viernes, 21 de septiembre de 2007

¿Qué quedó del ’85?

Cada 19 de septiembre, los mexicanos recordamos aquel terremoto que en 1985 cobró la vida de miles de personas. En buena parte de la ciudad el suministro de energía eléctrica fue irregular por días, lo mismo que el gas y en algunas colonias hasta el agua. Muchos carecieron de transporte y en ciertas escuelas y lugares de trabajo se interrumpieron labores. No había otro tema de conversación, todo giraba en torno a la tragedia.

Fueron momentos terribles, dolorosos. Parecía que todos hubiéramos perdido a un conocido bajo los escombros. Y eso porque ese conocido bien pudo ser un hermano, los padres, los hijos, un amigo, un vecino: la fragilidad de haber sido uno mismo.

Quién no recuerda la crónica de Jacobo Zabludovsky desde su automóvil mientras recorría la ciudad, o el momento en que la locutora Lourdes Guerrero, quien transmitía las noticias a primera hora por canal 2, anunciaba la primera sacudida de lo que se grabaría con ‘m’ de muerte en la memoria de esta ciudad.

El asombro, el miedo y las circunstancias paralizaron a unos, llevaron a la rapiña a otros y el resto se desbordó en apoyo civil, que fue desde las colaboraciones a los centros de acopio hasta la intervención directa en los restos de las edificaciones.

Las autoridades afirmaban que no se volvería a permitir la construcción de inmuebles que excedieran cierta altura, y menos en las zonas donde se registraron mayores desgracias. También indicaron que, a manera de ejemplo, las oficinas de gobierno se establecerían en áreas de mayor seguridad y que cumplirían con las medidas antes señaladas. Y no sólo el gobierno emprendía acciones, sino que en todos lados se organizaban simulacros periódicamente con el fin de estar preparados ante cualquier contingencia.

Todo eso hace ya 22 años. ¿Qué ha pasado? Tenemos un creciente número de torres gigantes, que por más tecnología que se aplique o por ‘inteligentes’ que sean los edificios, el suelo es el suelo y nada asegura la permanencia arquitectónica en colonias como Roma o Juárez.

En cuanto a los simulacros, estos cada vez son más esporádicos y la participación que registran es tristemente deplorable: en lugar de ser sorpresivos – los temblores no avisan – se da el aviso de que ocurrirán tal o cual día y a determinada hora. La gente se ríe, va platicando al paso más lento que puede y otorga una seriedad nula a la práctica.

Eso sí, cada 19 de septiembre hay simulacros en toda la ciudad, con una participación de millones de personas. Sí, serán millones, pero no es tan importante lo cuantitativo como lo cualitativo, pues en muchos lugares ni siquiera se dan instrucciones sobre qué hacer en caso de emergencia y el resultado sirve de muy poco.

Y el gobierno, como en aquel año, vuelve a poner el ejemplo: buena parte de los edificios con oficinas públicas se ubica en zonas de riesgo, en construcciones de al menos 15 pisos (díganmelo a mí que estoy en uno con 18 pisos).

Entonces, ¿qué quedó del ’85? Que la memoria citadina parece haberse enmohecido y todo queda en el olvido… al menos hasta que vuelve a temblar.

2 comentarios:

urretaflores dijo...

Por favor, únanse a la guerra en contra de la torre "bicentenario" - un negociazo sucio para?????

cecy dijo...

Es un hecho que en nuestra memoria quedará por siempre grabada esta experiencia tan triste en donde se vio que ante los caprichos de la naturaleza nada se puede hacer. Los que efectivamente no tienen memoria son todos los responsables de las normas de construcción, ya que para ellos es más importante recibir el millonario pago por las licencias para contruir esos monstruos, que la seguridad de la ciudad y sus habitantes.