Durante las campañas por la presidencia de
Estados Unidos, el candidato republicano Mitt Romney señaló que entre los
recortes que aplicaría serían a la televisión pública e incluso desaparecería
el programa Plaza Sésamo. Medio mundo se indignó y de ahí en adelante pareció
como si esa afirmación le hubiera restado simpatizantes.
¿A qué se debió eso, por qué la
consternación? Probablemente porque Plaza Sésamo puede considerarse como el
primer programa pensado exclusivamente para el aprendizaje de los niños en una
época en la que eso no sucedía, a finales de la década de los sesenta, cuando
la carrera espacial y la Guerra Fría concentraban toda la atención.
Plaza Sésamo fue creado en Estados Unidos por
Joan Ganz Cooney y Lloyd Morrissett, siendo un programa en el que una mezcla de
títeres, dulces monstruos –por extraño que parezca el término– y personas de
carne y hueso conviven en un mismo barrio, al tiempo que enseñan a los niños
las letras, los números, la ubicación de las cosas y otros tantos básicos,
además de transmitirles valores como la amistad, la solidaridad y la hermandad.
En otras palabras, fue semilla de la
televisión educativa. Además, tiene la particularidad de haber sido adaptado a
los distintos países o regiones del mundo. Por ejemplo, la versión
estadounidense incluye personajes negros, asiáticos y latinoamericanos que
promueven el respeto a la diversidad, la versión israelí contempla vecinos
palestinos con quienes conviven de manera normal y la versión sudafricana
muestra la tolerancia entre blancos y negros.
Yo veía la versión latinoamericana (que era
la que correspondía a México) durante las vacaciones (porque pasaba como a la
una de la tarde, cuando yo salía de la primaria hasta las dos y media), y era
buena: en lugar de tener a Big Bird, que es el pajarraco amarillo de la serie
original, aquí se tropicalizó el personaje y fue transformado a un enorme
perico verde de nombre Montoya (ahora llamado Abelardo), y en lugar de tener un
monstruo gruñón llamado Óscar, saliendo de un bote de basura, aquí había un
malhumoradillo denominado Bodoque que vivía en un huacal de madera.
Por su innovador concepto y porque sigue
vigente, vale la pena celebrar que Plaza Sésamo existe y se sigue difundiendo,
porque ha dejado huella en varias generaciones alrededor del mundo y al parecer
lo seguirán haciendo –y lo sé porque a Lety le encantan los Plaza Sésamo,
incluso ‘Eme’, que es el personaje rojo de nombre Elmo, fue una de sus diez
primeras palabras. Y conoce a Lucas Comegalletas, a Beto y Enrique, a Zoe, Abby
Cadabby, Archibaldo y a tantos otros que ve en sus libros, de los que ha
aprendido muchísimo vocabulario a través de las imágenes, y que un día podría
conocer en persona en el Parque Plaza Sésamo de Monterrey: estaría súper!!–.
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