Antier que fue Día del Niño y vi a los pequeñines por la calle rumbo a la escuela, recordé cómo lo celebrábamos hace unos 20 años (qué tal, ahora sí suena a mucho tiempo, jajaja) y creo que la esencia se conserva: no llevábamos uniforme (se decía ‘podemos ir con ropa normal’ ¿¿??, jajaja), nos regalaban el lunch – que consistía en un pastelito Marinela, frituras Sabritas, una paleta helada y un tradicionalísimo boing – y las teach nos daban algún regalito, que podía ser una gomita para borrar de diferentes formas, un estuche o un folder decorado – que eran wow en los ochenta –.
Y se dedicaba uno a jugar, a cantar, a bailar en pleno patio o auditorio escolar la coreografía preparada para la ocasión. En casa, el chocolatín, los dulces o la ida al cinito hacían la delicia de esa tarde.
Digo que la esencia seguro permanece porque antier pude ver que los niños iban sin uniforme, sin mochila, con una gran sonrisa y la ilusión de pasar un día especial.
Todo eso también me hizo recordar las fiestas de ese entonces, que se hacían en salones como El Principito – celebérrimo entre mis contemporáneos, en la Colonia Del Valle –. En esos lugares la sensación era la alberca de hule espuma – con un olor a pies, que bueno… jajaja –, los carruseles, la resbaladilla y los columpios – todo en metal, con rebabas de hierro muy poco seguras para los estándares de hoy, pero divertidísimas!! –.
A media fiesta llegaba el payaso o el mago – las fiestas más ‘cucas’ a las que fui invitaron a Ari Sandy y al mismísimo mago Frank con su conejo Blas –, hacían jueguillos y te regalaban una nariz roja, un set de bordado o una lotería de cartón –.
La comida consistía en unas microgelatinas en recipiente desechable de plástico – en los cuales, debido al diseño ‘en barritas’, tristemente se quedaba buena parte de la gelatina –, ensalada rusa y sandwichitos en triángulos. Y por supuesto, no podía faltar el pastel – que luego iba a parar a la alberca de hule espuma de la que ya hablé… jajaja –.
El evento era amenizado por las rolas de Cri Cri, Parchis, Cepillín, Enrique y Ana, Los Pitufos, Las Ardillitas y hasta Yuri con el ‘osito panda’, y al finalizar lo más emocionante era la bolsa de dulces que incluía aciditas, selz soda, pelotas de goma, chicles flecha y polvitos de chile tico tico.
Y las piñatas eran cosa precaria, hechas con ‘flequitos’ de papel de colores, con una forma básica que bien podía ser un perro, un oso o un tigre. Todos haciendo fila y cantando – eso sí, sin el ‘ya le diste uno, ya le diste dos…’, eso es nuevo – para ponerse buzos y no dejar que la mamá del niño de al lado te volara los caramelos – esa modalidad no es nueva –.
Qué buenas fiestas aquellas, y qué buenas también las de ahora, sólo que estas últimas presentan variantes como las de los juegos de plástico – la cosa más lúdica, dirían algunos –, el pastel hecho con panquecitos para que los chiquitines los coman más fácil y se desperdicie menos, las piñatas son elaboradísimas y tan reales que muchos se niegan a ‘destruir’ a palos a su personaje favorito.
Eso sí: antes, ahora y siempre, las fiestas infantiles van a tener el encanto de la gran celebración que representan, lo mismo que el Día del Niño. Por todo lo anterior, nunca debemos olvidar la máxima que afirma que todos tenemos algo de niños: vaya que sí, YIPIYEI!!
Y se dedicaba uno a jugar, a cantar, a bailar en pleno patio o auditorio escolar la coreografía preparada para la ocasión. En casa, el chocolatín, los dulces o la ida al cinito hacían la delicia de esa tarde.
Digo que la esencia seguro permanece porque antier pude ver que los niños iban sin uniforme, sin mochila, con una gran sonrisa y la ilusión de pasar un día especial.
Todo eso también me hizo recordar las fiestas de ese entonces, que se hacían en salones como El Principito – celebérrimo entre mis contemporáneos, en la Colonia Del Valle –. En esos lugares la sensación era la alberca de hule espuma – con un olor a pies, que bueno… jajaja –, los carruseles, la resbaladilla y los columpios – todo en metal, con rebabas de hierro muy poco seguras para los estándares de hoy, pero divertidísimas!! –.
A media fiesta llegaba el payaso o el mago – las fiestas más ‘cucas’ a las que fui invitaron a Ari Sandy y al mismísimo mago Frank con su conejo Blas –, hacían jueguillos y te regalaban una nariz roja, un set de bordado o una lotería de cartón –.
La comida consistía en unas microgelatinas en recipiente desechable de plástico – en los cuales, debido al diseño ‘en barritas’, tristemente se quedaba buena parte de la gelatina –, ensalada rusa y sandwichitos en triángulos. Y por supuesto, no podía faltar el pastel – que luego iba a parar a la alberca de hule espuma de la que ya hablé… jajaja –.
El evento era amenizado por las rolas de Cri Cri, Parchis, Cepillín, Enrique y Ana, Los Pitufos, Las Ardillitas y hasta Yuri con el ‘osito panda’, y al finalizar lo más emocionante era la bolsa de dulces que incluía aciditas, selz soda, pelotas de goma, chicles flecha y polvitos de chile tico tico.
Y las piñatas eran cosa precaria, hechas con ‘flequitos’ de papel de colores, con una forma básica que bien podía ser un perro, un oso o un tigre. Todos haciendo fila y cantando – eso sí, sin el ‘ya le diste uno, ya le diste dos…’, eso es nuevo – para ponerse buzos y no dejar que la mamá del niño de al lado te volara los caramelos – esa modalidad no es nueva –.
Qué buenas fiestas aquellas, y qué buenas también las de ahora, sólo que estas últimas presentan variantes como las de los juegos de plástico – la cosa más lúdica, dirían algunos –, el pastel hecho con panquecitos para que los chiquitines los coman más fácil y se desperdicie menos, las piñatas son elaboradísimas y tan reales que muchos se niegan a ‘destruir’ a palos a su personaje favorito.
Eso sí: antes, ahora y siempre, las fiestas infantiles van a tener el encanto de la gran celebración que representan, lo mismo que el Día del Niño. Por todo lo anterior, nunca debemos olvidar la máxima que afirma que todos tenemos algo de niños: vaya que sí, YIPIYEI!!
1 comentario:
Mi comentario breve pero conciso, jejeje. Debemos preservar al niño que tenemos dentro.
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