La verdad no me gusta la perorata de género. Se habla mucho de los derechos de la mujer, de su condición de vulnerabilidad y fragilidad social, pero nadie se ha dado cuenta que eso nos aleja aún más de la equidad entre hombres y mujeres.
Hablar de género haciendo alusión a las mujeres anula per se al otro género, el masculino, provocando que en ciertos ámbitos se revierta la tendencia discriminatoria y dando mayor juego al doble discurso. Juzguen ustedes:
- Se quiere que los padres participen en la atención y cuidados del hijo recién nacido cuando la ley sólo otorga a la mujer cierto número de días para el mismo fin, dejando al hombre ajeno a la nueva dinámica del hogar.
- Se quiere eliminar la violencia de género cuando en muchos casos son las mismas mujeres las que golpean a los hijos cuando son menores de edad, creándoles secuelas psicológicas que más tarde reflejan en sus nuevos entornos.
- Se quiere que las mujeres tengan mayor presencia en ámbitos como la ciencia o la política cuando a los hombres se les limita el ingreso a ramas como la enfermería o la pedagogía.
- Se quiere que los hombres participen de las labores domésticas cuando son las mismas mujeres las que les impiden ingresar a “sus espacios” porque pueden ensuciar, porque no saben, porque según su criterio no conocen el cómo de los menesteres del hogar.
No es que pretenda hacer una apología masculina, pero la vida no debe ser un péndulo, viviendo de extremo a extremo en una especie de revanchismo que no lleva a ninguna parte, porque el ‘quítate tú para ponerme yo’ y ‘me hiciste, ahora te la cobro’ no es bueno, así como tampoco es buena la ‘dictadura de género’ que pretenden con aquello de “arriba las mujeres”.
Las mujeres no deben utilizar su condición para obtener privilegios y hacer que la balanza, en lugar de equilibrarse hacia el centro, se incline a su favor. Por ejemplo, imponerse de la peor manera para que forzosamente les cedan el asiento en el transporte público, o que pretendan no hacer fila y pasar antes para realizar un trámite o ingresar a un espectáculo por el simple hecho de ser mujeres. Ese tipo de chantaje está completamente fuera de lugar.
Ambos géneros deben aportar lo mejor de sus capacidades en cualquiera de sus ámbitos de acción, garantizando siempre su participación por igual y sin importar que los colaboradores sean hombres o mujeres. Asimismo, cada parte debe reconocer sus limitaciones y no extrapolar su realidad, pretendiéndose completamente iguales. Somos diferentes y en ello radica la complementariedad inter-género. Ahí está el encanto de la convivencia y el aprendizaje en las relaciones humanas.
Y más que seguir en la dinámica de cuál es la política de género que queremos, estoy segura que las cosas habrán cambiado cuando no se hable más de política de género.
Hablar de género haciendo alusión a las mujeres anula per se al otro género, el masculino, provocando que en ciertos ámbitos se revierta la tendencia discriminatoria y dando mayor juego al doble discurso. Juzguen ustedes:
- Se quiere que los padres participen en la atención y cuidados del hijo recién nacido cuando la ley sólo otorga a la mujer cierto número de días para el mismo fin, dejando al hombre ajeno a la nueva dinámica del hogar.
- Se quiere eliminar la violencia de género cuando en muchos casos son las mismas mujeres las que golpean a los hijos cuando son menores de edad, creándoles secuelas psicológicas que más tarde reflejan en sus nuevos entornos.
- Se quiere que las mujeres tengan mayor presencia en ámbitos como la ciencia o la política cuando a los hombres se les limita el ingreso a ramas como la enfermería o la pedagogía.
- Se quiere que los hombres participen de las labores domésticas cuando son las mismas mujeres las que les impiden ingresar a “sus espacios” porque pueden ensuciar, porque no saben, porque según su criterio no conocen el cómo de los menesteres del hogar.
No es que pretenda hacer una apología masculina, pero la vida no debe ser un péndulo, viviendo de extremo a extremo en una especie de revanchismo que no lleva a ninguna parte, porque el ‘quítate tú para ponerme yo’ y ‘me hiciste, ahora te la cobro’ no es bueno, así como tampoco es buena la ‘dictadura de género’ que pretenden con aquello de “arriba las mujeres”.
Las mujeres no deben utilizar su condición para obtener privilegios y hacer que la balanza, en lugar de equilibrarse hacia el centro, se incline a su favor. Por ejemplo, imponerse de la peor manera para que forzosamente les cedan el asiento en el transporte público, o que pretendan no hacer fila y pasar antes para realizar un trámite o ingresar a un espectáculo por el simple hecho de ser mujeres. Ese tipo de chantaje está completamente fuera de lugar.
Ambos géneros deben aportar lo mejor de sus capacidades en cualquiera de sus ámbitos de acción, garantizando siempre su participación por igual y sin importar que los colaboradores sean hombres o mujeres. Asimismo, cada parte debe reconocer sus limitaciones y no extrapolar su realidad, pretendiéndose completamente iguales. Somos diferentes y en ello radica la complementariedad inter-género. Ahí está el encanto de la convivencia y el aprendizaje en las relaciones humanas.
Y más que seguir en la dinámica de cuál es la política de género que queremos, estoy segura que las cosas habrán cambiado cuando no se hable más de política de género.
No hay comentarios:
Publicar un comentario