viernes, 11 de junio de 2010

Colapso fronterizo

Qué indignantes han sido los acontecimientos ocurridos a últimas fechas en la frontera con Estados Unidos. Por una parte, la violencia infringida a uno de nuestros connacionales, hasta la muerte, por policías estadounidenses; por otra, el asesinato de un niño mexicano de 14 años a manos de la patrulla fronteriza.

En el primer caso, los miserables delincuentes de uniforme seguramente no esperaban que una persona filmara lo ocurrido y esta semana se difundió en la red un testimonio, tremendo en verdad, en el que los desgarradores gritos de la víctima de 32 años suplicando ayuda le erizan la piel a cualquiera.

El video fue tomado con un celular por un ciudadano estadounidense de origen mexicano, que por su estatus legal pudo mostrar la evidencia de los abusos. Eso trae a la memoria lo ocurrido en Los Angeles en 1992, cuando salió a la luz la golpiza propinada por un grupo de policías blancos a Rodney King, un hombre de raza negra.

La diferencia es que King era estadounidense y no estaba indocumentado, así que podía ser más fácil exigir. Pero con o sin papeles nadie tiene derecho a extralimitarse de esa manera y menos si el mexicano ni siquiera había puesto resistencia – se sabe porque el testigo del celular lo vio esposado en todo momento y porque estaba rodeado de una veintena de uniformados, así que era poco probable que se hubiera puesto violento en tales condiciones –.

Muchos piensan, ¿por qué quienes pasaban por ahí no hicieron algo para poner fin a la situación, por qué nadie levantaba la voz, por qué quienes cruzaban el puente fronterizo guardaban silencio? Sinceramente no los culpo, pues si de por sí entrometerse en cualquier ‘pleito callejero’ puede implicar un problema, es peor si se trata de policías enardecidos cazando mexicanos ilegales.

Da rabia saberlos pateándolo en las costillas y sometiéndolo en el piso; da rabia pensar en que lo atacaron sin piedad con pistolas que descargan choques eléctricos; da rabia la impotencia del pobre hombre para defenderse ante quienes se ostentan como autoridad y utilizan el cargo para sofocar su racismo mediante la opresión.

En la segunda tragedia, la trama parece aun más complicada, pues hasta donde va la cosa parece que un policía disparó desde territorio estadounidense a niños del lado mexicano, acabando con la vida de uno de ellos.

Los muy infelices argumentan que los niños se encontraban en la parte gringa de la frontera y que estaban lanzándoles piedras; lo cierto es que estuvieran donde estuvieran y aunque lo de las pedradas fuera cierto – que según testigos eso ocurrió luego de la agresión del policía –, nadie tiene derecho a disparar por disparar, y menos si se trata de niños, y peor si están indefensos.

La agresión contra esos jóvenes fue insultante, inaceptable, un hecho que no puede pasar por alto y menos con decenas de personas que fungieron como testigos. Bien dice César que México debería poner militares en la franja fronteriza en reciprocidad a la intimidatoria presencia de la patrulla fronteriza.

Yo me pregunto, ¿qué tienen esos miserables en la mente para cometer esas atrocidades, de qué material están hechos para ir por la vida cobrándole a los demás sus propios complejos e inseguridades, en qué clase de monstruos se han transformado quienes supuestamente tienen la función de guardar el orden y garantizar la seguridad de las personas?...

Pero a todo esto, ¿qué dice el gobierno mexicano? A ciencia cierta nadie sabe: Calderón y la Canciller están disfrutando de la inauguración del Mundial de Sudáfrica en pleno estadio, y en el medio diplomático a todos les da tanto miedo el tema estadounidense que nadie se atreve a pronunciarse en sentido alguno.

Basta de tener una política exterior mediocre y servil y vamos exigiendo respeto a los vecinos del norte, pues en la medida que se pasen por alto abusos policiales como esos, leyes como la de Arizona parecerán de risa.

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