Siempre se ha dicho que hay que tener cuidado con las letras chiquitas de cualquier contrato. Ahora, esa recomendación debe aplicarse también a cualquier consumo, pues tanto en los impresos como en la vida real, la publicidad engañosa está de moda – como esos anuncios que hace poco vendían ‘Fin de Año en Nueva York por 700 dólares’ y en letras minúsculas, casi del color de fondo del aviso, decía entre paréntesis ‘600 dólares de impuestos’, o sea, casi más caro el caldo que las albóndigas –.
Recientemente, César y yo fuimos a comer a un Mc.Donalds cercano a mi oficina, aprovechando que había una promoción denominada ‘McTrío del día por 35 pesos’ y que justo esa ocasión tocaba Big Mac.
Hicimos la fila, llegamos a la caja y pedimos los dos paquetes. El tipillo, como es costumbre, preguntó ‘¿los mc tríos grandes?’, a lo cual respondimos con una negativa porque sabemos que eso significa un litro de refresco y unas mega papísimas, además de un cargo adicional que no es mencionado por el cajero.
Al pasar a las bebidas nos dijo ‘¿Coca Cola está bien?’, y nosotros le preguntamos si se podía cambiar el refresco por agua embotellada y respondió que sí, así que procedimos a pagar y recibir la charola con el pedido. Cuál va siendo nuestra sorpresa cuando da la cantidad, ‘son ochenta y cuatro pesos’; las cuentas no salían porque si el combo del día era de 35 pesos y pedimos dos, no podían ser más de 70 pesos.
Hicimos el señalamiento y fulanín, hasta entonces, aclaró ‘es la diferencia por cambiar el refresco por agua’. Pero eso no lo dice cuando le preguntas si se puede o no el cambio y su obligación sería hacerlo.
Sin pena alguna le pedimos cancelara las aguas y que nos diera los refrescos: llegó la supervisora, de mala gana nos hizo llenar un formato para hacer la devolución correcta del cambio y obviamente no les dimos un peso más de lo que pensábamos gastar en eso.
Y ahí les va otra: una ñora de la oficina fue con una amiga a Starbucks por un café de media mañana en día nublado. El cajero, aprovechando la coyuntura, después de tomar nota que la clientela pedía dos capuchinos, les preguntó ‘¿Lo quieren un poco más cargado para el frío?’, a lo que respondieron ‘Bueno, sí’, y una vez más ofreció ‘¿Lo quieren con canela?’, y las ñoras, pensando ‘qué amable es el fulanito’ volvieron a decir que sí.
El ramalazo vino a la hora de pagar: ‘Son noventa pesos’… Quéee, por dos cafesuchos noventa pesos???!!! Y como la ñora no se atrevió a decir ‘Sabes qué, no sabía del costo adicional así que anula el pedido, volvemos a los capuchinos normales’, terminó pagando los noventa pesos (porque, para su mayor coraje, ella se había ofrecido a invitar…).
No tenemos que comprar lo que los cajeros, vendedores o vivales quieran: es dinero y gusto de uno, así que no nos dé pena, y, en un caso de ‘letras chiquitas’, más vale un ‘no gracias’ a tiempo que un arrepentimiento de todo el día (o de varios días).
Recientemente, César y yo fuimos a comer a un Mc.Donalds cercano a mi oficina, aprovechando que había una promoción denominada ‘McTrío del día por 35 pesos’ y que justo esa ocasión tocaba Big Mac.
Hicimos la fila, llegamos a la caja y pedimos los dos paquetes. El tipillo, como es costumbre, preguntó ‘¿los mc tríos grandes?’, a lo cual respondimos con una negativa porque sabemos que eso significa un litro de refresco y unas mega papísimas, además de un cargo adicional que no es mencionado por el cajero.
Al pasar a las bebidas nos dijo ‘¿Coca Cola está bien?’, y nosotros le preguntamos si se podía cambiar el refresco por agua embotellada y respondió que sí, así que procedimos a pagar y recibir la charola con el pedido. Cuál va siendo nuestra sorpresa cuando da la cantidad, ‘son ochenta y cuatro pesos’; las cuentas no salían porque si el combo del día era de 35 pesos y pedimos dos, no podían ser más de 70 pesos.
Hicimos el señalamiento y fulanín, hasta entonces, aclaró ‘es la diferencia por cambiar el refresco por agua’. Pero eso no lo dice cuando le preguntas si se puede o no el cambio y su obligación sería hacerlo.
Sin pena alguna le pedimos cancelara las aguas y que nos diera los refrescos: llegó la supervisora, de mala gana nos hizo llenar un formato para hacer la devolución correcta del cambio y obviamente no les dimos un peso más de lo que pensábamos gastar en eso.
Y ahí les va otra: una ñora de la oficina fue con una amiga a Starbucks por un café de media mañana en día nublado. El cajero, aprovechando la coyuntura, después de tomar nota que la clientela pedía dos capuchinos, les preguntó ‘¿Lo quieren un poco más cargado para el frío?’, a lo que respondieron ‘Bueno, sí’, y una vez más ofreció ‘¿Lo quieren con canela?’, y las ñoras, pensando ‘qué amable es el fulanito’ volvieron a decir que sí.
El ramalazo vino a la hora de pagar: ‘Son noventa pesos’… Quéee, por dos cafesuchos noventa pesos???!!! Y como la ñora no se atrevió a decir ‘Sabes qué, no sabía del costo adicional así que anula el pedido, volvemos a los capuchinos normales’, terminó pagando los noventa pesos (porque, para su mayor coraje, ella se había ofrecido a invitar…).
No tenemos que comprar lo que los cajeros, vendedores o vivales quieran: es dinero y gusto de uno, así que no nos dé pena, y, en un caso de ‘letras chiquitas’, más vale un ‘no gracias’ a tiempo que un arrepentimiento de todo el día (o de varios días).
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