La ida al museo es toda una experiencia sensorial, cognitiva, de entretenimiento y de vida. Es el contacto con otros mundos, con otros tiempos. Son otras atmósferas, otros paisajes; aquellos materiales, símbolos y esencias que trascienden hasta formar lo que ahora somos en cada rincón de la historia.
El fin de semana pasado fuimos a ver Isis y la Serpiente Emplumada al Museo Nacional de Antropología y, como era de esperarse, salimos con un excelente sabor de boca (aunque cabe señalar que es extremadamente larga, que el espacio fue insuficiente para tan ambicioso proyecto y que fue forzado incluir tanto a Isis como a Quetzalcóatl en una misma muestra). Sin embargo, exposiciones masivas van y exposiciones masivas vienen y la gente sigue sin tener educación para los museos. Con esto me refiero a las mínimas normas que se deben acatar para completar la experiencia museística antes descrita.
Primeramente NO TOCAR. Una regla fundamental en cualquier museo es la de mantener distancia del material expuesto. No sólo para apreciar mejor las obras, en el caso de lo artístico, sino porque el contacto puede deteriorar los materiales. En Antropología, no entrábamos todavía a la exposición y dos chavitos desbocados ya estaban tocando una escultura de piedra monumental a la entrada del recinto… y en las narices de un pseudo elemento de seguridad que daba las instrucciones. Todas, excepto el no tocar (y por supuesto que le recordé que la dijera…).
Luego viene el respeto al orden. Si la gente está haciendo fila para ver algo, o te formas o te conformas con ver desde gayola. Ah no, pues la gente se mete a empujones y todo, sin importar que los de la fila tienen preferencia. O si están en segundo plano, se indignan porque la gente de la línea les ‘tapa’ lo expuesto…
Y lo que nunca puede faltar: no atravesarse. Es típico que uno está leyendo las fichas museográficas o viendo alguna pieza con la distancia adecuada y algún infeliz se cruza justo en frente, así, sin más, sin pena alguna. En esos casos, no puedo evitar decir de manera sarcástica ‘¿No te estorbo?...’ Y lo peor es que ni se dan por aludidos…
Esas por mencionar las más elementales, porque también están los que toman fotos aun cuando la indicación es ‘no fotos’, o los que introducen alimentos cuando la indicación es ‘no alimentos’, o la nueva de utilizar una audioguía, con la cual van haciendo mosca por todo el museo porque se desconectan del entorno y van dando tumbos entre las vitrinas (y eso que, afortunadamente, ahí no dejaban entrar niños con cuaderno para copiar con puntos y comas lo que ahí se dice: esos también hacen mucha mosca y no les aporta nada…).
Definitivamente, debería haber una antesala donde gente capacitada impartiera, en una brevísima sesión de entre 5 y 10 minutos, el A, B, C de lo expuesto para evitar que la gente se quiera pasar de lista o que de plano atropellen el derecho que tienen los demás a disfrutar de una visita al museo.
De lo que no queda duda es que el mexicano es vivalillo hasta en el museillo, porque ni quiere hacer filas, ni quiere respetar, ni dejar de hacer lo que le dé la gana. Qué gente…
El fin de semana pasado fuimos a ver Isis y la Serpiente Emplumada al Museo Nacional de Antropología y, como era de esperarse, salimos con un excelente sabor de boca (aunque cabe señalar que es extremadamente larga, que el espacio fue insuficiente para tan ambicioso proyecto y que fue forzado incluir tanto a Isis como a Quetzalcóatl en una misma muestra). Sin embargo, exposiciones masivas van y exposiciones masivas vienen y la gente sigue sin tener educación para los museos. Con esto me refiero a las mínimas normas que se deben acatar para completar la experiencia museística antes descrita.
Primeramente NO TOCAR. Una regla fundamental en cualquier museo es la de mantener distancia del material expuesto. No sólo para apreciar mejor las obras, en el caso de lo artístico, sino porque el contacto puede deteriorar los materiales. En Antropología, no entrábamos todavía a la exposición y dos chavitos desbocados ya estaban tocando una escultura de piedra monumental a la entrada del recinto… y en las narices de un pseudo elemento de seguridad que daba las instrucciones. Todas, excepto el no tocar (y por supuesto que le recordé que la dijera…).
Luego viene el respeto al orden. Si la gente está haciendo fila para ver algo, o te formas o te conformas con ver desde gayola. Ah no, pues la gente se mete a empujones y todo, sin importar que los de la fila tienen preferencia. O si están en segundo plano, se indignan porque la gente de la línea les ‘tapa’ lo expuesto…
Y lo que nunca puede faltar: no atravesarse. Es típico que uno está leyendo las fichas museográficas o viendo alguna pieza con la distancia adecuada y algún infeliz se cruza justo en frente, así, sin más, sin pena alguna. En esos casos, no puedo evitar decir de manera sarcástica ‘¿No te estorbo?...’ Y lo peor es que ni se dan por aludidos…
Esas por mencionar las más elementales, porque también están los que toman fotos aun cuando la indicación es ‘no fotos’, o los que introducen alimentos cuando la indicación es ‘no alimentos’, o la nueva de utilizar una audioguía, con la cual van haciendo mosca por todo el museo porque se desconectan del entorno y van dando tumbos entre las vitrinas (y eso que, afortunadamente, ahí no dejaban entrar niños con cuaderno para copiar con puntos y comas lo que ahí se dice: esos también hacen mucha mosca y no les aporta nada…).
Definitivamente, debería haber una antesala donde gente capacitada impartiera, en una brevísima sesión de entre 5 y 10 minutos, el A, B, C de lo expuesto para evitar que la gente se quiera pasar de lista o que de plano atropellen el derecho que tienen los demás a disfrutar de una visita al museo.
De lo que no queda duda es que el mexicano es vivalillo hasta en el museillo, porque ni quiere hacer filas, ni quiere respetar, ni dejar de hacer lo que le dé la gana. Qué gente…
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