Cómo pasa uno tantas épocas en la vida: escuela, trabajo, descanso... Y en el ‘inter’, una infinidad de etapas, gustos y deliciosas rutinas marcan nuestra existencia. Esto viene a colación porque con la final de futbol Pumas-Pachuca, caracterizada por su animosidad, ascuas, mentadas y buen ambiente, me transporté a los días en que íbamos Abuelín, Lita, mi mamá y yo con los Díaz Duarte al Estadio Olímpico a ver jugar a Ricky en el mismísimo equipo azul y oro.
Recuerdo que nos sentábamos con las familias de los demás jugadores. Había mucha plática, porras, cerveza y coca cola, banderas, cacahuates enchilados y huevos cocidos en las canastas de los vendedores.
Se decía que de preferencia no había que ir al baño porque estaba sucio y se tenía precaución en los túneles luego de aquel incidente donde la reventa de boletos provocó la muerte de varios aficionados. Saliendo de ahí nos dirigíamos a casa de mis tíos Héctor y Silvia, donde los pollos rostizados y los pays de limón de Río eran la delicia de la concurrencia.
Los artículos promocionales sólo se conseguían directamente en la llamada ‘Casa de los Pumas’, ubicada en Avenida Revolución, y era básico ver las repeticiones del partido en un programa deportivo dominical llamado Acción.
En la actualidad, no sé bien cuánto ha cambiado la dinámica futbolera: ahora hay patrocinadores para todo, venden pizzas personales en los estadios, hay que ponerse bloqueador para pasar dos horas en la tribuna y desconozco las condiciones de los baños (jaja). Las playeras y demás parafernalia se han convertido en elementos de culto a coleccionar cada temporada y hasta la Tienda Pumas ya tiene sucursales y página de internet.
Lo chusco es ver que generaciones van y vienen y esos ‘días de futbol’ se renuevan. Para muestra basta un botón: ahí están nuestros pequeños Valenz y los Miguelitos con su playera oficial coreando ‘goyas’, con suficiente sangre Puma en las venas para entonar el himno del equipo antes de cada partido, con el potencial para apasionarse como mi querido ahijado Ricky que ya es un aficionado hecho y derecho.
Recuerdo que nos sentábamos con las familias de los demás jugadores. Había mucha plática, porras, cerveza y coca cola, banderas, cacahuates enchilados y huevos cocidos en las canastas de los vendedores.
Se decía que de preferencia no había que ir al baño porque estaba sucio y se tenía precaución en los túneles luego de aquel incidente donde la reventa de boletos provocó la muerte de varios aficionados. Saliendo de ahí nos dirigíamos a casa de mis tíos Héctor y Silvia, donde los pollos rostizados y los pays de limón de Río eran la delicia de la concurrencia.
Los artículos promocionales sólo se conseguían directamente en la llamada ‘Casa de los Pumas’, ubicada en Avenida Revolución, y era básico ver las repeticiones del partido en un programa deportivo dominical llamado Acción.
En la actualidad, no sé bien cuánto ha cambiado la dinámica futbolera: ahora hay patrocinadores para todo, venden pizzas personales en los estadios, hay que ponerse bloqueador para pasar dos horas en la tribuna y desconozco las condiciones de los baños (jaja). Las playeras y demás parafernalia se han convertido en elementos de culto a coleccionar cada temporada y hasta la Tienda Pumas ya tiene sucursales y página de internet.
Lo chusco es ver que generaciones van y vienen y esos ‘días de futbol’ se renuevan. Para muestra basta un botón: ahí están nuestros pequeños Valenz y los Miguelitos con su playera oficial coreando ‘goyas’, con suficiente sangre Puma en las venas para entonar el himno del equipo antes de cada partido, con el potencial para apasionarse como mi querido ahijado Ricky que ya es un aficionado hecho y derecho.
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