Como cada año, la Muestra Internacional de Cine hizo su aparición en noviembre, para beneplácito de cinéfilos como yo. En esta ocasión abrió con ‘Los olvidados’, celebérrimo filme de nuestro acervo nacional, dirigido por Luis Buñuel hace 60 años y reconocido por la UNESCO como Memoria del Mundo.
Este último es un programa que pretende salvaguardar, mantener vivo y poner al alcance de todos el patrimonio documental que refleja la diversidad cultural, ya sea mediante películas, audiovisuales, libros o archivos, entre otros.
‘Los olvidados’ ingresó a Memoria del Mundo en 2003 y es considerada la producción en español más importante que refleja la forma de vida de niños y jóvenes en las grandes ciudades contemporáneas, de una manera realista y en ocasiones cruda.
En su momento se temió la censura, dado el carácter conservador de la sociedad mexicana. Por eso se grabaron dos finales: el oficial y el alternativo, siendo este descubierto después de 50 años en la Filmoteca de la UNAM.
El único ‘negrito en el arroz’ es que los mafiosos de Televisa son los dueños de los derechos de la película, incluyendo los negativos originales de celulosa, como si realmente lo valoraran… (y va otro ejemplo a colación: los televisos convencieron al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo de cederles su obra para crearle un museo y mejor extinguieron el Centro Cultural de Arte Contemporáneo –que era excelente, lo único bueno que llegó a tener esa empresa–, murió el maestro con más de 100 años de edad y siguen pasando las décadas y el recinto seguirá brillando por su ausencia).
Y luego del breviario cultural, volviendo a la Muestra, tuvimos oportunidad de asistir a esa sexagésima conmemoración el pasado miércoles en el Auditorio Nacional y no cabe duda que la película es una verdadera joya, un collage de imágenes que estruja y al mismo tiempo embelesa: los diálogos con el cantar de las clases populares de mediados del siglo XX mexicano, las viviendas lacerantes donde todo está amontonado y sucio, los perros callejeros, los personajes siempre vigentes…
Adicionalmente no podía faltar el elemento surrealista de Buñuel, con la presencia constante de gallinas a lo largo del filme (bueno, recordemos que el mismo André Breton dijo que México es un país surrealista, y cómo no, yo coincido con esa afirmación).
Ahí pudimos ver los dos finales: el primero, devastador, fortísimo, en medio de la desolación y el vacío (del que no doy más detalles porque qué ingratos son los que cuentan la escena final de una peli que uno no ha visto…), y el segundo, con un toque de esperanza y buena voluntad que termina en un suspiro.
Que es cruda, sí; que su contenido es tremendo, también. Sin embargo, es toda una obra maestra, una película altamente recomendable, tanto por su valor fílmico como por su valor sociológico.
Este último es un programa que pretende salvaguardar, mantener vivo y poner al alcance de todos el patrimonio documental que refleja la diversidad cultural, ya sea mediante películas, audiovisuales, libros o archivos, entre otros.
‘Los olvidados’ ingresó a Memoria del Mundo en 2003 y es considerada la producción en español más importante que refleja la forma de vida de niños y jóvenes en las grandes ciudades contemporáneas, de una manera realista y en ocasiones cruda.
En su momento se temió la censura, dado el carácter conservador de la sociedad mexicana. Por eso se grabaron dos finales: el oficial y el alternativo, siendo este descubierto después de 50 años en la Filmoteca de la UNAM.
El único ‘negrito en el arroz’ es que los mafiosos de Televisa son los dueños de los derechos de la película, incluyendo los negativos originales de celulosa, como si realmente lo valoraran… (y va otro ejemplo a colación: los televisos convencieron al fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo de cederles su obra para crearle un museo y mejor extinguieron el Centro Cultural de Arte Contemporáneo –que era excelente, lo único bueno que llegó a tener esa empresa–, murió el maestro con más de 100 años de edad y siguen pasando las décadas y el recinto seguirá brillando por su ausencia).
Y luego del breviario cultural, volviendo a la Muestra, tuvimos oportunidad de asistir a esa sexagésima conmemoración el pasado miércoles en el Auditorio Nacional y no cabe duda que la película es una verdadera joya, un collage de imágenes que estruja y al mismo tiempo embelesa: los diálogos con el cantar de las clases populares de mediados del siglo XX mexicano, las viviendas lacerantes donde todo está amontonado y sucio, los perros callejeros, los personajes siempre vigentes…
Adicionalmente no podía faltar el elemento surrealista de Buñuel, con la presencia constante de gallinas a lo largo del filme (bueno, recordemos que el mismo André Breton dijo que México es un país surrealista, y cómo no, yo coincido con esa afirmación).
Ahí pudimos ver los dos finales: el primero, devastador, fortísimo, en medio de la desolación y el vacío (del que no doy más detalles porque qué ingratos son los que cuentan la escena final de una peli que uno no ha visto…), y el segundo, con un toque de esperanza y buena voluntad que termina en un suspiro.
Que es cruda, sí; que su contenido es tremendo, también. Sin embargo, es toda una obra maestra, una película altamente recomendable, tanto por su valor fílmico como por su valor sociológico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario