Qué bonita es la decoración de las Fiestas Patrias en el Centro de la Ciudad de México. Luces, pendones, motivos metálicos y banderas de todos tamaños engalanan el noveno mes del año para conmemorar la independencia nacional.
Y más allá de esa fecha, septiembre parece haberse convertido en el ‘mes mexicano’, porque sin importar estrato social, nivel educativo, filiación partidista, lugar de residencia o edad, en esos días todos nos sentimos más mexicanos, fenómeno que sólo se vuelve a presentar cuando juega la Selección Nacional – aunque a últimas fechas no necesariamente –.
Llegando este mes pensamos en pozole, matracas, ate con queso, zarapes, sandías, mariachis, papel picado, rebozos, chiles en nogada, confeti, sombreros de palma, tequila, ropa de manta, fuegos artificiales, cornetas, espesos bigotes y arroz con leche.
La combinación verde-blanco-rojo parece generar un sentimiento especial, único, con el cual nos sentimos grandes, unidos, mano a mano. Nos sabemos pertenecientes a, nos reconocemos parte de. ¿Cuál es la explicación? Simple y sencillamente la magia de la identidad, que es responsable de que nuestros ojos se humedezcan con el Huapango de José Pablo Moncayo, que nuestro pecho se ensanche al escuchar los versos de la Suave Patria de Ramón López Velarde y la piel sucumba ante las imágenes del México de todos los tiempos de Manuel Álvarez Bravo.
Es la que nos hace manifestarnos orgullosos cuando se dice que inauguran una exposición de la cultura maya en un reconocido museo del exterior, la que nos hace vibrar cuando reconocemos uno de nuestros lugares nacionales en una película extranjera y la que nos impulsa a abrazarnos sin distingo al compás del Cielito lindo.
No importa quién sea el presidente en turno a quien corresponda dar el Grito, ni la cantidad de grasa de los antojitos, y menos la electricidad necesaria para iluminar los adornos que penden de los inmuebles. Tampoco apura que muchas banderas sean chinas ni que las transnacionales quieran abusar vendiendo disfraces, artículos desechables e insumos para organizar las fiestas.
Es más: muchos no sabrán la letra del Himno Nacional y dirán ‘Mas si osare un extraño enemigo’, pensando que ‘Masiosare’ era el nombre del invasor, o repetirán ‘Profanar con sus plantas tu suelo’ como si el propio ‘Masiosare’ entrara de brinquito a territorio nacional.
Lo cierto es que en este septiembre tricolor todos nos sentimos muy orgullosos de formar parte de este imaginario colectivo, a veces desordenado y otras rozagante, llamado México.
Y más allá de esa fecha, septiembre parece haberse convertido en el ‘mes mexicano’, porque sin importar estrato social, nivel educativo, filiación partidista, lugar de residencia o edad, en esos días todos nos sentimos más mexicanos, fenómeno que sólo se vuelve a presentar cuando juega la Selección Nacional – aunque a últimas fechas no necesariamente –.
Llegando este mes pensamos en pozole, matracas, ate con queso, zarapes, sandías, mariachis, papel picado, rebozos, chiles en nogada, confeti, sombreros de palma, tequila, ropa de manta, fuegos artificiales, cornetas, espesos bigotes y arroz con leche.
La combinación verde-blanco-rojo parece generar un sentimiento especial, único, con el cual nos sentimos grandes, unidos, mano a mano. Nos sabemos pertenecientes a, nos reconocemos parte de. ¿Cuál es la explicación? Simple y sencillamente la magia de la identidad, que es responsable de que nuestros ojos se humedezcan con el Huapango de José Pablo Moncayo, que nuestro pecho se ensanche al escuchar los versos de la Suave Patria de Ramón López Velarde y la piel sucumba ante las imágenes del México de todos los tiempos de Manuel Álvarez Bravo.
Es la que nos hace manifestarnos orgullosos cuando se dice que inauguran una exposición de la cultura maya en un reconocido museo del exterior, la que nos hace vibrar cuando reconocemos uno de nuestros lugares nacionales en una película extranjera y la que nos impulsa a abrazarnos sin distingo al compás del Cielito lindo.
No importa quién sea el presidente en turno a quien corresponda dar el Grito, ni la cantidad de grasa de los antojitos, y menos la electricidad necesaria para iluminar los adornos que penden de los inmuebles. Tampoco apura que muchas banderas sean chinas ni que las transnacionales quieran abusar vendiendo disfraces, artículos desechables e insumos para organizar las fiestas.
Es más: muchos no sabrán la letra del Himno Nacional y dirán ‘Mas si osare un extraño enemigo’, pensando que ‘Masiosare’ era el nombre del invasor, o repetirán ‘Profanar con sus plantas tu suelo’ como si el propio ‘Masiosare’ entrara de brinquito a territorio nacional.
Lo cierto es que en este septiembre tricolor todos nos sentimos muy orgullosos de formar parte de este imaginario colectivo, a veces desordenado y otras rozagante, llamado México.
1 comentario:
La euforía por celebrar las fiestas patrias es innegable, de alguna manera nos sirve de catarsis para olvidarnos un poco de la nefasta realidad a la cual nos debemos enfrentar, en virtud de las últimas iniciativas aprobadas por senadores, diputados y partidos. Disfrutemos entonces de esta breve pausa.
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