viernes, 14 de diciembre de 2007

Celebrando a García Márquez

No podía pasar este 2007 sin leer a García Márquez, justo cuando se cumplen 25 años de haber sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura y 40 de la publicación de Cien años de soledad.
Por ahí de marzo leí El otoño del patriarca, un excelente texto que retrata la vida de un dictador caribeño, bananero, escrito de manera original prácticamente sin signos de puntuación y cuya redacción fluye como el mar que ve el protagonista desde su casa-fortaleza, hasta que lo entrega a los gringos como abono de la deuda externa.

Qué imágenes, qué manejo del lenguaje, qué forma de crear una personaje. A partir de ese libro comprendí la relación que guarda el escritor con el cubano Fidel Castro, por quien seguramente a veces siente pena, mucha pena (y el paralelismo puede extenderse a nuestros días, pues al igual que en el libro, nadie sabe si el general continúa o no con vida, pero todos le siguen rindiendo un culto extremo).

El general, un personaje de edad ignota y una psicología profunda, única, decreta la canonización de su madre y consigue un ‘doble’ para que lo suplante mientras él se dedica a otros asuntos.

En cierto momento, el general presencia lo que sería su propio velorio, su propia muerte. Haciendo gala de un cinismo sin par, el personaje compadece al pueblo y se pregunta ¿qué haría la gente cuando él muriera, qué harían sin su guía, qué haría el ‘pobre país’ sin la dictadura? (Y seguramente es el exceso al que llega la mente de todo dictador, en una combinación entre el mesianismo y la autocomplacencia).

Y cómo conformarse con una sola obra para este 2007 cuando el libro a conmemorar es Cien años de soledad, el cual terminé esta semana. Todos lo hemos leído alguna vez, pero con el tiempo, por el mero gusto de reencontrarlo, deja en el lector un sabor de boca que sólo un buen texto puede dejar. Es simplemente magnífico, un relato tan singular como la cosmogonía y la cotidianidad propias de un individuo o una colectividad, aderezadas de sus ritos y mitos, creencias y prácticas, pero transportada a la maestría de las letras de García Márquez.

En Macondo, lugar donde se desarrolla la historia de la familia Buendía, se mezclan lo primitivo – sin necesidad de un cementerio, propiedad privada, policía o sociedad –, lo contemporáneo – el abuso de un cargo público y la lucha política entre liberales y conservadores con sus respectivas guerras inútiles – y algo tan atemporal como es el surrealismo de este continente, en paralelo al misticismo de los Buendía, con quienes todo puede suceder de la manera más inverosímil.

Desde un sobresaltado tradicionalismo local hasta un gusto por lo desconocido que no raya en la ignorancia sino en la ingenuidad más fantástica. Cómo dejar pasar la lluvia de diminutas flores ante la muerte de José Arcadio, primerísimo pilar de su estirpe; o el olor a pólvora que se adhirió al cadáver de su hijo asesinado, al grado que la tierra lo transpiraba ya en el camposanto; o la enfermedad del insomnio que llevó a la gente a poner etiquetas con conceptos a cada cosa que existía para no olvidar qué era y para qué servía.

Qué libro, qué locura de libro, qué realismo mágico tan propio, tan nuestro, tan suyo. No en vano, Gabo es uno de los grandes de las letras universales.

2 comentarios:

César GUERRERO ARELLANO dijo...

Cuando terminé de releer Cien años de soledad este mismo año, tuve una sensación inédita. Sentí el deseo de comenzar a leerlo otra vez. Como los niños, que apenas bajan del juego de feria, quieren volver a subirse. Así de emocionante fue el viaje.

cecy dijo...

Coincido con César en el sentido de leer y leer "Cien años de soledad", el gran Gabo nos hipnotiza con esta novela.