viernes, 11 de septiembre de 2009

Antes del 9/11

Justo hoy se cumplen 8 años de los atentados terroristas a las Torres Gemelas de Nueva York, esas moles de corazón de acero y piel de hormigón que parecían inalterables. Y no dejo de recordar cada año que tres meses antes de tan terribles acontecimientos, mi mamá y yo estábamos en Manhattan festejando de lo lindo su cumpleaños.

Les voy a platicar la experiencia, al tiempo que pasan por mi mente todas y cada una de las escenas de ese increíble viaje:

Luego de tomar el barco que nos llevó a la Isla de la Libertad, donde se encuentra la famosa estatua con antorcha y corona, decidimos caminar hasta el World Trade Center, donde tenían toda una sección habilitada para que cientos (o miles) de personas conocieran diariamente las Torres.

Hicimos fila, pagamos los 13.50 dólares que cobraban por persona (sí, carito, bastante carito el asunto…) y en la banda de seguridad por la que uno pasaba sus pertenencias para evitar que alguien introdujera armas o algún utensilio prohibido (irónico, ni una bomba ni una pistola fueron el problema posterior), me dijo el guardia de seguridad, un señor negro corpulento, al encontrar a Chiqui, nuestra ardilla de peluche:

El ñor, en tono súper serio: ¿Quién es?
Yo: Mi ardilla.
El ñor: No puede subir… bueno, sólo cerciórate que no muerda a nadie arriba.
(Qué pasó, si somos gente civilizada, jajaja)

Sonrió, reímos ante la puntada y pasamos al área de elevadores, donde decenas de personas nos dirigiríamos al piso 107, sólo tres niveles debajo de la azotea.

Qué cosa más impresionante, qué experiencia tan particular la de haber estado allá arriba. Todas las ‘paredes’ que daban a la calle eran cristales de piso a techo, así que si te acercabas a ellos sentías que te ibas por la borda. Incluso había algunas bancas para observar hacia abajo, pero la altura era tal que ni siquiera conseguía uno ver el fin del edificio, sino que este parecía hundirse en sí mismo, como orillando al observador a un precipicio…

Vértigo, fascinación, escalofrío… Mejor nos paramos de ahí, pero en serio que qué impresión, con la Gran Manzana a nuestros pies, casi al nivel de las nubes, admirando lo que la ingeniería y la arquitectura (supongo que fue obra de ambas disciplinas) pueden crear: un edificio al que nada podía pasarle, una especie de faro urbano que se erigió como uno de los íconos de la ciudad, que observaba y era observado, que interactuaba con propios y extraños, que tejió un sinnúmero de relaciones laborales, personales, turísticas y de vida.

Seguimos rodeando el piso, donde se contaba la historia de la construcción del inmueble, visitamos la tiendita y posteriormente nos dispusimos a descender los pisos, y pisos, y pisos hasta llegar a nivel de calle para ir a la librería Borders, en la zona comercial del mismo complejo urbanístico, donde compramos dos o tres libros de cocina.

Al poco tiempo, tal pareciera que este relato no fue más que la fantasía de un viajero con imaginación. Pero ahí están las fotos, los dos tickets por 13.50 dólares cada uno, la nota de Borders y excelentes recuerdos de aquel viaje.

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