viernes, 16 de mayo de 2008

El otrora colosal Estadio Azteca

¿En qué momento fue abandonado el Estadio Azteca, ese magno proyecto del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez que en tan sólo 4 años se concretó para ser inaugurado en 1966, donde se consolidaron grandes del balompié como Pelé y Maradona, donde el Papa Juan Pablo II ofició una emotiva misa ante decenas de miles de fieles?

No lo sé, pero es una pena ver en lo que se ha convertido. Su estructura sigue siendo el mismo gigante de concreto que se hizo acreedor a la denominación ‘coloso de Santa Úrsula’, pero no tiene más el brillo de antaño ni se levanta supremo en el firmamento urbano del sur de la Ciudad de México.

Reflexioné sobre esto cuando circulábamos a vuelta de rueda en su periferia rumbo a Calzada de Tlalpan, mientras observaba los graffiti que premeditadamente se pintaron en los muros que lo circundan (recordemos que hace unos meses hubo una convocatoria del gobierno del D.F., en colaboración con la empresa de pinturas COMEX, para dar un espacio a los jóvenes que se dedican a ese tipo de manifestaciones. La idea tiene su mérito; sin embargo, el resultado estético no es muy satisfactorio…).

Cuando no hay partido, sus estacionamientos presencian la venta truculenta de autos de segunda mano, aderezada por un espantoso sonsonete a todo volumen a la usanza de algunos microbuseros. La explanada principal no es más que un triste mercado casi establecido, donde lo mismo da vender artículos deportivos que calzado, helados o artículos de piel. Cuando no hay feria, simplemente es un patio anegado de basura.

Y qué decir de la magna escultura que engalana la entrada principal, El sol, del estadounidense Alexander Calder: está hecha una verdadera tristeza, con pintas callejeras y un aspecto sombrío que volverían a llevar a la tumba al propio Calder.

Partes de malla ciclónica rotas, abandono, olvido. Esa fue la impresión que me dejó el pobre Estadio Azteca, tan venido a menos el pobrecito, esperando un poco de atención a lo que representa: el estadio más monumental de todo el país, uno de los más grandes del mundo.

Pero también vi señales que no todo está perdido: entre la decadencia de los graffiti y la ruina de Calder, se encuentra la entrada de proveedores y trabajadores del estadio, donde se congregan decenas o incluso cientos de personas que esperan gustosas el momento de entrar para vender cervezas, refrescos, papas, cacahuates y toda clase de productos siempre que hay partido.

A un costado, las taquillas son ansiosa antesala de familias enteras que se reúnen con la playera y el banderín de su equipo, generando un ambiente festivo horas antes de que inicie el espectáculo deportivo.

En esos momentos, la gloria siempre regresa.

1 comentario:

cecy dijo...

El Estadio Azteca no es exclusivo de las pintas por parte de estos seudoartistas. Desafortunadamente la ciudad entera contiene un alto porcentaje de contaminación visual. Hacia donde uno dirija la mirada se presentan estos garabatos, ya sea en las paredes y bardas de las casas o en monumentos. ¿Y las autoridades? Bien gracias.