Hace unas semanas, César y yo íbamos al súper y, al pasar por el Colegio México, nos percatamos que había un gentío en las cercanías. ¿El motivo? La aplicación del examen para entrar a la UNAM.
Recordé que yo estuve en el mismo trance hace catorce años. En aquel entonces, la estadística señalaba que había 52 lugares disponibles para cursar la Licenciatura en Relaciones Internacionales – mi carrera – y que 1,200 personas la solicitaban… Definitivamente nada esperanzador para la mayoría, porque conforme ha pasado el tiempo la demanda ha aumentado y los trabajos se han vuelto cada vez más escasos.
Justamente ayer, los medios informaron que más de 115 mil personas presentaron aquel día de 2010 la evaluación de ingreso y sólo fueron aceptados poco más de 10 mil. A sabiendas de eso y recordando a todas esas familias esperando a sus hijos, me quedé pensando: ¿por qué todo mundo cree que tiene que ir a la universidad? (sin afán de sonar discriminadora y siendo simplemente realista).
Se puede decir que, hace décadas, ser universitario implicaba un ascenso en la escala social, que podía conducir a un mayor ingreso y que otorgaba cierto prestigio. Pero actualmente, el mundo necesita más técnicos y personal especializado, que son los ámbitos para los que casi nadie se prepara profesionalmente.
Por ejemplo, en México, ser carpintero o trabajador de la construcción significa que un familiar enseñó el oficio o que sobre la práctica se ha adquirido la experiencia para ejercer. ¿Y eso en qué deriva? En que se menosprecien esas actividades, pensando que son ‘de poca monta’, que son para ‘el pueblo’ y que ‘ya se está para aspirar a más’.
(Por esos complejos enraizados en la sociedad mexicana es que ahora, a cualquier ‘escuela patito’ le atribuyen el título de ‘universidad’, contribuyendo al desgaste del término y al desprestigio de las auténticas universidades).
En cambio, países como Alemania o Canadá – el mismísimo ‘primer mundo ‘ – exigen que un plomero o un panadero acudan a una escuela especializada para certificarse como profesionales de la plomería y la panadería y, por lo mismo, se les paga un salario decoroso, se les otorgan prestaciones y son personas respetables.
Lo que vi en la UNAM son dos cosas: 1. que buena parte de los que estaban ahí por obra y gracia del ingrato ‘pase automático’ lo hacían por mera inercia, pensando que era el siguiente paso escolar – como pasar del kínder a la primaria y de ahí a la secundaria, sin preguntarse qué es lo que realmente quieren en la vida; y 2. que contados eran los que verdaderamente tenían una vocación universitaria – la mayoría no leían ni el equivalente a 5 o 10 fotocopias, cuando en todas las carreras que se impartían en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales se tenían que leer dos o tres libros completos a la semana –.
Y llego aquí a uno de los puntos medulares: qué daño hace el mentado pase automático, pues con el simple hecho de tener 7 de promedio, cualquier mediocre se vuelve acreedor a un lugar en la universidad (que para esos ‘tesoros’, ‘tener un lugar’ es literalmente ir a calentar el asiento a los salones de clase).
Por lo anterior, es muy común encontrar que taxistas, taqueros, ambulantes y otros más digan ‘yo estudié en la universidad, pero nunca encontré trabajo en eso’. Claro: si no tenían ni la vocación ni los conocimientos para dedicarse a otros ámbitos.
Sinceramente, es más digno y plausible ser un buen estilista, un buen dibujante, un buen funcionario de aduana o un buen técnico en computación – profesionales, preparados, 100% calificados – que un pseudo profesionista que nunca va a conseguir trabajo ad hoc a sus estudios.
No menospreciemos las carreras técnicas (y eso debe iniciar por las autoridades educativas) ni magnifiquemos las universidades: cada quien que haga caso a su vocación, dejando a un lado las deficiencias perpetuadas por el sistema educativo.
Recordé que yo estuve en el mismo trance hace catorce años. En aquel entonces, la estadística señalaba que había 52 lugares disponibles para cursar la Licenciatura en Relaciones Internacionales – mi carrera – y que 1,200 personas la solicitaban… Definitivamente nada esperanzador para la mayoría, porque conforme ha pasado el tiempo la demanda ha aumentado y los trabajos se han vuelto cada vez más escasos.
Justamente ayer, los medios informaron que más de 115 mil personas presentaron aquel día de 2010 la evaluación de ingreso y sólo fueron aceptados poco más de 10 mil. A sabiendas de eso y recordando a todas esas familias esperando a sus hijos, me quedé pensando: ¿por qué todo mundo cree que tiene que ir a la universidad? (sin afán de sonar discriminadora y siendo simplemente realista).
Se puede decir que, hace décadas, ser universitario implicaba un ascenso en la escala social, que podía conducir a un mayor ingreso y que otorgaba cierto prestigio. Pero actualmente, el mundo necesita más técnicos y personal especializado, que son los ámbitos para los que casi nadie se prepara profesionalmente.
Por ejemplo, en México, ser carpintero o trabajador de la construcción significa que un familiar enseñó el oficio o que sobre la práctica se ha adquirido la experiencia para ejercer. ¿Y eso en qué deriva? En que se menosprecien esas actividades, pensando que son ‘de poca monta’, que son para ‘el pueblo’ y que ‘ya se está para aspirar a más’.
(Por esos complejos enraizados en la sociedad mexicana es que ahora, a cualquier ‘escuela patito’ le atribuyen el título de ‘universidad’, contribuyendo al desgaste del término y al desprestigio de las auténticas universidades).
En cambio, países como Alemania o Canadá – el mismísimo ‘primer mundo ‘ – exigen que un plomero o un panadero acudan a una escuela especializada para certificarse como profesionales de la plomería y la panadería y, por lo mismo, se les paga un salario decoroso, se les otorgan prestaciones y son personas respetables.
Lo que vi en la UNAM son dos cosas: 1. que buena parte de los que estaban ahí por obra y gracia del ingrato ‘pase automático’ lo hacían por mera inercia, pensando que era el siguiente paso escolar – como pasar del kínder a la primaria y de ahí a la secundaria, sin preguntarse qué es lo que realmente quieren en la vida; y 2. que contados eran los que verdaderamente tenían una vocación universitaria – la mayoría no leían ni el equivalente a 5 o 10 fotocopias, cuando en todas las carreras que se impartían en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales se tenían que leer dos o tres libros completos a la semana –.
Y llego aquí a uno de los puntos medulares: qué daño hace el mentado pase automático, pues con el simple hecho de tener 7 de promedio, cualquier mediocre se vuelve acreedor a un lugar en la universidad (que para esos ‘tesoros’, ‘tener un lugar’ es literalmente ir a calentar el asiento a los salones de clase).
Por lo anterior, es muy común encontrar que taxistas, taqueros, ambulantes y otros más digan ‘yo estudié en la universidad, pero nunca encontré trabajo en eso’. Claro: si no tenían ni la vocación ni los conocimientos para dedicarse a otros ámbitos.
Sinceramente, es más digno y plausible ser un buen estilista, un buen dibujante, un buen funcionario de aduana o un buen técnico en computación – profesionales, preparados, 100% calificados – que un pseudo profesionista que nunca va a conseguir trabajo ad hoc a sus estudios.
No menospreciemos las carreras técnicas (y eso debe iniciar por las autoridades educativas) ni magnifiquemos las universidades: cada quien que haga caso a su vocación, dejando a un lado las deficiencias perpetuadas por el sistema educativo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario