Hace poco, por circunstancias del trabajo, en una misma semana visité un Centro Cultural para Adultos Mayores, que depende del INAPAM – antes INSEN –, así como tres Estancias Infantiles para Apoyar a Madres Trabajadoras. Ambas iniciativas han sido instrumentadas desde la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL), es decir, desde la institución donde trabajo. Ambas experiencias fueron verdaderamente enriquecedoras.
En el primer caso, el objetivo es contar con espacios donde los adultos mayores tomen diversas clases al tiempo que se interrelacionan. Ahí estaba la gente tocando guitarra, pintando, tejiendo, haciendo repujado, vitromosaico, tai chi y aprendiendo a usar las computadoras e internet. También tenían una exposición de textiles que habían elaborado en el taller de bordado.
En el segundo, el gobierno federal promueve la creación de guarderías a cargo de la ciudadanía, con la finalidad de proporcionar a las madres trabajadoras y padres solos un lugar donde sus hijos estén cuidados y seguros mientras laboran.
Vistos así, ambos programas suenan a mera institucionalidad, a fotos con caritas felices. Pero conocer las historias de la gente que asiste a esos lugares, verlos y saberlos de carne y hueso, hace la diferencia. Por ejemplo, la directora del INAPAM dijo que también cuentan con albergues, y que conocerlos es muy duro porque hay infinidad de casos en los cuales los familiares abandonan a los adultos mayores y se desentienden para siempre de ellos.
En cuanto a los niños de las estancias, uno ve a decenas de pequeñitos jugando, sonriendo, muy contentos de permanecer 6 o hasta 8 horas en ese lugar, donde cantan, reciben tres alimentos al día y aprenden buenos hábitos, cuando su origen son familias disfuncionales que presentan violencia intrafamiliar, sus padres o madres padecen adicciones, alguno de ellos está en prisión o no dudan en llevar a los menores al supermercado para regalarlos.
El abandono, la soledad y el maltrato son el alimento diario de miles de personas, y las condiciones en que se desarrollan no siempre son las mejores. Y no necesita uno ir al centro para adultos mayores o a la guardería para darse cuenta de ello.
Por ejemplo, en mi oficina hay una señora de más de ochenta años que está seis días de la semana hasta las nueve de la noche lavando los baños, de rodillas, así de frágil como está. Y hay otra viejecita en el metro C.U. que vende chicles desde que abre la estación, como a las 5:30 o 6:00 hrs., así llueva, truene, haga frío, cierren la avenida o suceda cualquier eventualidad en los alrededores.
O los niños: sale uno y en el puesto de periódicos de la acera contraria a SEDESOL hay un bebé al que tienen en una caja de cartón, con un trapito por cobija para protegerlo del viento, o los chiquitos a los que llevan en el transporte público a las 7 u 8 de la mañana, entre empujones, corrientes de aire y el gentío de hora pico a pie.
Todo lo anterior me llevó a pensar que somos muy afortunados por tener lo que tenemos, porque ninguno escoge dónde nace. Así, hay que dar gracias a Dios porque nuestros niños y adultos mayores comen todos los días, porque pueden ir al médico, toman leche caliente, se bañan a diario, tienen una infinidad de bienes materiales y duermen arropados en una rica y mullida cama. Y eso por mencionar únicamente las necesidades básicas, porque definitivamente, qué afortunados somos.
En el primer caso, el objetivo es contar con espacios donde los adultos mayores tomen diversas clases al tiempo que se interrelacionan. Ahí estaba la gente tocando guitarra, pintando, tejiendo, haciendo repujado, vitromosaico, tai chi y aprendiendo a usar las computadoras e internet. También tenían una exposición de textiles que habían elaborado en el taller de bordado.
En el segundo, el gobierno federal promueve la creación de guarderías a cargo de la ciudadanía, con la finalidad de proporcionar a las madres trabajadoras y padres solos un lugar donde sus hijos estén cuidados y seguros mientras laboran.
Vistos así, ambos programas suenan a mera institucionalidad, a fotos con caritas felices. Pero conocer las historias de la gente que asiste a esos lugares, verlos y saberlos de carne y hueso, hace la diferencia. Por ejemplo, la directora del INAPAM dijo que también cuentan con albergues, y que conocerlos es muy duro porque hay infinidad de casos en los cuales los familiares abandonan a los adultos mayores y se desentienden para siempre de ellos.
En cuanto a los niños de las estancias, uno ve a decenas de pequeñitos jugando, sonriendo, muy contentos de permanecer 6 o hasta 8 horas en ese lugar, donde cantan, reciben tres alimentos al día y aprenden buenos hábitos, cuando su origen son familias disfuncionales que presentan violencia intrafamiliar, sus padres o madres padecen adicciones, alguno de ellos está en prisión o no dudan en llevar a los menores al supermercado para regalarlos.
El abandono, la soledad y el maltrato son el alimento diario de miles de personas, y las condiciones en que se desarrollan no siempre son las mejores. Y no necesita uno ir al centro para adultos mayores o a la guardería para darse cuenta de ello.
Por ejemplo, en mi oficina hay una señora de más de ochenta años que está seis días de la semana hasta las nueve de la noche lavando los baños, de rodillas, así de frágil como está. Y hay otra viejecita en el metro C.U. que vende chicles desde que abre la estación, como a las 5:30 o 6:00 hrs., así llueva, truene, haga frío, cierren la avenida o suceda cualquier eventualidad en los alrededores.
O los niños: sale uno y en el puesto de periódicos de la acera contraria a SEDESOL hay un bebé al que tienen en una caja de cartón, con un trapito por cobija para protegerlo del viento, o los chiquitos a los que llevan en el transporte público a las 7 u 8 de la mañana, entre empujones, corrientes de aire y el gentío de hora pico a pie.
Todo lo anterior me llevó a pensar que somos muy afortunados por tener lo que tenemos, porque ninguno escoge dónde nace. Así, hay que dar gracias a Dios porque nuestros niños y adultos mayores comen todos los días, porque pueden ir al médico, toman leche caliente, se bañan a diario, tienen una infinidad de bienes materiales y duermen arropados en una rica y mullida cama. Y eso por mencionar únicamente las necesidades básicas, porque definitivamente, qué afortunados somos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario