

Dependencia médica

Mañana será un día memorable: la pequeña Lety comenzará a comer fruta, además de la leche que ha venido tomando desde que nació. Escogimos la pera para iniciar por ser ligera y de suave sabor. Posteriormente vendrán la manzana, el plátano, el durazno y la papaya antes de la siguiente cita con el pediatra, en la que nos indicará el nuevo menú que incluirá verduras.

Al momento de planear las comidas diarias y centrarse en la dinámica de los sólidos surgieron varias preguntas: ¿qué cantidad se le da en cada comida, cuánta fruta se requiere para hacer una papilla, qué pasa si le da hambre entre comidas, la fruta va cruda o cocida?...

Como sucedió alguna vez le escribí por correo electrónico al pediatra, método que se me hace bastante bueno para comunicarse con un médico porque no ‘enchincha’ uno por teléfono ni utiliza el celular sino sólo para una emergencia, pero al mismo tiempo no se queda con las dudas.

Sin embargo, en esto de las papillas, como dijera la canción del barquito ‘pasaron una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete semanas’ –que en nuestro caso no fue más que una sola–, pero nada que el doctor contestaba. Le volví a enviar el correo pasados 8 días, pero en vista que seguía pasando el tiempo y no tenía respuesta, de plano tuve que llamarle al consultorio.

El problema ahí fue la dictadora del teléfono, su secretaria, que parece que su consigna es evitar a toda costa que uno hable con el médico; ‘el doctor no ha llegado y ya tiene pacientes esperándolo, llame después’, ‘a qué hora lo encuentro disponible, ‘dentro de X tiempo’, llama uno a la hora indicada y ‘ya no está, se acaba de ir’.

Día siguiente. Después de mucho pensarlo me animé a volver a llamar, ‘buenos días, quisiera hablar con el doctor’, ‘está en consulta, hable más tarde’, ‘a qué hora recomienda que vuelva a llamar’, ‘en media hora’, hablo en ese plazo y ‘no, el doctor llegó tarde y tiene otros tres pacientes esperándolo. Llame más tarde’, ‘es que no quiero que se vaya antes de hablar con él. A qué hora hablo’, ‘en otra media hora’.

Y después de dos llamadas desistí –eso sí, que ni crea la tipa esa que se va a ir invicta, porque la próxima vez que veamos al doctor la voy a reportar, ¿qué tal si fuera una emergencia?–, pero no por la actitud de la fulana (de perro de cochera) ni por el doctor (que no sé para qué da su dirección electrónica a los pacientes cuando no está dispuesto a responder… o tal vez por eso lo hace, jaja, para quitárselos de encima), sino porque caí en cuenta de una cosa: el sentido común y el instinto maternal dan respuesta práctica a buena parte de las preguntas que teníamos.

Por ejemplo, ¿qué cantidad comerá? Lety dará la pauta al indicar que ya está satisfecha; ¿cuánta fruta se requiere por papilla? Será de acuerdo a la cantidad que coma; ¿fruta cruda o cocida? Dependerá del tipo de fruta.

Y es que pensé que la historia ha estado llena de mamás y no ha habido necesidad de depender enteramente de lo que diga el doctor para seguir adelante: simplemente se va adquiriendo conocimiento sobre la marcha y ya está, sin tanto agobio.

(Eso sí, como no encontré respuesta a la pregunta de qué hacer si a Lety le da hambre entre comidas, tuve que llamar una tercera vez al consultorio; naturalmente el doctor acababa de irse, pero al menos me dijeron que él estaba al tanto de mis llamadas y que le hablara al celular porque no había podido esperarse en el hospital, jaja).

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