viernes, 7 de diciembre de 2012

La didáctica fantástica de Plaza Sésamo


Durante las campañas por la presidencia de Estados Unidos, el candidato republicano Mitt Romney señaló que entre los recortes que aplicaría serían a la televisión pública e incluso desaparecería el programa Plaza Sésamo. Medio mundo se indignó y de ahí en adelante pareció como si esa afirmación le hubiera restado simpatizantes.

¿A qué se debió eso, por qué la consternación? Probablemente porque Plaza Sésamo puede considerarse como el primer programa pensado exclusivamente para el aprendizaje de los niños en una época en la que eso no sucedía, a finales de la década de los sesenta, cuando la carrera espacial y la Guerra Fría concentraban toda la atención. 

Plaza Sésamo fue creado en Estados Unidos por Joan Ganz Cooney y Lloyd Morrissett, siendo un programa en el que una mezcla de títeres, dulces monstruos –por extraño que parezca el término– y personas de carne y hueso conviven en un mismo barrio, al tiempo que enseñan a los niños las letras, los números, la ubicación de las cosas y otros tantos básicos, además de transmitirles valores como la amistad, la solidaridad y la hermandad.

En otras palabras, fue semilla de la televisión educativa. Además, tiene la particularidad de haber sido adaptado a los distintos países o regiones del mundo. Por ejemplo, la versión estadounidense incluye personajes negros, asiáticos y latinoamericanos que promueven el respeto a la diversidad, la versión israelí contempla vecinos palestinos con quienes conviven de manera normal y la versión sudafricana muestra la tolerancia entre blancos y negros.

Yo veía la versión latinoamericana (que era la que correspondía a México) durante las vacaciones (porque pasaba como a la una de la tarde, cuando yo salía de la primaria hasta las dos y media), y era buena: en lugar de tener a Big Bird, que es el pajarraco amarillo de la serie original, aquí se tropicalizó el personaje y fue transformado a un enorme perico verde de nombre Montoya (ahora llamado Abelardo), y en lugar de tener un monstruo gruñón llamado Óscar, saliendo de un bote de basura, aquí había un malhumoradillo denominado Bodoque que vivía en un huacal de madera.

Por su innovador concepto y porque sigue vigente, vale la pena celebrar que Plaza Sésamo existe y se sigue difundiendo, porque ha dejado huella en varias generaciones alrededor del mundo y al parecer lo seguirán haciendo –y lo sé porque a Lety le encantan los Plaza Sésamo, incluso ‘Eme’, que es el personaje rojo de nombre Elmo, fue una de sus diez primeras palabras. Y conoce a Lucas Comegalletas, a Beto y Enrique, a Zoe, Abby Cadabby, Archibaldo y a tantos otros que ve en sus libros, de los que ha aprendido muchísimo vocabulario a través de las imágenes, y que un día podría conocer en persona en el Parque Plaza Sésamo de Monterrey: estaría súper!!–.

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