viernes, 21 de agosto de 2009

Afrentas institucionales

Como comentaba hace poco, no cabe duda que vivimos en un país paradójico: contamos con avances de primer mundo en ciertos ámbitos, pero no terminamos de dejar el subdesarrollo en otros. Mi experiencia más reciente fue en el sector médico, cuando tuve que solicitar mi incapacidad en el ISSSTE debido a la operación de vesícula.

Todo empezó con la cita médica, que me pareció un gran cambio al hacerse vía telefónica. Quien atendió mi llamada sabía por el sistema que era la primera vez que iba a la clínica de medicina familiar que me corresponde y en ese momento me asignó número de consultorio, me dio el nombre del médico que me atendería y una clave de confirmación. ‘Qué moderno’, pensé.

Tal como fue indicado, mi mamá y yo nos presentamos 15 minutos antes de la cita (bueno, de hecho 30 para sacar el carnet, un cartón obsoleto que todavía rotulan con máquina de escribir mecánica…). Con carnet en mano nos dirigimos al archivo clínico para que me abrieran un expediente, para lo cual no había que hacer fila, pero tampoco había quien atendiera, a pesar de que faltaban 5 minutos para que iniciaran las consultas.

Una típica burócrata de ventanilla llegó, me tomó el nombre y me dijo que era la primera cita del consultorio 8 (y la clave de confirmación que me dieron en el teléfono y el carnet, bien gracias…), sin margen a preguntas, con nula vocación para atender al público.

Y vino una gran anomalía: los consultorios se encuentran en el primer piso, así que adultos mayores, discapacitados, mujeres embarazadas y personas recién operadas importan un cacahuate, porque no hay elevador y forzosamente hay que tomar la escalera.

El siguiente paso fue pasar al módulo donde toman la presión, peso y estatura. Ahí tienen a dos fulanitos con bata médica (sabrá Dios si realmente sean enfermeros o algo por el estilo), haciéndole un poco al tonto porque peso y estatura salen automáticamente en un papelito, y lo único que tiene que hacer uno de ellos es cortarlo y dárselo al paciente en turno.

Ya era la hora de la consulta más cinco minutos, y a pesar de la lentitud en el archivo, de la subida de escalera y el registro personal, aun no me llamaban… ni me llamarían en los próximos 40 minutos, pues el médico llegó a las quinientas.

No es que uno juzgue por las apariencias, pero basta ver a esos personajes para darse cuenta que no tienen un ápice de compromiso ni con la institución ni con los pacientes. Y al tratarlos sólo se corrobora el diagnóstico…

Pasé cuando me llamó el doctor, y al explicarle que me habían operado y que necesitaba una licencia médica, ni tardo ni perezoso llenó el formato, fue por una firma y me la dio, sin siquiera decirme ‘¿Me permite ver si sus heridas están en orden, está tomando algún medicamento, qué alimentos está consumiendo?’… Nada.

A los ocho días volvimos por la segunda incapacidad, porque cada una sólo cubre una semana. Se repitió el numerito de la ventanilla, de la escalinata y del registro en el módulo. También estaba la típica gente que da instrucciones a los demás en el supuesto que ‘dominan’ el funcionamiento de la clínica.

Lo que cambió fue el médico, pues el primero que me atendió no daría consulta ese día. Qué tipo más terrible, qué consultorio más deprimente, al grado que no sé qué era peor: si el médico, con cara de loco, la camisa abierta a medio pecho y una súper cadena de oro, o el lugar en sí, carente de ventanas, con muebles de metal que tienen las orillas oxidadas y al menos tres etiquetas de inventario (como si a alguien le interesara llevar a su casa un mobiliario tan bello y funcional…).

Y cuando por cortesía y para hacer más llevadero el rato en que llenaba la hoja para darme la incapacidad mi mamá le preguntó ‘¿Cuánto tiempo tarda el cuerpo en recuperarse de esa operación?’, el fulano respondió de forma absurda ‘Es que lo hicieron en hospital privado, lo hicieron en hospital privado…’.

¿Y eso qué tiene que ver? Un verdadero médico sabe perfectamente las generalidades de su profesión, y estas no cambian de una institución pública a una privada. Hasta me hizo pensar en cuántos de ellos realmente estudiarían medicina...

Afortunadamente concluyeron las visitas a la clínica y con ello la afrenta de ver que hay instituciones que se están cayendo a pedazos…

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