En todo el mundo, el discurso del ‘empoderamiento femenino’ está en boga. Con ese término – que en lo particular me parece una ridiculez por lo que en la práctica se puede constatar – se hace referencia al posicionamiento de las mujeres en círculos laborales, económicos y sociales.
La política no es la excepción y es donde más patente resulta esa escalada femenina. El último ejemplo es el de las elecciones argentinas, en las cuales resultó ganadora la candidata Cristina Fernández, que toma posesión el próximo 10 de diciembre. Si vemos su curriculum, nos daremos cuenta que es abogada, que milita en el Partido Justicialista y que ha estado en la política desde hace varios años. Es decir, ha recorrido un trecho para llegar hasta ahí.
Sin embargo, existe un dato que, a mi juicio, elimina buena parte del mérito: es esposa del mandatario saliente del mismo país, Néstor Kirchner. ¿Porqué lanzarse por la presidencia en ese momento, porqué utilizar toda la maquinaria estatal argentina para posicionarse en las preferencias del electorado, porqué no esperar a que pasaran algunos años para soñar de nuevo con la Casa Rosada, porqué aprovecharse del apellido, porqué el discurso de las mujeres para ganar adeptos, porqué dar pie al ‘kirchnerismo’, porqué imponerse como se impuso?
Hay que saber cuándo es el tiempo para hacer las cosas, mas eso no significa ‘aprovecharse de la coyuntura’, sino saber llegar con una trayectoria propia, sin ‘empujoncitos’ de ninguna índole. Ahí tenemos, en contraposición, el caso de Hillary Clinton. Durante la presidencia de su esposo, ella supo continuar con sus propias actividades al tiempo que desempeñó decorosamente el papel de Primera Dama.
De eso hace ya 6 años, tiempo en el cual la también senadora demócrata ha sabido moverse en el espectro político de su país sumando apoyos a su causa, recaudando fondos y haciéndose de una imagen propia, sin importar el peso del apellido y el hecho de que William Clinton fue un presidente que supo dar rumbo a la nación estadounidense. Eso hace la abismal diferencia.
Las mujeres que lleguen a ocupar cargos de alto nivel deben ser aquellas comprometidas con las causas, íntegras, no un puñado de féminas resentidas con la vida, aquellas que con el poder pretenden desquitarse con el mundo por sus propios complejos, sus propias inseguridades, porque a pesar del puesto siempre se sentirán inferiores y actuarán en consecuencia.
Como un consejo, yo diría a las mujeres que no se mimeticen con lo que tanto les molestó del sistema masculino, sino que aporten a éste su lado femenino para transformarlo, esas cualidades que socialmente se reconocen en todas las mujeres: un gran sentido de la responsabilidad, trabajo comprometido y una buena dosis de creatividad.
La política no es la excepción y es donde más patente resulta esa escalada femenina. El último ejemplo es el de las elecciones argentinas, en las cuales resultó ganadora la candidata Cristina Fernández, que toma posesión el próximo 10 de diciembre. Si vemos su curriculum, nos daremos cuenta que es abogada, que milita en el Partido Justicialista y que ha estado en la política desde hace varios años. Es decir, ha recorrido un trecho para llegar hasta ahí.
Sin embargo, existe un dato que, a mi juicio, elimina buena parte del mérito: es esposa del mandatario saliente del mismo país, Néstor Kirchner. ¿Porqué lanzarse por la presidencia en ese momento, porqué utilizar toda la maquinaria estatal argentina para posicionarse en las preferencias del electorado, porqué no esperar a que pasaran algunos años para soñar de nuevo con la Casa Rosada, porqué aprovecharse del apellido, porqué el discurso de las mujeres para ganar adeptos, porqué dar pie al ‘kirchnerismo’, porqué imponerse como se impuso?
Hay que saber cuándo es el tiempo para hacer las cosas, mas eso no significa ‘aprovecharse de la coyuntura’, sino saber llegar con una trayectoria propia, sin ‘empujoncitos’ de ninguna índole. Ahí tenemos, en contraposición, el caso de Hillary Clinton. Durante la presidencia de su esposo, ella supo continuar con sus propias actividades al tiempo que desempeñó decorosamente el papel de Primera Dama.
De eso hace ya 6 años, tiempo en el cual la también senadora demócrata ha sabido moverse en el espectro político de su país sumando apoyos a su causa, recaudando fondos y haciéndose de una imagen propia, sin importar el peso del apellido y el hecho de que William Clinton fue un presidente que supo dar rumbo a la nación estadounidense. Eso hace la abismal diferencia.
Las mujeres que lleguen a ocupar cargos de alto nivel deben ser aquellas comprometidas con las causas, íntegras, no un puñado de féminas resentidas con la vida, aquellas que con el poder pretenden desquitarse con el mundo por sus propios complejos, sus propias inseguridades, porque a pesar del puesto siempre se sentirán inferiores y actuarán en consecuencia.
Como un consejo, yo diría a las mujeres que no se mimeticen con lo que tanto les molestó del sistema masculino, sino que aporten a éste su lado femenino para transformarlo, esas cualidades que socialmente se reconocen en todas las mujeres: un gran sentido de la responsabilidad, trabajo comprometido y una buena dosis de creatividad.
1 comentario:
De alguna manera algunas mujeres de la política han aprovechado el apellido del esposo para sobresalir en la política. Tomemos el caso de Eva Perón, no fue presidenta, pero hizo historio.
Ahora tenemos el ejemplo de Indira Gandhi que por méritos propios subió al poder y también el caso de Golda Meir.
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