¡Qué días de rebumbio internacional! Era un frío noviembre de 1989 cuando pasó lo impensable: el Muro de Berlín, que fuera construido en 1961 para dividir la capital alemana y evitar que las ideologías occidentales penetraran Europa oriental, caía a pedazos ante la mirada atónita del mundo entero.
Y no sólo eso: cayendo el muro también se venía abajo el bloque socialista, poniendo fin a décadas de Guerra Fría, donde la amenaza de conflicto nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética era pan de todos los días.
Fue un momento histórico de grandes nombres y grandes hombres; Mijail Gorvachov con la perestroika, Helmut Kohl al frente de la República Federal Alemana y George Bush padre como cabeza del triunfante bloque capitalista, quienes hicieron posible el proceso de reunificación alemana.
Además, estuvieron Lech Walesa y su movimiento Solidaridad, el Papa Juan Pablo II y su abierto repudio al comunismo, Margaret Thatcher y su actuar de hierro, François Miterrand y su oposición a la caída del Muro, Felipe González que además de sacar a España adelante se declaró a favor de una sola Alemania, y el desmoronamiento de las dictaduras en Rumania, Bulgaria y Checoslovaquia.
¿Y el gran protagonista? El pueblo alemán, por supuesto, al recobrar el derecho a transitar libremente, a expresarse como quisiera y a ver de nuevo a sus seres queridos que habían sido ocultados por el hormigón y las alambradas del muro.
Todo pintaba para ser lo que el fotógrafo Oliverio Toscani plasmaba en sus imágenes publicitarias para Benetton: un planeta donde podían convivir razas, credos, preferencias sexuales y edades.
Recuerdo haber visto todo eso en los noticiarios de la época, cuando estaba en la primaria, y era tal el ambiente de esperanza en el porvenir, tan interesante, rico en negociaciones y voluntades y tan tan fascinante en sí mismo, que de ahí me quedó la semilla para dedicarme a las relaciones internacionales, porque sí podía existir un mundo mejor.
Desgraciadamente, lo que no se vio en ese momento fue que, de forma paralela a la caída del Muro de Berlín, otros muros se erigieron o salieron a la luz: el de la xenofobia, que generó la guerra en la ex Yugoslavia; el de los fundamentalismos religiosos, que condujo a los enfrentamientos armados en Afganistán; el del terrorismo, que desembocó en los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, el del consumismo, que ha provocado el colapso climático del planeta, y el del individualismo global, que al paso de los años ha promovido la decadencia generalizada en la sociedad mundial.
Y no sólo eso: cayendo el muro también se venía abajo el bloque socialista, poniendo fin a décadas de Guerra Fría, donde la amenaza de conflicto nuclear entre Estados Unidos y la Unión Soviética era pan de todos los días.
Fue un momento histórico de grandes nombres y grandes hombres; Mijail Gorvachov con la perestroika, Helmut Kohl al frente de la República Federal Alemana y George Bush padre como cabeza del triunfante bloque capitalista, quienes hicieron posible el proceso de reunificación alemana.
Además, estuvieron Lech Walesa y su movimiento Solidaridad, el Papa Juan Pablo II y su abierto repudio al comunismo, Margaret Thatcher y su actuar de hierro, François Miterrand y su oposición a la caída del Muro, Felipe González que además de sacar a España adelante se declaró a favor de una sola Alemania, y el desmoronamiento de las dictaduras en Rumania, Bulgaria y Checoslovaquia.
¿Y el gran protagonista? El pueblo alemán, por supuesto, al recobrar el derecho a transitar libremente, a expresarse como quisiera y a ver de nuevo a sus seres queridos que habían sido ocultados por el hormigón y las alambradas del muro.
Todo pintaba para ser lo que el fotógrafo Oliverio Toscani plasmaba en sus imágenes publicitarias para Benetton: un planeta donde podían convivir razas, credos, preferencias sexuales y edades.
Recuerdo haber visto todo eso en los noticiarios de la época, cuando estaba en la primaria, y era tal el ambiente de esperanza en el porvenir, tan interesante, rico en negociaciones y voluntades y tan tan fascinante en sí mismo, que de ahí me quedó la semilla para dedicarme a las relaciones internacionales, porque sí podía existir un mundo mejor.
Desgraciadamente, lo que no se vio en ese momento fue que, de forma paralela a la caída del Muro de Berlín, otros muros se erigieron o salieron a la luz: el de la xenofobia, que generó la guerra en la ex Yugoslavia; el de los fundamentalismos religiosos, que condujo a los enfrentamientos armados en Afganistán; el del terrorismo, que desembocó en los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, el del consumismo, que ha provocado el colapso climático del planeta, y el del individualismo global, que al paso de los años ha promovido la decadencia generalizada en la sociedad mundial.
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