El mundo entero sigue celebrando el rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en un refugio subterráneo desde hacía más de dos meses. Fue increíble ver en vivo y en directo, a través de la televisión, cómo uno a uno iban emergiendo esos hombres que prácticamente estaban sepultados en vida.
Qué incertidumbre la que debieron tener, qué horas más largas las que transcurrían al interior de la mina, qué desesperante no ver la luz del día por tanto tiempo. Pero afortunadamente el gobierno de ese país y la cooperación internacional en materia tecnológica –especialmente la Agencia Estadounidense del Espacio y la Aeronáutica, la NASA– hicieron posible la proeza de rescatarlos vivos.
(Lo que sí es bastante criticable es que más de uno quiera ‘sacar raja’ de la situación: que si escribirán un libro, que si filmarán la peli, que si no sé quién les abrió una cuenta de ahorros… y el típico caudal de oportunismo que surge por igual de las desgracias que de las situaciones milagrosas).
En México se empezó a comparar el caso con la tragedia de Pasta de Conchos, Coahuila, donde 65 mineros quedaron sepultados luego de una explosión hace apenas unos años. Sin embargo, no son hechos comparables por varias razones, siendo la más importante que la mina de Chile era de cobre, un material que no corre los riesgos del carbón, que era lo que había en los túneles coahuilenses.
La presencia de carbón convierte una mina en un auténtico polvorín por el gas metano que genera, situación que impide tomar medidas preventivas como la de crear un refugio para utilizarse ante una emergencia; si hay una chispa, todo estalla y punto.
En estos días decían: ¿por qué en México ni siquiera hicieron el intento de sacar a los mineros? Sencillo: porque desde el principio verificaron que no había oxígeno al interior de la mina y sin él no hay posibilidades de encontrar vida. Y si se trataba ya de cuerpos, seguramente estaban calcinados, irreconocibles, y por devastador que fuera para las familias de los deudos no había que arriesgar la vida de otros tantos, como rescatistas y expertos en minas, ante otra eventual explosión.
Es duro, sí, pero lo cierto es que a pesar de que pudieron haber malas condiciones laborales –que esas mismas se denunciaron también en la mina de Chile– o que pudo haber negligencia de alguna índole por parte de los administradores de Pasta de Conchos, las minas de carbón son una especie de ‘ruleta rusa’ donde los que entran no tienen las seguridades de otras profesiones.
(Lo que sí es un hecho es que en México, ante una situación idéntica a la de la mina chilena, se hubiera armado un falso debate en el que se cuestionarían tonterías como ‘no debemos aceptar ayuda de nadie porque eso implicaría injerencia en nuestros asuntos internos, respeto a nuestra soberanía!!’… Y en lo que terminaran sus discusiones quién sabe qué habría pasado con los mineros.)
Qué incertidumbre la que debieron tener, qué horas más largas las que transcurrían al interior de la mina, qué desesperante no ver la luz del día por tanto tiempo. Pero afortunadamente el gobierno de ese país y la cooperación internacional en materia tecnológica –especialmente la Agencia Estadounidense del Espacio y la Aeronáutica, la NASA– hicieron posible la proeza de rescatarlos vivos.
(Lo que sí es bastante criticable es que más de uno quiera ‘sacar raja’ de la situación: que si escribirán un libro, que si filmarán la peli, que si no sé quién les abrió una cuenta de ahorros… y el típico caudal de oportunismo que surge por igual de las desgracias que de las situaciones milagrosas).
En México se empezó a comparar el caso con la tragedia de Pasta de Conchos, Coahuila, donde 65 mineros quedaron sepultados luego de una explosión hace apenas unos años. Sin embargo, no son hechos comparables por varias razones, siendo la más importante que la mina de Chile era de cobre, un material que no corre los riesgos del carbón, que era lo que había en los túneles coahuilenses.
La presencia de carbón convierte una mina en un auténtico polvorín por el gas metano que genera, situación que impide tomar medidas preventivas como la de crear un refugio para utilizarse ante una emergencia; si hay una chispa, todo estalla y punto.
En estos días decían: ¿por qué en México ni siquiera hicieron el intento de sacar a los mineros? Sencillo: porque desde el principio verificaron que no había oxígeno al interior de la mina y sin él no hay posibilidades de encontrar vida. Y si se trataba ya de cuerpos, seguramente estaban calcinados, irreconocibles, y por devastador que fuera para las familias de los deudos no había que arriesgar la vida de otros tantos, como rescatistas y expertos en minas, ante otra eventual explosión.
Es duro, sí, pero lo cierto es que a pesar de que pudieron haber malas condiciones laborales –que esas mismas se denunciaron también en la mina de Chile– o que pudo haber negligencia de alguna índole por parte de los administradores de Pasta de Conchos, las minas de carbón son una especie de ‘ruleta rusa’ donde los que entran no tienen las seguridades de otras profesiones.
(Lo que sí es un hecho es que en México, ante una situación idéntica a la de la mina chilena, se hubiera armado un falso debate en el que se cuestionarían tonterías como ‘no debemos aceptar ayuda de nadie porque eso implicaría injerencia en nuestros asuntos internos, respeto a nuestra soberanía!!’… Y en lo que terminaran sus discusiones quién sabe qué habría pasado con los mineros.)
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