viernes, 22 de mayo de 2009

AH1N1: fases ‘coloquiales’ de la epidemia

Etapa 1: el diagnóstico formal

Primero se reportó un caso, luego otro y al poco rato uno más. En menos de lo que canta un gallo la nota daba la vuelta al mundo: un nuevo virus se cernía sobre la humanidad, empezando el azote desde México y expandiéndose a todos los rincones del orbe a través de la gente que estuvo en el Distrito Federal.

La Secretaría de Salud lanzó las primeras alertas sanitarias: se trataba de una nueva variedad de virus de influenza, el cual se diferencia de una gripe común por generar mayor grado de fiebre, dolor muscular, de cabeza y debilidad.

Se transmite mediante saliva expulsada al hablar, toser o estornudar, o al tocar superficies y telas contaminadas, incluyendo manijas de puertas y barandales. El virus sobrevive entre 48 y 72 horas, por lo que se recomienda a la población lavarse frecuentemente las manos, no saludar de mano ni de beso, cubrirse la boca al estornudar, evitar aglomeraciones y utilizar tapabocas.

Etapa 2: el pánico

¡¡¡¡Horror, parálisis, hecatombe absoluta!!!! La gente se desbordó en busca de gel antibacterial, cloro, toallas con desinfectante, guantes desechables y por supuesto cubrebocas. En poco tiempo ni la farmacia más ‘piojito’ contaba con alguno de estos artículos.

Se suspendieron clases y poco a poco las actividades cotidianas se fueron diluyendo: no había cines, ni jornada laboral, ni museos, ni restaurantes, ni espacios públicos que parecieran libres de sospecha. Todos a su casa, a guardarse se ha dicho, enciérrense por si las ‘flies’.

Ya en casa la suspicacia se desataba: ¿y si la contingencia se extiende, qué tal si pasan las semanas y no es posible salir por comida? La multitud se volcó a vaciar congeladores y estanterías de supermercados en busca de alimentos que pudieran hacer llevadero un potencial encierro. Así se terminaron el pollo, las verduras, el atún enlatado y hasta el helado (en serio, a mi mamá le consta!!).

Etapa 3: la desconfianza

Las escuelas reiniciaron sus actividades, los decesos comenzaron a espaciarse, lo mismo que los casos reportados. El letargo empezó a sacudírsele a la ciudad. Pero, ¿no se estaría ocultando la gravedad de la situación? No ha faltado quien diga que todo es un invento de año electoral, ‘business’ de alguien o una artimaña para vender Pemex (¿¿¿¿????).

Había que regresar al trabajo, de nuevo tomar el metro y andar en la calle. Muchos todavía con el tapabocas bien puesto (más vale prevenir), observándose unos a otros con cierta sospecha: cualquiera podría ser portador del virus. En medio del silencio del trayecto o de la espera que ahora impera en la oficina por aquello de que estamos en área internacional y nadie vendrá en un buen rato, un estornudo y ¡¡el diablo en bicicleta, todos a correr!! ¿Y si el infeliz no se tapó la boca, y si el germen se mete por un costado del cubrebocas o me cae en un ojo?

Y la misma preocupación al momento de abrir una puerta, cortar una toalla de papel para secarse las manos en el baño, apretar los botones en el elevador, usar el teléfono en las oficinas, pagar en el autobús, etc… Algunos describirían la situación como ‘enrarecida’.

Etapa 4: la ‘pena chusca’

La población, en general, ha procurado aplicar las medidas sugeridas por la autoridad sanitaria para prevenir el contagio de influenza, principalmente lavarse las manos constantemente, aplicarse gel desinfectante y utilizar cubrebocas.

Este último ha sido la variedad de los últimos días, porque más que por prevención, se tiende a simular su uso ‘para que no se diga que no se cumple’. Por ejemplo, para muchos, el tapabocas sirve de corbata de moño o mascada para traerlo sudando en el cuello, generando un microclima propio (con todo y sus bacterias…), no para tapar nariz y boca con la finalidad de evitar contagios.

También es absurdo que la gente, habiéndose subido a un vagón saturado del metro, apenas ahí se ponga el cubrebocas entre la multitud, o lo haga luego de terminar el helado que venían comiendo desde la calle (doblemente equivocado porque en este contexto está contraindicado comer en el transporte público).

Y qué decir de los ‘polis’ que reparten tapabocas en la calle o en oficinas públicas: algunos ni siquiera traen guantes, sino que los dan con la mano pelona, contaminando con antelación el utensilio. O la medida aplicada en las panaderías donde se exige que pongan cortinillas para que los productos no se contaminen, pero al llegar al mostrador para que lo pongan en bolsa, la persona que atiende lo envuelve en hojas de plástico que toca directamente con las manos, no dejando exento al pan de microbios.

Y qué tal aquellos que toman un tapabocas, este cae al piso, luego lo recogen y se lo ponen, sin importar qué lado estuvo en contacto con el suelo; como darle un sorbo a las aguas negras, ajt…

También es curiosa la aplicación de gel desinfectante, porque en la mañana ve uno muchos módulos que con ese fin se colocan en el metro, pero a las 2 de la tarde, hora súper pico en el transporte público con el agravante de las altas temperaturas y que la gente no está recién bañada, no hay un solo fulano con botecito de gel en la mano.

Etapa 5: la moraleja en curso


Todo esto de la influenza ha desatado la locura colectiva al tiempo que ha puesto al descubierto severas deficiencias, tanto del plano privado como del público. Por una parte los hábitos de higiene, pues tal parece que la gente no necesariamente se lava las manos cuando debiera, tampoco acostumbra taparse la boca para toser o estornudar y la mayoría no utiliza correctamente el tapabocas.

Por otro lado, en los planteles educativos públicos han surgido anomalías inaceptables, como aquello de aumentar de forma emergente los recursos para garantizar que todas las escuelas tengan agua y jabón; ¿Cómo que una medida extraordinaria? Agua y jabón deben ser pan de cada día en esos lugares!!!!

Pero mientras se decide si son peras o manzanas, sigamos aplicando medidas preventivas y ocupémonos en lugar de preocuparnos para no caer en paranoia, porque eso sí, esto aun no se acaba.

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