viernes, 11 de marzo de 2011

Saudade arqueológica

Durante nuestra Luna de Miel en 2007, César y yo fuimos al sitio arqueológico de Chichén Itzá. Desde la llegada al lugar la experiencia se torna mágica al atravesar la verde espesura yucateca y, de repente, ya caminando, se topa uno con esa edificación excepcional que es la Pirámide de Kukulkán –también conocida como El Castillo–. En ella, durante los equinoccios, es posible apreciar por efecto óptico la sombra de una serpiente descendiendo por las escalinatas, producto de la perfección arquitectónica y astronómica de los mayas de esa zona.

Yo conocí Chichén Itzá en 1996 con mi mamá, por lo que tenía la expectativa de subir con César al Castillo, como aquella vez nosotras, y ver desde las alturas la grandeza del sitio. Cuál fue mi sorpresa cuando en esa segunda visita ya no dejaban subirse –eso sí, en el ‘96 no permitían subir al basamento donde se encuentra el Chac Mol– y tampoco permitían ingresar a la pirámide interna de la Pirámide de Kukulkán donde se encuentra el Jaguar con los Ojos de Jade –aun recuerdo la humedad sofocante de ese lugar–.

En abril de 2010, cuando César y yo fuimos a festejar nuestro 3º aniversario al sureste mexicano, uno de mis máximos deseos era entrar al Templo de las Inscripciones, en Palenque, y conocer en vivo y en directo la tumba del rey Pakal II, uno de los más grandes gobernantes de la civilización maya, con quien la ciudad floreció, se construyeron innumerables edificios públicos y se alcanzó un grado de estética sin par.

Subimos por una selvática y escalonada cuesta, acompañados por exuberante vegetación, llegamos a la explanada e iniciamos nuestro recorrido: el Templo del Conde, el Conjunto de las Cruces, el Palacio y finalmente divisamos el Templo de las Inscripciones… cerrado al público.

Qué sentimiento me invadió, qué impotencia el no poder entrar ahí… Sin embargo, con todo y la nostalgia a flor de piel pero el raciocinio bien plantado, comprendo que esa situación se esté extendiendo en los sitios arqueológicos del mundo: esos lugares no fueron concebidos para la afluencia masiva de personas. Incluso, hay templos a los que sólo entraban los sacerdotes y/o la clase gobernante, así que los tumultos sólo están deteriorando las estructuras –y peor aun conociendo lo desordenados, desobedientes e irrespetuosos que son algunos turistas–.

Todo esto viene a colación porque justo en estos días el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), en coordinación con la UNAM, sellaron finalmente la tumba de Pakal II. Imagino perfecto la escena y me emociono: expertos maniobrando bajo el intenso calor del sitio, con precisión milimétrica, para colocar la misma lápida de 7 toneladas que hace 1,300 años cobijara el reposo eterno del ilustre personaje.

Alegrémonos al poder ir a los sitios arqueológicos y admirar su grandeza desde afuera; sintámonos satisfechos de tener la fortuna de conocer esos lugares gracias a las labores de preservación; y, finalmente, deleitémonos con los trabajos preparados para el visitante en los museos de sitio, que permiten conocer réplicas espléndidas como es el caso de la misma tumba de Pakal II; es mejor así.

(A propósito, a principios de este mes también cerraron la Tumba de Tutankamon, en Egipto. Y aquí no sé qué esperan para prohibir que la gente siga subiendo a la Pirámide del Sol, en Teotihuacan, particularmente durante cada llegada de la primavera; por negligencias como esa se derrumbó la Casa de los Gladiadores en Pompeya, Italia, en noviembre de 2010; claro, las autoridades tienden a anteponer el interés económico sobre el cultural, y cerrar un centro turístico de esa magnitud, aunque sea temporalmente, les resulta impensable –aunque tampoco le inviertan un quinto de las ganancias a su conservación–).

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