Hace unas semanas, la UNAM recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2009, por ser un semillero natural de científicos y artistas de México e Iberoamérica, además de haber tendido la mano a los intelectuales del exilio español durante la Guerra Civil de ese país.
Como ustedes saben, tuve la fortuna de estudiar ahí durante tres años y verdaderamente celebro el reconocimiento hecho a la Máxima Casa de Estudios – que aunque en el mercado laboral está subvaluada siempre será la más grande por su corazón humanista – porque el legado a los estudiantes no sólo es académico, sino de vida.
Algo que me gustaba mucho de la Universidad era el respeto a la diferencia: uno pasó el kínder, la primaria, secundaria y prepa con personas del mismo espectro socio económico, así que las pláticas, los gustos y las experiencias de vida eran similares. Llegar a la UNAM fue descubrir los múltiples Méxicos de los que se compone esta sociedad.
Había compañeros de clase que seguían hablando de marxismo cuando hacía años había caído el bloque socialista, había hijos de político que por las mañanas iban a la Ibero u otros institutos y por la tarde se daban su baño de pueblo en la facultad, y había otros que llegaban a faltar un día a la escuela porque no habían tenido recursos para tomar el transporte público y llegar a clase… Y todos convivíamos en santa paz (eso sí, hasta que llegó la huelga y se rompió el encanto).
En la UNAM aprendí lo que es el cine de arte, a disfrutar de una buena lectura tumbada en los prados, a reírme ante escenas tan surrealistas como ver un perro callejero husmeando en las aulas sin que nadie lo saque, a lidiar con la médula de la burocracia nacional, a ver vendedores en los andadores de la facultad y a deleitarme con las visitas a la biblioteca.
También aprendí a transitar hasta con los ojos cerrados por todo el campus, a disfrutar de las deliciosas ensaladas que vendían en Diseño Gráfico, a utilizar internet y a reconocer la ubicación y autoría de buena parte de los murales de Ciudad Universitaria, magna obra, también reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2007.
A pesar de que tuve que cambiar de escuela, de la UNAM me llevé unas excelentes clases de historia del siglo XX, la crítica social, una de las mejores empapadas de mi vida, las clases de francés donde aprendí y me divertí mucho, los paseos por el jardín botánico y el bioterio, las idas al cinito del Centro Cultural Universitario con Lita y un sinnúmero de momentos y lugares que siempre tendrán un lugar especial en mi memoria.
Pero lo mejor, lo mejor, lo mejor que me dio la UNAM, fue la bendición de conocer a César hace 11 años, 1 mes, 17 días. Simplemente por eso valió la pena y con creces haber estado ahí.
Como ustedes saben, tuve la fortuna de estudiar ahí durante tres años y verdaderamente celebro el reconocimiento hecho a la Máxima Casa de Estudios – que aunque en el mercado laboral está subvaluada siempre será la más grande por su corazón humanista – porque el legado a los estudiantes no sólo es académico, sino de vida.
Algo que me gustaba mucho de la Universidad era el respeto a la diferencia: uno pasó el kínder, la primaria, secundaria y prepa con personas del mismo espectro socio económico, así que las pláticas, los gustos y las experiencias de vida eran similares. Llegar a la UNAM fue descubrir los múltiples Méxicos de los que se compone esta sociedad.
Había compañeros de clase que seguían hablando de marxismo cuando hacía años había caído el bloque socialista, había hijos de político que por las mañanas iban a la Ibero u otros institutos y por la tarde se daban su baño de pueblo en la facultad, y había otros que llegaban a faltar un día a la escuela porque no habían tenido recursos para tomar el transporte público y llegar a clase… Y todos convivíamos en santa paz (eso sí, hasta que llegó la huelga y se rompió el encanto).
En la UNAM aprendí lo que es el cine de arte, a disfrutar de una buena lectura tumbada en los prados, a reírme ante escenas tan surrealistas como ver un perro callejero husmeando en las aulas sin que nadie lo saque, a lidiar con la médula de la burocracia nacional, a ver vendedores en los andadores de la facultad y a deleitarme con las visitas a la biblioteca.
También aprendí a transitar hasta con los ojos cerrados por todo el campus, a disfrutar de las deliciosas ensaladas que vendían en Diseño Gráfico, a utilizar internet y a reconocer la ubicación y autoría de buena parte de los murales de Ciudad Universitaria, magna obra, también reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2007.
A pesar de que tuve que cambiar de escuela, de la UNAM me llevé unas excelentes clases de historia del siglo XX, la crítica social, una de las mejores empapadas de mi vida, las clases de francés donde aprendí y me divertí mucho, los paseos por el jardín botánico y el bioterio, las idas al cinito del Centro Cultural Universitario con Lita y un sinnúmero de momentos y lugares que siempre tendrán un lugar especial en mi memoria.
Pero lo mejor, lo mejor, lo mejor que me dio la UNAM, fue la bendición de conocer a César hace 11 años, 1 mes, 17 días. Simplemente por eso valió la pena y con creces haber estado ahí.
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