El domingo regresamos César y yo de Oaxaca, experiencia que compartiré con ustedes próximamente. Todo pintaba para ser una tranquila tarde de domingo que cerrara con broche de oro la vacación. Tal vez veríamos tele, o una peli, o disfrutaríamos de nuestras compras del viaje. Poco antes de recostarnos, César acomodó las maletas en la parte superior del closet. Yo me disponía a alcanzarlo cuando me acordé que no había subido mi bolsa viajera al portaequipaje.
Tomé una de nuestras sillas blancas de PVC, como ya lo he hecho otras veces, subí para dejar todo en su lugar y así quedar libre de pendientes. Ya casi bajaba cuando de repente oí un crujidero espantoso y en un dos por tres me encontré en el piso en medio de una infinidad de añicos de plástico blanco. César corrió hacia mí para auxiliarme, y yo, toda atolondrada, no sabía si llorar por el susto de la caída o qué hacer. Pero de que me dolía, me dolía, tanto que ni siquiera podía moverme.
¿Qué había pasado, porqué había terminado ahí? Lo que sucedió fue que el asiento de la silla se venció cuando yo estaba encima y se rompió en pedazos. En serio nos impresionamos muchísimo del estado en el que quedó: astillas y más astillas plásticas por toda la recámara. Y lo peor era que muchas de ellas se me estaban clavando.
Seguía sin poder levantarme por el dolor. Eso sí, me hubiera ido peor si la caída no hubiera sido amortiguada por mi espalda, que quedó atorada en la pared. En otras palabras, mi descenso fue raspando todo el muro, pero más vale haber quedado con la espalda rallada que con un mal golpe en la cabeza o un sentón en seco.
César inspeccionó cómo estaba todo y vino la peor parte: mi pierna izquierda estaba atorada en lo que había sido una pata de la silla. Con mucho cuidado la sacó de ahí y me cargó para dejarme reposando en la cama en lo que hacíamos revisión para evaluar los daños.
Al rato llegó mi mamá y entre los dos me ayudaron a ir a la regadera, lavaron todas mis heridas – un puñado de arañazos en las pantorrillas que para qué les cuento… –, cortaron el pellejo desprendido (esa herida era la más impresionante y la que más dolió, ouch…), me pusieron pomada y me dejaron lista para descansar, esperando que mi estado no fuera más lamentable al día siguiente.
¿Porqué pasó todo eso? Porque se me hizo fácil utilizar esa silla en lugar de ir a la cocina por la escalerita que fue creada ex profeso para subirse. Así que POR NINGÚN MOTIVO se suban a esas sillas para cambiar focos, bajar libros, colocar cortinas, etc… porque no fueron creadas para ello. Hay que ahorrarnos los accidentes.
Definitivamente las consecuencias de la caída continuaron, pues casi no pude dar paso los dos días siguientes, los moretones no se hicieron esperar – aunque seguramente los atenuó el árnica que tomé – y el dolor en las partes golpeadas fue permanente, pero por fortuna, el incidente no pasó de un susto y un muy mal cate.
Tomé una de nuestras sillas blancas de PVC, como ya lo he hecho otras veces, subí para dejar todo en su lugar y así quedar libre de pendientes. Ya casi bajaba cuando de repente oí un crujidero espantoso y en un dos por tres me encontré en el piso en medio de una infinidad de añicos de plástico blanco. César corrió hacia mí para auxiliarme, y yo, toda atolondrada, no sabía si llorar por el susto de la caída o qué hacer. Pero de que me dolía, me dolía, tanto que ni siquiera podía moverme.
¿Qué había pasado, porqué había terminado ahí? Lo que sucedió fue que el asiento de la silla se venció cuando yo estaba encima y se rompió en pedazos. En serio nos impresionamos muchísimo del estado en el que quedó: astillas y más astillas plásticas por toda la recámara. Y lo peor era que muchas de ellas se me estaban clavando.
Seguía sin poder levantarme por el dolor. Eso sí, me hubiera ido peor si la caída no hubiera sido amortiguada por mi espalda, que quedó atorada en la pared. En otras palabras, mi descenso fue raspando todo el muro, pero más vale haber quedado con la espalda rallada que con un mal golpe en la cabeza o un sentón en seco.
César inspeccionó cómo estaba todo y vino la peor parte: mi pierna izquierda estaba atorada en lo que había sido una pata de la silla. Con mucho cuidado la sacó de ahí y me cargó para dejarme reposando en la cama en lo que hacíamos revisión para evaluar los daños.
Al rato llegó mi mamá y entre los dos me ayudaron a ir a la regadera, lavaron todas mis heridas – un puñado de arañazos en las pantorrillas que para qué les cuento… –, cortaron el pellejo desprendido (esa herida era la más impresionante y la que más dolió, ouch…), me pusieron pomada y me dejaron lista para descansar, esperando que mi estado no fuera más lamentable al día siguiente.
¿Porqué pasó todo eso? Porque se me hizo fácil utilizar esa silla en lugar de ir a la cocina por la escalerita que fue creada ex profeso para subirse. Así que POR NINGÚN MOTIVO se suban a esas sillas para cambiar focos, bajar libros, colocar cortinas, etc… porque no fueron creadas para ello. Hay que ahorrarnos los accidentes.
Definitivamente las consecuencias de la caída continuaron, pues casi no pude dar paso los dos días siguientes, los moretones no se hicieron esperar – aunque seguramente los atenuó el árnica que tomé – y el dolor en las partes golpeadas fue permanente, pero por fortuna, el incidente no pasó de un susto y un muy mal cate.
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