viernes, 12 de octubre de 2007

De creencias culinarias y otros mitos

Nacemos con ellas y casi las hacemos dogmas. Entre niños dicen ‘si te pasas una semilla de naranja te crece un árbol en el estómago’ o ‘si se te cae un alimento al piso lo chupa el diablo’. Esta clase de afirmaciones son enteramente falsas y en ocasiones también completamente absurdas.

Lo cierto es que existen creencias y mitos relacionados con la comida y los estados de ánimo que a pesar de la escuela, los libros, el paso del tiempo y el avance científico de la humanidad, permanecen en la cotidianidad. Veamos algunas de ellas:

- No comer aguacate después de un coraje.

- Comer pan blanco después de un susto.

- No comer huevo después de una discusión.

- No comer sandía en la noche.

- Tomar leche tibia con miel para dormir mejor.

A diferencia de los mitos de infancia, seguro algunos de estos resultarán ciertos por las propiedades características de cada alimento, aunque no tengamos una explicación científica para confirmarlos o descartarlos.

Y aquí va otra creencia: el resultado de los platillos que uno cocina depende de la ocasión a la cual obedecen. Con sus excepciones, si es por compromiso, la comida se queda pegada al platón; si es para un ser querido, la pasta queda deliciosamente al dente; si es por encargo, la salsa resulta más picante; si es para una gran celebración, el postre deja huella en el paladar de todos los comensales.

Quién no recuerda los momentos cumbre de Como agua para chocolate, donde el realismo mágico lleva al extremo ese vínculo entre lo que comemos y lo que sentimos. Cómo olvidar cuando todos los invitados a la fiesta lloraban porque Tita, la protagonista, preparó el pastel de bodas de Pedro, su novio, y Rosaura, su hermana, en medio de las más sentidas lágrimas.

O en la genial historia de Roald Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate, la sensación de plenitud que produce en el pequeño Charlie y su abuelito Joe la cucharada de chocolate proveniente del río que les ofrece Willy Wonka. O el caso de las ardillas que hay en la fábrica inspeccionando las semillas que ahí se emplean, que identifican la frivolidad de otra de las niñas, Veruca Salt, y la clasifican como una semilla no apta para convertirse en golosina, enviándola directo al vertedero.

No sé hasta qué grado inciden en el ámbito culinario risas y abrazos, gritos y llanto, y es difícil pensar en estudios de corte científico que respalden estas hipótesis. Lo cierto es que mientras investigamos y sabemos si las creencias, mitos y demás minucias de la cocina son ciertas o no, yo les pregunto: ¿alguno de ustedes se arriesgaría a comer aguacate después de un coraje?... Yo no!!!!!!!!

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