viernes, 4 de junio de 2010

Variantes de ‘glamour ‘

Como parte de los festejos del 10 de mayo, mi mamá, César y yo fuimos al concierto de la Orquesta Filarmónica de la UNAM – mejor conocida como OFUNAM – en el Auditorio Nacional, en el cual se interpretó música de las décadas de los setenta y ochenta.

La ocasión presentó algunos detalles particulares respecto a otros eventos en el mismo foro: primeramente en las inmediaciones no había un solo artículo promocional del concierto, a diferencia de cualquier otro concierto en el que es posible adquirir playeras, tazas, fotos, sudaderas, plumas y toda clase de chuchulucos inútiles para el recuerdo.

Ya en la explanada principal, los músicos – entre ellos quien fuera mi profesor de cello, el búlgaro Valentin Mirkov – paseaban entre los espectadores antes del concierto, platicando entre ellos y tomando café con el oboe, la viola o el clarinete al hombro (imagínense a The Edge de U2, con guitarra y todo, o a Paul McCartney haciendo lo mismo; no salen vivos entre los fans, jaja).

Adentro, el escenario sobrio, con una línea de flores naturales muy estética, similar a los arreglos que ponen en la Sala Nezahualcóyotl, y al fondo una pantalla blanca donde se proyectaban luces de colores, dándole un toque de espectáculo pop.

Y el concierto en sí, que estuvo buenísimo, fue una mezcla de la magia de los instrumentos clásicos con acordes contemporáneos. El repertorio incluyó Even the nights are better, de Air Supply; All night long, de Lionel Richie; You should be dancing, de Bee Gees; Beds are burning, de Midnight Oil; y Gloria, de Laura Branigan, entre muchas otras que fueron interpretadas a lo largo de dos horas que se fueron como agua.

Ahí viene otro detalle bizarro, pues como bien dijo César, los concertistas fueron como ‘estrellas de rock por una noche’; en lugar de ser recibidos por un máximo de 2,300 personas muy formales en el Centro Cultural Universitario, ahí éramos más de 7,000 almas ovacionándolos con aplausos incansables, silbidos, gritería y en ocasiones todos de pie, bailando y cantando.

Lo anterior sin dejar a un lado el ceremonial de un conjunto sinfónico, en el que el primer violín da la nota para que todos los músicos comprueben la afinación de sus instrumentos, posteriormente entra el director y la música fluye de manera natural.

Eso sí, en esa ocasión los alientos estaban desatados haciendo la ola y bailando en sus lugares, los contrabajos daban medio giro en su propio eje, el coro hacía coreografías de los años en cuestión y el director lució un brillante saco setentero. Incluso dijo emocionado al micrófono ‘Esto está tremendo’.

Los arreglos buenísimos, la voz de Elizabeth Meza una verdadera joya que ahí descubrimos – no así la de María del Sol, que está muy venida a menos… –, la selección musical de verdaderos conocedores y todo lo disfrutamos a pedir de boca.

En pocas palabras, en el Auditorio fuimos testigos de algo atípico, tanto para los estándares del consumo masivo como para la sobriedad de una sala de conciertos que acoge a una orquesta, pero presentando una variante de glamour muy interesante!!

1 comentario:

ari dijo...

Que padre experiencia Lety, no sabía que tocas cello!!...