viernes, 14 de mayo de 2010

Lo 'british'

Por aquello del ‘ahora o nunca’, la semana pasada cruzamos el Atlántico para festejar por adelantado el cumpleaños de mi mamá en Londres. Fue toda una experiencia, de lo más enriquecedora, intensa, divertida y plena, en la cual caminamos como enloquecidos, subimos y bajamos innumerables escaleras en el metro, entramos y salimos de un recinto para entrar a otro, tomamos todas las fotos que pudimos y nos desconectamos completamente de la cotidianidad, siendo nuestras únicas preocupaciones la hora de apertura y cierre de los lugares que visitaríamos, el lugar donde comeríamos y que el tiempo se hiciera largo largo para ver todo.

Reino Unido en sí es otro mundo, pues no compartimos con ellos gran cosa: ni la raíz lingüística, ni la religión, ni los estilos artísticos, ni la forma de gobierno, ni las costumbres, ni el clima – por cierto, bendito nuestro clima, porque si bien es cierto que la primavera cubría aquellos lares, el aire llegaba a estar tan helado como el invierno más crudo en la Ciudad de México. Pero aun así, con el cuello cubierto y una buena chamarra todo tiene solución!! –.

Ya hablando de Londres, con su interminable caudal de historia, sus rincones, lugares y cielos, encontramos una ciudad cosmopolita, actual pero al mismo tiempo clásica, con una mezcla de culturas que no habíamos vivido anteriormente – la cantidad de mujeres con velos, desde los hiyabs hasta los escalofriantes niqabs, era enorme, lo mismo la diversidad de lenguas que escuchaba uno por doquier –.

Me impresionaron muchísimo los acervos museísticos que posee: la National Gallery albergando los famosos girasoles de Van Gogh y el matrimonio Arnolfini de Van Eyck; el Museo de Ciencia con un piso repleto de barcos y navíos de todos los tiempos; el Museo de Ciencias Naturales y sus fósiles; y el Churchill Museum y los Cabinet War Rooms en los que se reunía bajo tierra ese famoso Primer Ministro inglés durante la Segunda Guerra Mundial.

También visitamos el Imperial War Museum y su impactante sala dedicada al Holocausto; la Tate Modern y su bien documentada línea del tiempo con los movimientos artísticos del siglo XX; el Sherlock Holmes Museum con una infinidad de detalles en torno al mítico personaje; y el British Museum, simplemente colosal, con algunos de los vestigios más importantes de las antiguas culturas, entre ellos las esculturas del frontón, buena parte de los frisos y las metopas del Partenón, la Piedra Roseta, sarcófagos egipcios, muros asirios y algunas figuras aztecas finísimamente trabajadas en turquesa.

Y si vamos más allá de los museos, tenemos la Torre de Londres, que en realidad es una fortaleza en la que puede uno admirar las joyas de la corona y las armaduras de los reyes británicos, además del lugar en sí que es de un medieval ignoto para nosotros; el conjunto de Westminster, que incluye la abadía, la iglesia de Santa Margarita con los restos de Sir Walter Raleigh y el Parlamento; la Catedral de San Pablo, espectacular, con una cúpula de ensueño; y el Big Ben, con su elegante combinación negro y oro y su permanente mirada a la ciudad.

Entre los emblemáticos y muy tradicionales, presenciamos el cambio de guardia, que congrega a cientos de personas diariamente en las inmediaciones del Palacio de Buckingham para ver a los uniformados con sombrero alto de pelo de oso; nos tocó una ceremonia de guardias a caballo, decenas de ellos, con orquesta montada y todo; también fuimos al teatro a ver Mamma mia, la puesta en escena original que lleva 11 años con llenos totales – nos constó, es excelente!! –; y no podía faltar la foto cruzando la calle Abbey Road por el paso de cebra como hicieron los Beatles en los años sesenta para la portada de uno de sus discos. Esa fue toda una hazaña, porque lejos de ser una avenida con semáforo que permita hacer las maniobras pertinentes, es una pequeña calle en zona residencial donde los autos pasan como bólidos, lo cual hace que uno se juegue la vida en el intento por una imagen – que naturalmente nunca se verá como la de John, Paul, George y Ringo –.

Por último, pero nunca menos importante, la parte gastronómica: qué buena es la comida inglesa, que no sé por qué se ha ganado tan mala fama… el fish & chips, los puddings dulces y salados, el roast beef y las papas rostizadas, todo es delicioso!! También incluyo en este rubro el pastel de zanahoria, los sandwichitos – con pan diferente al que come uno acá –, los jugos envasados – con sabores tan locos para el estándar europeo como lichi, guanábana y papaya – y por supuesto el té, que si hay algo muy ‘british’ en este mundo es el mismísimo té.

Y así podría seguir y seguir y seguir contándoles cualquier cantidad de detalles, vivencias, chocoaventuras, bocaditos, anuncios, datos de la elección (allá estábamos cuando ocurrió), comparaciones constructivas, cabinas telefónicas rojas y cerradas, parques inmensos, el jardín más hermoso que he visto en mi vida (que fue en el Palacio de Kensington, con todos los colores de tulipanes que uno pudiera imaginar) y un etcétera que aparece eterno!!

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