viernes, 22 de agosto de 2008

Andanzas oaxaqueñas

Qué riquezas las de Oaxaca, qué lugar tan maravilloso, tan puro. Tierra de grandes hombres y grandes culturas, de una cocina mágica y paisajes de ensoñación, de artes y artesanos, de grandes edificaciones y valles espectaculares. Sí, eso y mucho más encontramos en nuestras vacaciones por aquellos lares hace dos semanas.

Por dónde empezar… quizá por la majestuosidad de Monte Albán, la perfección estética de Mitla, la creatividad surrealista de los alebrijes de Arrazola o los trazos vegetales de los tapetes de Teotitlán del Valle. O quizá la belleza de Hierve el Agua, el emblemático árbol del Tule o el brillo del barro negro de San Bartolo Coyotepec.

Visitamos innumerables museos: el de la colección prehispánica de Rufino Tamayo (que lejos de criticarse el que pertenezca a una persona se aplaude el hecho, porque así se ha preservado el material), el de la Filatelia (único en su tipo en el país, un lugar increíble por sus instalaciones y acervo), el de Arte Contemporáneo de Oaxaca (mejor conocido como MACO, un concepto muy original, fundado por Francisco Toledo) y el de sitio en Monte Albán.

También estuvimos en el Centro Cultural Santo Domingo (con la historia de Oaxaca, tiene buena museografía y excelentes materiales, y el lugar uff, restaurado de lujo), la Casa de Benito Juárez (una tomada de pelo de 35 pesos y no más de 150 metros cuadrados) y el Centro Fotográfico Álvarez Bravo (que tiene una biblioteca sensacional vinculada al mundo de la foto).

Además nos tocó la suerte de visitar Oaxaca en el marco del festival de música Instrumenta. Así pudimos acudir a un buen concierto de improvisación en el MACO y otro de tango en el Teatro Macedonio Alcalá (un inmueble de la época de Don Porfirio, de corte clásico), aparte de otro de alientos en la plaza central (un rollo muy estadounidense de los años cincuenta, muy padre) y uno más de bandas tradicionales oaxaqueñas (con lo emotivo que fue escuchar las percusiones y la tuba en las calles empedradas de la ciudad).

El plano religioso también hay que destacarlo, porque pudimos conocer lugares tan bellos como la pequeña iglesia de Santa María del Tule (pintadísima, muy mona), la de Mitla, el Carmen Alto, San Agustín, Nuestra Señora de la Soledad, la Catedral (qué bien la tienen, con su cantera verde bien cuidadita a pesar de las revueltas sociales del estado) y, monumental, hermoso, espléndido, el Templo de Santo Domingo (me confieso ferviente admiradora del barroco, y ese monumento es simplemente colosal, me encanta!!).

Y qué decir de la comida, con la variedad de ingredientes, sabores e inspiraciones que desprenden el mole negro (que de los moles es mi favorito, qué delicia!!), el quesillo, los tamales, el acullo, el pan dulce y el tasajo (por cierto, el mejor está en el mercado, que acertadamente nos recomendó mi querido tío Gil, qué carne más suavecita, y con su salsa recién hecha, de rechupete!!).

Qué bordados, cuántos collares y accesorios de piedras y qué alegría la del zocalito a lo largo del día, punto de reunión por excelencia de todo el que pasa por ahí (y qué agua de cítricos la que venden para disfrutar el paseo y la charla, nos volvimos sus fervientes consumidores!!).

Y dejando a un lado todo lo establecido, puedo afirmar que ese lugar es ideal para estar contento: basta con sentarse a la sombra de un árbol en la plaza, aderezada por un airecito fresco en día soleado y disfrutar de una tradicional nieve de leche quemada, mmm!!

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